Mi promesa es llevar a la CDMX de la crisis hidrológica a la abundancia. Hoy tuve la oportunidad de visitar la Expo Residuos, un espacio donde especialistas, ingenieras, ingenieros y empresas dedicadas a la gestión ambiental compartieron soluciones tecnológicas para uno de los grandes retos de nuestro tiempo: el manejo adecuado de los residuos y la recuperación de nuestros cuerpos de agua.
Quienes trabajamos desde el ámbito público sabemos que el tema de la basura no es menor. Tan solo en la Ciudad de México se generan entre 12 mil y 13 mil toneladas de residuos sólidos cada día, lo que equivale a más de 4.5 millones de toneladas al año y a cerca de 1.4 kilogramos de basura por persona diariamente, de acuerdo con datos de la Secretaría del Medio Ambiente. Además, más de la mitad de esos residuos deben ser trasladados a rellenos sanitarios ubicados fuera de la ciudad, lo que implica costos logísticos y ambientales significativos.
Ante esta realidad, escuchar a especialistas y conocer de primera mano las herramientas tecnológicas que hoy existen para sanear el agua, proteger el suelo y mejorar el manejo de residuos resulta fundamental para avanzar hacia ciudades más limpias y sostenibles. Uno de los temas de los cuales platiqué con especialistas fue el uso de geomembranas, materiales ampliamente utilizados en obras ambientales y de infraestructura hidráulica.
Las geomembranas son barreras sintéticas, generalmente fabricadas con polímeros como polietileno de alta densidad (HDPE), que se colocan sobre el suelo para impermeabilizar superficies y evitar que líquidos contaminantes se filtren al subsuelo. Estas capas pueden tener espesores que van de 1 a 3 milímetros, y cuentan con alta resistencia química y mecánica. Su uso es particularmente importante en rellenos sanitarios, presas y plantas de tratamiento, ya que permiten evitar que los líquidos contaminados conocidos como lixiviados migren hacia los mantos acuíferos.
De esta forma se protege tanto el suelo como los sistemas de agua subterránea. Con especialistas discutimos la importancia de medir la capacidad volumétrica de los ríos, es decir, la cantidad de agua y sedimentos que pueden transportar dentro de su cauce. Este tipo de cálculos hidrológicos, que consideran variables como velocidad del flujo, pendiente y sección transversal del río, son fundamentales para diseñar estrategias de saneamiento eficientes, evitar procesos erosivos o gravitacionales y planear adecuadamente las intervenciones ambientales.
En este mismo contexto se abordó el tema de la ósmosis inversa, una tecnología ampliamente utilizada en plantas de tratamiento de agua alrededor del mundo. Este proceso funciona mediante membranas semipermeables capaces de retener hasta el 95 o 99 por ciento de sales, metales pesados, bacterias y contaminantes disueltos, permitiendo que el agua tratada salga por un lado mientras que las impurezas quedan concentradas por el otro.
Conversé con representantes de una empresa que desarrolla plantas tratadoras compactas que pueden instalarse dentro de contenedores, lo que permite que sean prácticamente portátiles. Este tipo de soluciones tecnológicas abre posibilidades muy interesantes para el manejo del agua en distintas regiones, ya que pueden instalarse temporalmente cerca de presas, ríos o comunidades que requieren saneamiento inmediato. En muchos casos estas plantas pueden tratar entre 10 y 200 litros de agua por segundo, lo que permitiría que varias presas del país funcionen no solo como infraestructura reguladora de avenidas pluviales, sino también como reservorios de agua que pueda recuperarse y aprovecharse.
Otro encuentro que me pareció particularmente valioso fue la conversación con un grupo de jóvenes profesionistas organizados, comprometidos con actuar de manera voluntaria cuando se detectan espacios naturales contaminados. Su propuesta consiste en movilizar brigadas ciudadanas para intervenir en barrancas, ríos o áreas verdes afectadas por acumulación de residuos. Este tipo de participación social demuestra que el cuidado del medio ambiente no depende únicamente de las instituciones, sino también de la energía y organización de la sociedad.
En las conversaciones también se mencionó un concepto fundamental para la gestión del agua: los parteaguas. En términos geográficos, el parteaguas es la línea natural que divide una cuenca y determina hacia dónde fluirá el agua cuando llueve. Dicho de otra forma, la parte más alta de una montaña o de una región define el camino que seguirá el agua hacia ríos, lagos o presas. Lo que observé en esta expo confirma algo que cada vez es más evidente: los desafíos ambientales requieren ciencia, tecnología, coordinación institucional y participación social. Desde mi responsabilidad seguiré impulsando acciones que promuevan la innovación ambiental, el manejo responsable de los residuos, y la recuperación de nuestros ríos y barrancas, porque cuidar el agua y el suelo es, en realidad, cuidar el futuro de nuestra ciudad.