Kimberly, Karol y Aylin

9 de Marzo de 2026

Kimberly, Karol y Aylin

José Ángel Santiago Ábrego

El viernes 20 de febrero de 2026 fue el último día que los seres queridos de Kimberly Ramos tuvieron noticia de ella. Ese día, como muchas veces antes, acudió a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), Campus Chamilpa, donde estudiaba contabilidad. Pero ese día, la muchacha de 18 años no regresó a casa. En algún punto del 20 de febrero, sus familiares perdieron contacto con ella, y su mamá, en un abrir y cerrar de ojos, se vio inmersa en el infierno de todo padre o madre de familia: tener que reportar su desaparición.

Y sucedió el horror que suele temerse en estos casos: el 3 de marzo, en un predio boscoso cercano al campus, las autoridades encontraron el cuerpo sin vida de Kimberly. ¿El principal sospechoso? Otro estudiante de la universidad. Un exnovio en cuyo domicilio se habrían encontrado su celular y su identificación. Un tipo que actualmente es procesado por feminicidio.

Este caso no es aislado. El lunes 2 de marzo desapareció también Karol Toledo, una joven que estudiaba derecho en la Escuela de Estudios Superiores de Mazatepec, de la UAEM. La adolescente de 18 años fue vista por última vez cerca de su casa, después de acudir a clases cuando salió a comprar comida. Al no volver a casa, sus familiares reportaron la desaparición.

Y, de nueva cuenta, el patrón terrible. Según reportes de prensa, la tarde del jueves 5 de marzo, en una carretera dentro del municipio de Coatetelco, el cuerpo asesinado de Karol fue hallado envuelto en cobijas y bolsas de plástico color negro, con huellas de violencia. Los medios no dan cuenta de sospechosos detenidos ni del estatus de las investigaciones.

En el marco de las protestas realizadas con motivo de estos dos casos de feminicidio, la comunidad estudiantil exigió no olvidar a Aylín Rodríguez. Una mujer de 20 años estudiante de psicología, cuya desaparición fue reportada el 3 de abril de 2025.

Se trata de un caso que se remonta a la madrugada del 4 de abril del año pasado, cuando las autoridades recibieron un reporte de agresión en una casa en Jiutepec. Era la casa de su novio. Al llegar, las autoridades encontraron a Aylin agredida e inconsciente. Aylin, momentos después, murió a causa de los golpes. Y, el entonces estudiante, fue vinculado a proceso por feminicidio.

Escribo estas líneas con coraje y consternación. Con náuseas. Porque no me explico, genuinamente no me explico (¡!), cómo es que una persona puede representarse no solo el privar de la vida a otra con violencia, sino el desaparecerla previamente y, después de agredirla, tirar sus restos a la calle como si no valieran nada. El causar semejante angustia a sus familiares a causa de la incertidumbre y el cometer semejante acto de desprecio por la vida que alguna vez tuvieron estas tres mujeres. Y proceder en consecuencia.

¿Cuál es la estructura de valores de una sociedad en la que esto es posible, en la que los feminicidios se comentan como parte de la coyuntura, pero no como el síntoma de una corrosiva enfermedad colectiva que nos gangrena a diario? ¿Qué tipo de educación, en casa y en escuela, están recibiendo nuestros hijos, cuyo efecto son jóvenes y adultos que creen que lo merecen todo y a pesar de todo, sin importar el sufrimiento ajeno y sin los límites propios de la dignidad que tiene toda persona por el simple hecho de existir? ¿Cuál es la estatura moral de nuestra clase política, que prefiere colocar en el pináculo de la agenda pública las reformas al poder y no la podredumbre social que permite que casos como estos sigan sucediendo?

Y, sobre todo: ¿Qué dice de cada uno de nosotros el que, transcurrido el tiempo preciso, daremos vuelta a la hoja y continuaremos con nuestras preocupaciones diarias, con la convicción o esperanza de que esto solo suceda a las desfavorecidas?