La ciudad que no descansa. Semana Santa en la capital

7 de Abril de 2026

La ciudad que no descansa. Semana Santa en la capital

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José Pérez Linares

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Foto: EjeCentral

A mediodía, un hombre dormita sobre cartones en la banqueta de un parque que la prisa ha olvidado. A unos metros, una mujer acomoda botellas de agua en una hielera de unicel. El tráfico es más ligero que otros días, pero no desaparece. Pasa un camión casi vacío. Nadie tiene prisa. Nadie se detiene. El sol cae sin interrupciones, como si también la ciudad hubiera decidido bajar el ritmo.

Estos días la capital parece vaciarse, y entonces se ve lo que siempre estuvo ahí, quienes se quedan casi nunca lo eligen. La Ciudad de México no se apaga; cambia de dueño. Se reorganiza en el silencio de sus colonias. Las salidas hacia el sur y el oriente se llenan de autos con placas capitalinas. Atrás quedan departamentos mudos, oficinas cerradas, cortinas abajo. La ocupación hotelera apenas rebasa la mitad; las playas, en cambio, revientan. La ciudad descansa… pero en otra parte.

Arriba, el respiro; abajo, la maquinaria. Los mercados operan con la precisión del carnicero, el transporte circula, la vigilancia se multiplica, las urgencias médicas no se detienen. Todo está dispuesto para que la quietud de unos no interrumpa la rutina de otros. La metrópoli se afloja en la superficie, pero por debajo, sigue latiendo como siempre.

Desde la antigua Tenochtitlan ya era así, mientras unos cumplían el rito y pedían favores a los dioses, otros molían, cargaban, transportaban y vendían. El tianguis no cerraba. No podía. La ciudad, incluso entonces, dependía —y depende—, de los que nunca hacen pausa. La tregua, siempre fue cosa de linaje y oficio.

Tiempo después, el gesto se repitió con otros nombres. Los palacetes del centro histórico se cerraban por temporada; los carruajes salían hacia las haciendas donde olía a campo y no a hollín. Cambiaba el paisaje. La capital quedaba en manos de quienes la sostenían: artesanos, cargadores, los invisibles. La ausencia de los dueños no la vaciaba; la dejaba expuesta.

Ese principio no ha cambiado. Solo ha cambiado de escenario. Hubo incluso un momento en que la urbe intentó fabricar el descanso. No hace tanto —en las semanas santas de 2007 a 2012—, el gobierno capitalino importó toneladas de arena, levantó palmeras de plástico e instaló playas artificiales en plazas de concreto. De pronto, el mar apareció en barrios que solo lo conocían de oídas. No como promesa, sino como sustituto.

En el Bosque de San Juan de Aragón, familias caminaron sobre arena caliente, niños corrieron con los pies mojados, adultos se tendieron bajo sombras improvisadas. Había música, comida, cuerpos descansando en medio de la ciudad. No era el océano, pero tampoco una farsa. Era otra cosa: una manera de traer la tregua hasta donde no suele llegar. No era el mar. Pero era suficiente, como si el descanso pudiera mandarse por camión y descargarse con una pala.

La ciudad redistribuye el cansancio. No es una orden: es costumbre ancestral. El espacio público parece más habitable. La calma no es compartida. Es administrada. Y, sin embargo, la metrópoli que se queda no es pasiva. En La Viga, el olor a mar llega antes del amanecer. Los puestos de pescados y mariscos se llenan de familias que convierten la banqueta en celebración.

En los mercados, en los parques, en las calles donde el concreto sustituye a la arena, la quietud no desaparece: se reinventa. No es evasión: es invención. No es resignación: es una forma de resistencia que no se nombra, pero se ejerce. Ahí hay una manera de habitar la ciudad incluso cuando no concede tregua. No como excepción, sino como costumbre.

Caminar por el Centro en estos días produce una ilusión: la de una ciudad finalmente respirable, más amable, incluso más justa. Basta detenerse unos minutos para notar lo contrario. Donde parece haber descanso, hay continuidad. Donde parece haber silencio, continúa el trabajo del barrendero, del mesero que no tiene domingo. La ciudad real no se va de vacaciones. No siempre se puede. Su lógica no es la tregua, sino la permanencia.

El lunes, la multitud regresará con la piel quemada y el alma aligerada, exigiendo que el café esté caliente y las calles limpias. No verán que la ciudad nunca se fue con ellos. Y mientras jugaban a ser turistas, esta mole siguió respirando en manos de quienes quedan de guardia.

Porque en esta ciudad el descanso no se suspende: se traslada. Y mientras unos se van, otros se quedan sosteniendo lo que no puede detenerse. Esa es la ley no escrita de la capital: aquí la pausa nunca es colectiva, siempre tiene dueño. Lo que mueve el asfalto es el tesón de quienes no pueden detenerse.