PRIMER TIEMPO: Cínico y mentiroso. En su audiencia en la corte federal de Manhattan donde se declaró no culpable de los cuatro delitos de los que lo acusa Estados Unidos, el depuesto presidente venezolano, Nicolás Maduro, dijo sin titubeos, que era una “persona decente”. No lo afirmó en un acto privado ni en un desliz retórico, lo sostuvo como una verdad política, casi moral. En regímenes autoritarios, ese tipo de afirmaciones no buscan convencer, buscan redefinir la realidad. La decencia, en términos públicos, no es una cualidad que se autoproclame. Es una condición que se acredita con hechos, con reglas, con límites al poder. Y ahí es donde la afirmación de Maduro se desploma. Un gobernante decente respeta el voto. Maduro no lo ha hecho. Cometió un fraude electoral el año pasado, cuando perdió las elecciones con el opositor Edmundo González, a quien reconocieron como tal, una treintena de países y organizaciones internacionales. Desde hace años, las elecciones en Venezuela son ejercicios de control, no de competencia. Los árbitros están capturados, los adversarios inhabilitados y los resultados anticipados. Llamar a eso democracia es un insulto al lenguaje; llamarse decente en ese contexto es un acto de cinismo. Pero no es algo que sorprenda de Maduro. Un gobernante decente no persigue a la oposición ni convierte al aparato judicial en un instrumento de castigo. En Venezuela, la disidencia no se debate: se criminaliza. Políticos encarcelados, exiliados, partidos anulados y una prensa asfixiada por la censura y el miedo. La decencia no convive con el miedo, lo produce el abuso. La decencia tampoco se sostiene sobre la miseria. Bajo el gobierno de Maduro, unos siete millones de venezolanos abandonaron su país empujados por el colapso económico, la inseguridad y la falta de futuro. No fue una catástrofe natural. Fue una consecuencia directa de decisiones políticas: corrupción, destrucción institucional y una economía administrada como botín. Todavía en vísperas de que fuera capturado por 200 comandos de las fuerzas especiales de Estados Unidos en su refugio en la principal base militar de Venezuela, al sur de Caracas, Maduro firmó un decreto para reprimir a la gente que estuviera a favor de una eventual intervención. Ya no vio su ejecución porque se encuentra tras las rejas de la cárcel metropolitana de Brooklyn, donde se encuentra Ismael “El Mayo Zambada”, ex jefe del Cártel de Sinaloa, que le dio la puntilla señalándolo como su socio, pero fue efectiva, esta semana que pasó, el nuevo gobierno instaló retenes en todo el país, detuvo a periodistas y a quienes osaron celebrar la captura, y sacó a sus milicias para detener aleatoriamente a venezolanos en las calles y revisar sus teléfonos para ver si encontraban indicios de apoyo de una intervención. ¿Cuál será la definición de “decencia” de Maduro? Nada. El depuesto presidente es un cínico y mentiroso.
SEGUNDO TIEMPO: Los enemigos inventados. Gobernar y empobrecer no es decencia, es irresponsabilidad histórica. Nicolás Maduro solía escudarse en el discurso de la soberanía y el antiimperialismo. Era una coartada vieja: cuando no hay resultados, se inventan enemigos. En México tuvimos en una persona cercana a él, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, nuestra propia dosis de madurismo y del uso de distractores se convirtió en su moneda de curso. Pero la decencia, de la que Maduro -como López Obrador- presumía ser, también implicaba hacerse cargo. Ningún bloqueo económico explica la demolición deliberada del Estado de Derecho, ni la conversión del poder en una estructura cerrada, personalista y militarizada. Había, además, una dimensión moral que el presidente depuesto eludía: la verdad. Un gobernante decente no manipula cifras, no niega la crisis humanitaria, no simula normalidad mientras el país se vacía. La mentira sistemática es una forma de violencia. Y en Venezuela, la mentira se convirtió en política de Estado. Maduro puede decir que es decente, pero en los regímenes autoritarios, la palabra sustituye al hecho. La historia no se le olvidaba cuando pensaba que la estaba escribiendo, no se hacía con declaraciones, sino con consecuencias. Y las consecuencias de su gobierno estaban a la vista: instituciones destruidas, ciudadanos silenciados y un país que sobrevivía, no que avanzara. La pregunta, entonces, no es si Maduro se considera decente. La pregunta es si alguien con poder absoluto, sin contrapesos y sin rendición de cuentas puede seguir usando esa palabra sin vaciarla de todo significado. Porque cuando la decencia necesita proclamarse, es porque hace tiempo dejó de existir. ¿Qué tipo de político era Nicolás Maduro? Definitivamente, no era un ideólogo ni un estratega brillante. Tampoco era un caudillo carismático en el sentido clásico. Maduro era, ante todo, ese político de supervivencia, que es una característica que explica mejor que cualquier discurso la naturaleza de su poder.
TERCER TIEMPO: Le falló la apuesta. Llegó a la presidencia no por liderazgo propio, sino por herencia. Hugo Chávez lo eligió como sucesor, no por su talento, sino por su lealtad. En regímenes personalistas, la confianza vale más que la competencia. Por eso Nicolás Maduro encajaba perfecto: obediente, sin proyecto propio y dependiente del aparato que lo sostenía. Una vez en el poder, mostró rápidamente qué tipo de político era: uno incapaz de gobernar sin control absoluto. Frente a la crisis económica, la pérdida de apoyo popular y la fragmentación del chavismo, optó por el camino más corto y más peligroso: desmontar la democracia para conservar el cargo. Maduro no convenció, resistió. No ganó legitimidad, la sustituyó por fuerza. Militarizó el poder, capturó al Poder Judicial, vació de funciones al Parlamento y convirtió las elecciones en rituales sin incertidumbre. No fue una deriva ideológica, sino una reacción defensiva: cuando no se puede competir, se clausura la competencia. En ese sentido, Maduro pertenece a una categoría muy específica: la del autoritario administrativo. No moviliza masas con épica revolucionaria -esa era tarea de Chávez-, sino que gestiona el control del Estado como una red de lealtades, privilegios y miedos. Su política no se basaba en ideas, sino en equilibrios internos de poder: fuerzas armadas, servicios de inteligencia, grupos económicos y aliados externos. Es también un político del lenguaje vacío. Repetía consignas revolucionarias mientras gobernaba con prácticas opacas; invocaba al pueblo mientras lo empobrecía; hablaba de soberanía mientras dependía de apoyos externos para sostenerse. En su discurso, la revolución era permanente; en los hechos, el objetivo era uno solo: permanecer. Maduro no construyó un proyecto de futuro. Administró el deterioro. Gobernó la crisis como método: la emergencia justificaba la concentración del poder y la precariedad debilitaba la organización social. No fue casual que el colapso venezolano no haya provocado una transición, sino un endurecimiento del régimen. Para este tipo de político, el caos es funcional. A diferencia de otros dictadores latinoamericanos del siglo XX, Maduro no llegó con un golpe militar ni con un manifiesto autoritario. Llegó por las urnas y cerró la puerta desde dentro. Ese es su rasgo más inquietante: demuestra que la democracia puede morir sin estruendo, por desgaste y captura gradual. No fue algo a lo que llegó al azar, sino como resultado de una vieja teoría de Fidel Castro, desarrollada en los 90’s por cubanos y rusos, para utilizar las reglas de la democracia, llegar al poder y comenzar a desmontarla, para convertir las democracias en regímenes autoritarios. En resumen, Maduro no era un líder histórico ni un accidente. Era el producto de un sistema que confunde lealtad con capacidad y que enseñó que el poder, una vez tomado, no se devuelve. Un político que no gobernó para transformar, sino para sobrevivir. Y en ese tipo de política, siempre pierde el país. No verá si llega a reinventarse o a reconstituirse, con los herederos del chavismo o una nueva clase dirigente, porque su apuesta falló y pasará la vida en una cárcel estadounidense.
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