Situaciones de peligro absoluto y resiliencia

11 de Marzo de 2026

Situaciones de peligro absoluto y resiliencia

Diana Gabriela Campos Pizarro

Diana Gabriela Campos Pizarro

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Foto: EjeCentral

Los hechos acontecidos el domingo 22 de febrero, cuando un enfrentamiento entre las fuerzas armadas y un grupo criminal derivó en la muerte de uno de sus líderes, me llenan de profunda tristeza. No por la figura del delincuente, sino por las consecuencias que esta violencia deja en comunidades enteras: toques de queda no oficiales, suspensión de servicios de justicia, cancelación de clases y un silencio impuesto que paraliza la vida cotidiana. Es el desamparo convertido en rutina. Y desde aquí es necesario subrayar: el derecho a la seguridad pública es la base de toda comunidad, de la vida misma. Sin él, ningún otro derecho puede ejercerse plenamente.

En clase, conversando con mis estudiantes de la Facultad de Derecho de la UNAM, surgió una reflexión que cala hondo: ¿cómo hablar de mediación escolar, laboral, vecinal o condominal si la vida misma está en riesgo? La seguridad pública no es un derecho más: es el cimiento sobre el cual se sostienen todos los demás. Sin ella, la mediación, la educación, el trabajo y la vida comunitaria se ven truncados.

La mediación nos enseña que el conflicto no es bueno ni malo, sino parte del crecimiento personal y social. Bien gestionado, puede abrir oportunidades. Pero cuando el entorno se convierte en un espacio de peligro absoluto, la posibilidad de transitar el conflicto se reduce a la supervivencia. No se trata de renunciar al diálogo, sino de reconocer que existen condiciones mínimas que deben garantizarse para que la palabra tenga sentido.

En este escenario, la solidaridad y la construcción de comunidad se vuelven esenciales. No podemos sustituir al gobierno ni otorgarnos la seguridad pública que nos niega, pero sí podemos tejer redes de apoyo, fortalecer vínculos y asumir el miedo como parte natural de nuestra supervivencia. La resiliencia comunitaria no reemplaza la obligación estatal, pero sí nos recuerda que no estamos sol@s.

Parte de mi receta de la felicidad es reducir el consumo de noticias, sin estar al margen del todo. Hoy, con redes saturadas de resúmenes, imágenes y videos, es imposible desconectarse por completo. Pero sí podemos elegir cómo enfrentamos la información y cómo acompañamos a quienes más lo necesitan: nuestras hijas, hijos y adolescentes. En mi propia familia lo he vivido: esta madrugada mi hijo me despertó para decirme que tenía miedo, que no quería ir a la escuela y que le angustiaba que su abuela y yo saliéramos a trabajar. Ese instante revela con crudeza el impacto real de la violencia en la vida de l@s más jóvenes: el miedo se instala en lo cotidiano, en lo escolar, en lo laboral, en lo doméstico.

Por ello, lo recomendable es preguntarles qué saben y qué sienten, validar sus emociones, responder con un lenguaje acorde a su edad y hablar de cuidados digitales. No se trata de prohibir, sino de acompañar con conciencia, evitando normalizar la violencia y dando tiempo para procesar lo que ocurre. La escucha activa, el parafraseo y la apertura al diálogo son herramientas que previenen el trauma y fortalecen la confianza.

La crisis actual nos obliga a mirar de frente: la serenidad y la solidaridad son formas de resistencia. La resiliencia no es negar el dolor ni la crisis, sino transformarlos en fuerza compartida. Que cada conversación con nuestras hijas e hijos sea un puente de confianza, un espacio seguro donde el miedo se convierte en aprendizaje y la incertidumbre en esperanza.

Porque la verdadera fortaleza de un país comienza en la certeza de que nos escuchamos, nos cuidamos y seguimos caminando junt@s.