Hay quienes afirman que la verdadera manzana evenenada que los priistas de Peña Nieto dejaron a los morenistas de López Obrador no era el Aeropuerto de Texcoco que canceló el expresidente tabasqueño, sino el espejismo del Mundial de Futbol 2026 que hoy, a la vuelta de la esquina, cruza todas las agendas gubernamentales, se ha convertido en un riesgo de imagen y en otra vulnerabilidad en la mesa de negociaciones más importante para México: la relación bilateral con los Estados Unidos.
Era el Mundial y no el aeropuerto de Texcoco, lo que AMLO debió cancelar para evitarle problemas de diferente índole al país. Pero como el evento estaba muy lejos en el horizonte y evaluar el largo plazo nunca fue una fortaleza del macuspano, optó por marcar su territorio dinamitando el que habría sido el tercer aeropuerto más grande del mundo.
Hoy el Mundial toca la puerta con muchos riesgos para México y prácticamente ninguna ventaja.
El futbol era un deporte popular que despertaba pasiones y podía unificar sociedades, hasta que fue convertido en negocio grosero con el Mundial como el símbolo máximo del abuso al aficionado. Criticada por muchos, Claudia Sheinbaum hace bien en evitar acudir a la inauguración del evento por más que se celebre en el Estadio Azteca. El precio de las entradas, no en reventa sino en taquilla donde es obvio que nunca hubo disponibilidad, es mucho más que ofensivo. No se trata de jugar al populista y regalar las entradas, pues todo negocio debe tener punto de equilibrio y tasa de retorno, pero la FIFA se ha convertido en la versión moderna de la pandilla de Ali Babá y sus 40 ladrones.
Parece increíble, pero en el México de 1986, menos de un año después de los terremotos de septiembre de 1985, con hiperinflación y crisis, estudiantes universitarios, de instituciones públicas y privadas, hijos de la clase media, podían y pudieron comprar entradas para acudir al Estadio de la UNAM en CU y ver a la Argentina de Diego Maradona derrotar a Corea del Sur primero, y días después en el mismo recinto futbolístico, a la Francia de Michel Platiní eliminar al campeón Italia con marcador de 2-0, y Paolo Rossi en la banca mientras Alessandro Altobelli alineaba como centro delantero. Ninguno de los dos era un partido molero. En uno estaba el futuro campeón y en otro el campeón reinante que caía ante el tercer lugar del torneo de 1982. Hoy, con los precios que la FIFA fijó a las entradas y el acaparamiento de boletos por una reventa que en México sigue siendo ilegal, es imposible que un estudiante universitario, de escuela pública o privada, pague con sus medios un boleto para ver a Uzbekistán contra Colombia en el Azteca o a Cabo Verde contra Arabia Saudí en Guadalajara, ambos partidos medianos, que no despertarán interés y cuyas entradas, sin embargo, costarán una millonada.
El abuso no se queda en las entradas. A los propietarios de palcos en el Estadio Azteca ya les hicieron pagar una cantidad extra, nada menor, por usar algo que es de su propiedad porque al parecer, en este momento las reglas de la FIFA están por encima de las leyes mexicanas. No sólo eso. Además tienen prohibido introducir sus alimentos a la que es una extensión de su domicilio. Si quieren beber o comer, deben comprar un paquete de alimentos a precios ridículos. Una Coca Cola de medio litro en un restaurante cerca de la Torre Eiffel cuesta 120 pesos, pero dentro del Estadio Azteca costará por lo menos tres veces eso durante el Mundial y los propietarios de palcos no podrán comprarla sola, tendrán que adquirir un paquete de botanas cuya versión más económica costará alrededor de cinco mil pesos.
El Mundial 2026 no se jugará realmente en México sino en Estados Unidos. Lo que habrá en las tres sedes mexicanas son 11 partidos mediocres y el único “atractivo” será ver al equipo nacional. Los abusivos precios de la FIFA alejarán a los verdaderos aficionados mexicanos y también a los extranjeros. Eso, sin considerar que la Casa Blanca podría decidir que no quiere a la selección de Irán en San Francisco ni en Seattle y le puede ordenar a su empleado, Gianni Infantino, que la mande a jugar a Monterrey o a Guadalajara, lejos de su frontera.