1ER. TIEMPO: La boda inolvidable. La fiesta de 15 años más célebre que se haya registrado en México, sucedió hace dos fines de semana, donde la festejada, María Fernanda, hoy conocida ampliamente, como “Mafer”, salió con lujosos regalos pero, sobre todo, con un estigma para toda su vida, por la forma como su padre, Juan Carlos Guerrero Rojas, un empresario petrolero, organizó el festejo multimillonario. Guerrero Rojas es un personaje del cual no muchos en Tabasco conocían hasta que trascendieron sus excesos -pulseras Hermès para las decenas de invitados y estaciones de maquillaje para no perder el estilo en el trópico-, durante ese happening ambientado como una calle en Nueva York, organizado por un reconocido weeding planner tabasqueño, Luis Gil. El evento era privado, pero se volvió público no solo por las extravagancias de una fiesta que según la prensa costó 45 millones de pesos, sino porque todo esto se cruzó con los nombres de la élite obradorista en Tabasco. Rápidamente lo relacionaron con funcionarios de Pemex y con el grupo de tabasqueños muy cercanos al expresidente Andrés Manuel López Obrador. En tiempos donde el obradorismo tabasqueño es visto como sinónimo de opulencia y fortunas construidas en fast track, de sus jactancias, todo era verosímil. La primera gran vinculación que se le adjudicó a Guerrero Rojas fue con el administrador del grupo, el senador Adán Augusto López, y después, por la red de amistades del empresario, se le relacionó con el director de Pemex, Octavio Romero Oropeza, y con el gobernador de Tabasco, Javier May, que forman parte del grupo político que acompañó a López Obrador desde que se rebeló, se salió del PRI, y encabezó al PRD estatal, en una larga lucha que culminó en el despacho presidencial. Guerrero Rojas, a través de un comunicado de una firma de abogados que convenientemente coloca después de su nombre comercial la leyenda “Despacho legal y Crisis”, desmintió tener esas relaciones, aunque no explica claramente los aparentes beneficios que recibió del régimen durante los últimos seis años. La fortuna del empresario -¿cuánto flujo personal debe tener una persona para gastar 45 millones de pesos en la fiesta de 15 años de su hija?-, cuestionada al sembrarse las dudas de conflictos de interés y favoritismos, que también rechazó su representación jurídica, regresó el ojo del huracán al epicentro político: el Grupo Tabasco que nació, se consolidó y floreció de la mano de López Obrador. Combustibles de procedimiento extraño, carne de Centroamérica que en realidad es de Venezuela, relaciones peligrosas con el sector de los más malos del país, factoraje, libros, materiales de construcción, medicinas, restaurantes. La lista de negocios en los que se les ha documentado se involucraron y obtuvieron grandes beneficios económicos, es larga, pero también lo suficientemente poderosa en apoyo políticos e impunidad, que ni los 15 años de Mafer parece que les quitarán el sueño.
2DO. TIEMPO: El número 2 de la empresa. En la política mexicana, los grupos no son novedad. Han existido siempre: el sonorense, el hidalguense, el mexiquense. Pero en los últimos años emergió uno que opera con una cohesión particular y con una lógica distinta de poder: el Grupo Tabasco. No es un grupo ideológico ni programático; es un círculo de lealtades personales construido alrededor de un liderazgo dominante. Su centro gravitacional es Andrés Manuel López Obrador, y su operador político más disciplinado ha sido Adán Augusto López. El Grupo Tabasco no se formó en los salones del poder de la capital. Se forjó en la marginalidad política, cuando López Obrador era un dirigente opositor que recorría plazas públicas denunciando fraudes y abusos del régimen. Aquella etapa, que para muchos fue la travesía del desierto, terminó siendo el pegamento que consolidó una red de confianza cerrada. Quienes estuvieron allí -en las campañas difíciles, en las derrotas electorales y en la construcción de un movimiento que parecía improbable-, adquirieron un capital político invaluable: la cercanía personal con el líder. Entre todos ellos, el senador Adán Augusto ocupa un lugar singular. No fue el más visible durante años, ni el más mediático. Pero sí uno de los más cercanos. Amigo personal de López Obrador desde su juventud, su papel ha sido el del operador silencioso, el que resuelve conflictos internos, el que negocia con gobernadores, y mantiene cohesionada la estructura cuando las tensiones amenazan con fracturarla. Cuando llegó a la Secretaría de Gobernación, su influencia se multiplicó porque combinó la cercanía con el presidente con el control de la maquinaria política del gobierno. El Grupo Tabasco no sólo es una red de paisanos. Es una forma de ejercer el poder basada en la confianza absoluta. En la lógica lopezobradorista, la lealtad pesa más que la tecnocracia, y la proximidad personal más que la sofisticación administrativa. Por eso varios cuadros provenientes de ese entorno ocuparon posiciones clave en el gobierno federal y en la estructura política de Morena. No necesariamente eran los más experimentados en la burocracia, pero sí los más confiables dentro del círculo del presidente. Ese esquema, sin embargo, tiene virtudes y riesgos. La virtud es la cohesión: el grupo se mueve con disciplina porque su legitimidad proviene del liderazgo fundador. El riesgo es la concentración: cuando el poder se organiza alrededor de lealtades personales, las decisiones pueden depender demasiado de un reducido número de actores. Con el paso del tiempo, el Grupo Tabasco dejó de ser un fenómeno regional para convertirse en un eje de poder nacional. Lo tenemos como figura omnipresente.
3ER. TIEMPO: Aunque divididos, poderosos. Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la influencia del Grupo Tabnasco se extendió a la política legislativa, a las negociaciones con gobernadores y a la operación electoral de Morena. Adán Augusto López, como secretario de Gobernación y senador, se volvió el articulador entre el movimiento y el sistema político tradicional. Pero el verdadero desafío del Grupo Tabasco no fue conquistar el poder. Fue sobrevivir a la transición interna del movimiento. Los grupos políticos mexicanos suelen ser efímeros cuando desaparece el liderazgo que los creó. La pregunta, por lo tanto, no es sólo cuánto poder acumuló el grupo tabasqueño, sino cuánto de ese poder puede mantenerse cuando el liderazgo fundador deja de ser el centro absoluto de gravedad. Porque en política, como en la física, todo grupo depende de su fuerza gravitacional. Y cuando esa gravedad cambia, los satélites empiezan a buscar nuevas órbitas. La presencia oculta de López Obrador sigue siendo fuerte entre esos tabasqueños, que son pragmáticos: se pelean, viven peleados, pero al final, el espíritu de cuerpo orbadorista los cohesiona. El Grupo Tabasco, si bien con influencia política significativa -sobre todo para apuntalar candidaturas a gubernaturas y parlametarias-, nació con una finalidad empresarial, aprovechando sus cargos en el gobierno para realizar negocios por debajo de la mesa. No nació como grupo político en los 80’s, pero sus principales miembros, sobre todo su hermana muerta por un cáncer, Rosalinda, y su excuñado Rutilio Escandón, que gobernó Chiapas, formaban parte de la facción de Humberto Mayans Canabal en el PRD, siempre enfrentado con la que encabezaba Octavio Romero Oropeza, que siempre fue el financiero de los hijos del expresidente -que siguió como director de Pemex y hoy del Infonavit-, cuyo lugarteniente era Javier May, actual gobernador de Tabasco. Fueron ellos que, pese a sus desacuerdos y choques, siguieron a López Obrador y lo acompañaron en sus protestas y marchas desde Tabasco. La tensión entre ellos siempre fue menor que la ambición de tomar Palacio Nacional y desde ahí, tejer todos sus negocios, algunos de los cuales están bajo sospecha de ser ilegales. Pero eso no importa. La fiesta de Mafer es uno más de los accidentes que han sufrido en los últimos siete años, y probablemente, porque no habrá consecuencias, se convertirá en una más de las anécdotas de los pequeños ladrillos que tuvieron que saltar para volverse poderosos, millonarios, influyentes e intocables. ¿Qué pasará con Juan Carlos Guerrero Rojas, el padre de Mafer? Es un daño colateral. Es un fusible. De esos, tienen muchos tocando la puerta.
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