1ER. TIEMPO: La frivolidad informativa. La semana pasada un usuario de X escribió que con tanto que hay, la guerra en el Golfo Pérsico, los precios de petróleo y, podríamos añadir, las grietas en la coalición gobernante en México, Cuba y su crisis, Ucrania y la guerra que a veces se nos olvida, le sorprendía que la conversación que había inundado la red social estaba centrada en la renuncia del director de la Gaceta de la UNAM porque se le había ido un gazapo en la portada, y la polémica sobre una mujer que tomaba el sol en una de las ventanas de Palacio Nacional que el principal diseminador de falsedades del gobierno, Jenaro Villamil, decía, sin poder probarlo, que era una imagen creada con inteligencia artificial. Tiene razón el usuario que lamentó el nivel de debate en el que vivimos. En México, la información dejó de ser un insumo para entender la realidad y se convirtió en un accesorio desechable. Se consume como entretenimiento, se distribuye como mercancía y se degrada en el tránsito entre la urgencia y la banalidad. Lo importante ya no es qué se dice, sino qué tanto circula. Y en esa lógica, la superficialidad no es un defecto: es el modelo de negocio. La conversación pública está dominada por fragmentos. Clips de segundos, frases incendiarias, titulares diseñados para provocar, no para explicar. La profundidad estorba porque exige tiempo; el matiz incomoda porque obliga a pensar. En cambio, la simplificación extrema ofrece certezas inmediatas, aunque sean falsas. El resultado es un ecosistema donde la complejidad de los problemas nacionales -violencia, desigualdad, captura institucional-, se reduce a narrativas binarias, útiles para polarizar, inútiles para resolver. La frivolidad informativa no es espontánea. Es funcional. Sirve al poder porque diluye la rendición de cuentas. Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum iba a tener que enfrentar a la prensa unas horas después de que el presidente Donald Trump había hecho comentarios terribles sobre su persona, la información -que resultó falsa-, de que el expresidente Andrés Manuel López Obrador había sufrido un infarto, le ayudó para desviar el tema. Cuando López Obrador enfrentó un problema de imagen en su sexenio, apareció del cielo la fotografía de su hijo menor, Jesús Ernesto, tomando un vuelo para Londres, que cambió la conversación hacia él. El modelo de comunicación política de la presidencia lo inventó López Obrador cuando era jefe de Gobierno de la Ciudad de México hace un cuarto de siglo, y lo depuró y potenció en la presidencia. Se lo heredó, como imposición a Sheinbaum, que lo practica, sin su gracia y aptitudes de torero, pero con la misma disciplina: ¿Quién era la mujer que se asoleaba en Palacio Nacional?, le preguntaron hace unos días. Los segundos en que pensaba qué decir la presidenta parecieron horas. Finalmente, habló de los muertos de Carlos Salinas, los de Ernesto Zedillo, la violación a la democracia de Vicente Fox y la corrupción de Enrique Peña Nieto. No respondió, pero seguimos días después la queja del usuario, hablando de la mujer en la ventana de Palacio Nacional.
2DO. TIEMPO: Mentiras bien empaquetadas. Cuando todo se convierte en espectáculo, nada se somete a escrutinio serio. En los últimos siete años hemos visto la metamorfosis de la comunicación política de la presidencia, en una carpa llena de payasos que son funcionales porque los escándalos que revelan cotidianamente los medios, duran lo que tarda en aparecer el siguiente tema viral. Ayudan lo que el director de Excélsior, Pascal Beltran del Río, llama las “marionetas” de palacio, que siempre salen, con la instrucción precisa, para desviar la atención. Que no se hable de desapariciones y matanzas, porque el jefe de los bufones, Lord Molécula, que antes del gobierno de Andrés Manuel López Obrador se presentaba como Carlos Pozos, un reportero mediano, pero digno, se tira al suelo para declararle su amor. Y otro de los líderes titiriteros, Vicente Serrano, siempre se muestra displicente para ponerle a la presidenta Claudia Sheinbaum el balón para que dispare a gol contra el portero, que en este caso son periodistas y medios, y frivolice lo más denso. No se preocupen, que nadie les hace caso, dice. En la carpa matutina, las contradicciones se olvidan, los datos se relativizan y la memoria colectiva se acorta peligrosamente. La indignación se recicla; la información, no. En ese terreno, las redes sociales actúan como amplificadores de ruido. Premian la reacción sobre la reflexión, la emoción sobre la evidencia. Los algoritmos no distinguen entre verdad y mentira, solo entre contenido que engancha y contenido que no. Así, la mentira bien empaquetada compite en igualdad de condiciones con el dato verificado, y muchas veces lo supera. No por su veracidad, sino por su capacidad de seducción. Las cosas, sin embargo, no corren en un solo sentido. Los medios tradicionales, lejos de contrapesar esta dinámica, en muchos casos se han adaptado a ella. Han reducido la investigación, han acelerado los tiempos, han sacrificado contexto. La presión por la inmediatez los arrastra a replicar la lógica digital: publicar primero, entender después. Y cuando el periodismo renuncia a explicar, deja un vacío que otros llenan con ocurrencias, propaganda o desinformación. El costo es alto. Una sociedad mal informada es una sociedad vulnerable. No solo a la manipulación política, sino a la incapacidad de procesar su propia realidad. Sin información de calidad, el debate público se empobrece y la toma de decisiones —individual y colectiva— se contamina. Se vota con percepciones, se opina con prejuicios, se discute con consignas. La superficialidad y la frivolidad no son inevitables. Son el resultado de incentivos mal alineados y de una audiencia que, en muchos casos, ha normalizado consumir sin cuestionar. Mientras la información siga siendo tratada como espectáculo, México seguirá mirándose en un espejo deformado. Y en ese reflejo distorsionado, la realidad no desaparece, pero se vuelve irreconocible.
3ER. TIEMPO. El ruido de fondo. La degradación de la información en México ya no es un problema de contenidos; es un problema de consecuencias. Durante años se habló de la superficialidad y la frivolidad como vicios del ecosistema mediático. Hoy son el cimiento de una sociedad que empieza a perder la capacidad de entenderse a sí misma. No es un fenómeno menor. Cuando la información se vuelve ligera, la ciudadanía se vuelve vulnerable. Sin contexto, sin datos duros y sin contraste, la realidad se fragmenta en percepciones. Y las percepciones —a diferencia de los hechos— son moldeables, manipulables y volátiles. En ese terreno movedizo, la verdad deja de ser un punto de referencia y se convierte en una opción entre muchas. La consecuencia más visible es la polarización. Pero no es la única ni la más grave. Lo verdaderamente preocupante es la erosión del criterio. Una sociedad que no distingue entre información y propaganda, entre evidencia y opinión, pierde su capacidad de exigir. Y cuando la exigencia desaparece, la rendición de cuentas se vuelve ornamental. El poder lo entiende mejor que nadie. En un entorno saturado de ruido, la profundidad estorba y la memoria incomoda. Por eso la agenda pública se administra con temas efímeros, con polémicas diseñadas para consumir la atención y luego desaparecer. El escándalo de hoy sepulta al de ayer, y ninguno deja huella suficiente para traducirse en consecuencias. Vivimos como en una montaña rusa que vuela a toda velocidad sin detenerse un momento. Ya nos olvidamos que Rusia invadió Ucrania, que es la primera guerra terrestre que vive Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Ya no nos acordamos lo que pasó con Nicolás Maduro en Venezuela. Nos pasó encima Cuba, que se ha vuelto parte del paisaje normal, porque la guerra en el Golfo Pérsico nos atrapó la atención. Pero ya se nos está olvidando, aunque la gasolina Premium cueste casi 30 pesos y el subsidio de la Magna, cada vez nos acerque más a un hoyo económico. Es la política del olvido acelerado, porque la semana pasada ya estábamos discutiendo cómo bajarían de precio los boletos de la reinauguración del Estadio Azteca porque ya no viene Ronaldo, y cómo íbamos a llegar al estadio porque no habría estacionamiento. Las redes sociales, con su lógica de inmediatez, han perfeccionado este mecanismo. No necesitan censurar; les basta con saturar. Pero la sobreinformación no es sobre lo relevante. La sobreabundancia de información, en su mayoría irrelevante e incompleta, genera un efecto paradójico: mientras más contenido circula, menos se comprende. Es la ilusión de estar informados sin estarlo. En ese vacío, prospera la manipulación. No necesariamente a través de grandes conspiraciones, sino mediante microintervenciones constantes: narrativas simplificadas, datos sacados de contexto, emociones amplificadas. Es un trabajo fino, casi invisible, que no busca convencer de una verdad, sino desgastar la idea misma de que existe. El resultado es una sociedad fatigada, reactiva, cada vez más desconfiada. Se opina mucho, se entiende poco. Se discute con intensidad, pero sin profundidad. Y en esa dinámica, los problemas estructurales del país —la violencia persistente, la desigualdad crónica, la debilidad institucional—, quedan reducidos a ruido de fondo.
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