Fiel a su costumbre, el cínico, corrupto, mentiroso e hipócrita de Andrés Manuel López Obrador vuelve a las andadas para fabricar enemigos externos que le permitan evadir las consecuencias de sus propios errores.
Más que una reflexión propia de un expresidente de México, su reciente carta sobre la relación bilateral entre México y Estados Unidos es un panfleto cargado de las mismas ideas obsoletas que contribuyeron a colocar al país en una de las etapas más complejas de su historia reciente. Es el intento desesperado de desviar la atención de la herencia maldita que dejó su gobierno y de las crecientes preguntas que pesan sobre Morena, sus aliados políticos y el círculo más cercano al obradorismo.
López Obrador reaparece porque la narrativa de Morena se cae a pedazos. Ahora pretende convencer a las y los mexicanos de que las tensiones con Estados Unidos son producto de una conspiración para desestabilizar al país. Pero la realidad es mucho más simple y mucho más incómoda: la crisis de confianza que hoy enfrenta México no nació en Washington. Nació aquí, cuando Morena instauró un narcogobierno marioneta de los intereses de los cárteles del crimen organizado.
Nadie necesita inventar una campaña contra Morena porque los hechos hablan por sí solos. La preocupación nacional e internacional es consecuencia de una política de seguridad fallida y de una estrategia que permitió que las organizaciones criminales ampliaran su capacidad de operación, su influencia territorial y su capacidad para desafiar al Estado mexicano.
Cada vez que aparecen cuestionamientos, Morena responde con una teoría de conspiración. Cada vez que surgen nuevas investigaciones o revelaciones incómodas, acusa persecución. Cada vez que los hechos contradicen su narrativa, fabrica un enemigo externo para evitar rendir cuentas sobre los infames resultados de su gobierno.
Hay una razón por la que López Obrador no puede retirarse de la vida pública. Y es que sabe que los cuestionamientos que hoy enfrenta Morena tienen origen en las decisiones tomadas durante su administración. Por eso, su carta no busca defender a México; busca defender a sus narcojuniors, Andy y Bobby; así como a los personajes que impulsó políticamente, como los narcogobernadores Rubén Rocha Moya, Américo Villarreal y Alfonso Durazo.
Resulta especialmente contradictorio escucharlo invocar la soberanía nacional cuando fue precisamente su gobierno el que debilitó las capacidades del Estado para ejercerla. Porque la soberanía no consiste en redactar cartas ni en alimentar agravios ideológicos. La soberanía consiste en garantizar la seguridad de la ciudadanía, hacer valer la ley y asegurar que ninguna organización criminal tenga más poder que las instituciones del país.
Hoy, el verdadero centro del debate es la herencia de López Obrador. Una herencia de violencia, impunidad, corrupción, división y debilitamiento institucional. Una herencia que sigue costando vidas. Una herencia que sigue deteriorando la confianza dentro y fuera de México, que sigue condicionando el presente y amenazando el futuro de millones de familias mexicanas.
Frente a esa realidad no caben excusas ni cortinas de humo. La verdadera defensa de la soberanía exige enfrentar al crimen con toda la fuerza del Estado, fortalecer las instituciones democráticas y reconstruir la confianza con nuestros socios estratégicos.
Por eso los priistas seguiremos dando la batalla para defender a México; para defender a las familias que viven con miedo, a los comerciantes que sufren la extorsión, a los jóvenes que merecen oportunidades y a los ciudadanos que exigen vivir en libertad.
Defender a México significa enfrentar al crimen sin titubeos, recuperar las instituciones que fueron debilitadas, impedir que la narcopolítica siga contaminando la vida pública nacional y decir la verdad, de frente y con firmeza, aunque incomode al poder.
México merece seguridad, justicia y libertad. México merece superar, de una vez por todas, la herencia maldita que dejó el cínico, corrupto, mentiroso e hipócrita de López Obrador.