La ideología nos robó el Metro

10 de Abril de 2026

La ideología nos robó el Metro

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Juan Pablo Gómez

Después de más de un mes de conflicto en medio oriente, el cierre del Estrecho de Ormuz perturba los mercados. En México los efectos de la guerra todavía no se reflejan, pero la especulación y el miedo giran en torno al precio de la gasolina. Recientemente se recuerda la promesa electoral de AMLO de tener el litro de gasolina a un precio accesible y se mira con rencor el elevado precio que tiene actualmente. Se habla de la reacción en cadena que puede tener un incremento adicional al precio de los combustibles, del daño que le puede hacer a la economía y de lo mucho que puede afectar a las personas en su día a día. Pero ¿Por qué nadie cuestiona la infraestructura en transporte público?

Si la preocupación de la gente es poderse trasladar, el reclamo en torno a la falta de líneas de metro e infraestructura en transporte público accesible debería ser de igual o mayor magnitud que hacia la posible alza de precios en la gasolina. Debería preocuparnos poder viajar sin pagar costos exorbitantes en general, no solo en el combustible que únicamente compran de forma directa quienes poseen un vehículo. Esto no es así, y ocurre como ocurre por un fenómeno que tenemos perdido de vista en este país desde hace varias décadas: la ideología.

En una CDMX en la que Miguel Alemán optó por volver al automóvil privado el núcleo de la movilidad y en la que el proyecto de infraestructura más relevante en épocas recientes fue el segundo piso del periférico, la preocupación por el precio de manejar un coche privado es mucho mayor que la preocupación por viajar de forma fácil y eficiente. La decisión de priorizar al automovilista sobre el peatón no es técnica, responde a la narrativa de que quien trabaja duro, sale adelante, y quien sale adelante puede comprar un coche y viajar libre por la ciudad. Y del otro lado, quien no trabaja o no es bueno con sus finanzas se ve castigado a usar el transporte público.

Casi el 40% de los mexicanos creen que una persona sale de la pobreza cuando se esfuerza lo suficiente, aunque el 74% de quienes nacen en la pobreza no logran salir de ella en su vida (CEEY). Se ha justificado que las personas pobres eligen ser pobres o no hacen lo necesario para salir de su situación económica. El mito de la meritocracia nos cuenta que el rico es rico porque lo merece, por premio y reconocimiento. Esta idea la comparten muchos electores y la difunden muchos políticos, por lo que termina siendo la narrativa que justifica muchas decisiones en la política.

En el Presupuesto de Egresos de la Federación 2026 no existe una sola partida etiquetada como transporte público urbano. La Federación no financia el metro, ni el Metrobús, ni las redes de movilidad cotidiana de las ciudades. Lo que sí existe es un presupuesto de más de 80,000 millones de pesos para carreteras, bacheo y caminos. La decisión de qué financia el Estado federal no es técnica, es ideológica.

México vive bajo la narrativa de que usar el coche es un premio y que hay que mantenerlo atractivo. La ciudadanía es dueña de esa idea y reclama los baches y los gasolinazos antes que la falta de alternativas. Y claro que sí, defender que existan ciudades que no dependan del coche también es ideológico. En un país en donde se legisla y construye para los coches, antes de cuestionar la ingeniería vial, es necesario dejar de validar los mitos que prolongan la idea de que hay injusticias que merecen la pena perpetuarse.