La insoportable levedad de ser…periodista

1 de Septiembre de 2026

La insoportable levedad de ser…periodista

Julieta Mendoza - columna

Hay títulos que llegan antes que las ideas. La insoportable levedad del ser es la célebre novela que Milan Kundera publicó en 1984, una obra que convirtió la fragilidad de la existencia, la libertad y el peso de las decisiones en materia literaria.

Aquí, con una licencia periodística, vale la pena cambiar una palabra: ser periodista.

Porque quizá nunca como ahora el oficio había tenido que preguntarse cuánto pesa (y cuánto debería pesar) la responsabilidad de tener un micrófono, una cámara o una columna.

Los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias tienen, antes que nada, algo que conviene celebrar: reconocen que detrás de esa palabra, “audiencia”, hay ciudadanos. Personas que escuchan, miran, contrastan, preguntan, se inconforman y tienen derecho a no ser tratadas como simples receptores de contenidos.

Y conviene hacer una precisión que suele perderse en la discusión: la figura del defensor de las audiencias no nació con estos nuevos lineamientos. En México tiene una historia de varios años, particularmente en los medios públicos. Desde al menos 2007 comenzaron a funcionar estas figuras en instituciones como Canal 11, Canal 22, Radio Educación y el Instituto Mexicano de la Radio. Para 2012 ya existían estudios sobre sus experiencias y sobre su papel como interlocutores entre los medios y sus públicos.

Es decir, no estamos ante el descubrimiento de un nuevo planeta regulatorio. Estamos ante la evolución —con todos sus debates y riesgos— de una idea que lleva años intentando abrir una puerta que durante demasiado tiempo permaneció entreabierta: que las audiencias también tienen derecho a hablarle al medio.

Eso importa.

Porque durante décadas la relación entre medios y audiencias funcionó como una conversación en la que uno hablaba y el otro, si acaso, cambiaba de canal. La defensoría introdujo una figura de mediación, escucha y rendición de cuentas. En los medios públicos, además, ha tenido una dimensión pedagógica: no sólo recibir quejas, sino ayudar a formar audiencias críticas y explicarles sus propios derechos. El Sistema Público de Radiodifusión, por ejemplo, ha documentado cómo su defensoría recibe comunicaciones, analiza contenidos y formula recomendaciones a las áreas de producción y programación.

Los nuevos lineamientos, por tanto, no deberían leerse como una súbita aparición de la audiencia en la vida de los medios. Lo novedoso es que esa relación adquiere ahora un marco regulatorio más amplio para radio y televisión.

Y ahí aparece el periodista.

Porque reconocer a las audiencias no significa desconocer a quienes producen los contenidos. Significa recordarles algo elemental: la libertad de expresión no convierte al periodista en propietario de la verdad.

Un periodista serio no debería temer que una audiencia pueda reclamarle. Debería temer que tenga razones para hacerlo.

La diferencia es enorme.La defensa de las audiencias obliga al medio a explicar sus decisiones.Y explicar no es censurarse.Es hacerse responsable.

Los nuevos lineamientos adquieren así una dimensión interesante: pueden ayudar a pasar de una comunicación entendida como acto unilateral a una comunicación entendida como relación. El periodista habla, pero alguien escucha. El medio publica, pero alguien puede preguntar. Y cuando existe un mecanismo institucional para responder, la distancia entre quien transmite y quien recibe deja de ser un abismo.

Por eso la discusión no debería reducirse a si las nuevas reglas “amenazan” o “protegen” al periodismo. La pregunta es otra: ¿qué periodismo queremos construir cuando la audiencia deja de ser silenciosa?

Ahí vuelve Kundera.

La insoportable levedad del ser hablaba, entre otras cosas, del peso de las decisiones y de la paradoja de una existencia que ocurre una sola vez. Algo parecido sucede con el periodismo: cada palabra pronunciada al aire, cada imagen transmitida, cada titular publicado, ocurre una vez y puede tener consecuencias.

La insoportable levedad de ser periodista, entonces, no está en que ahora haya más reglas ni en que exista una audiencia con derecho a reclamar.

Está en descubrir que el micrófono nunca fue tan ligero como creíamos.

Y que quizá la verdadera carga del oficio no consiste en poder hablar. Consiste en tener que responder por lo que decimos.