La puerta que un día toqué

1 de Septiembre de 2026

La puerta que un día toqué

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Yazmin Jalil

Hay sueños que comienzan mucho antes de que sepamos que son sueños. A veces empiezan frente a una puerta que parece demasiado grande para una chamaquita que apenas comienza a descubrir quién quiere ser.

Cuando terminé la carrera de Comunicación, me fui un año y medio a Roma, donde trabajé en la Embajada de México como analista de prensa. Al regresar llegué a Imagen Radio y a Televisa San Ángel, donde trabajé como creativa y escritora, llena de ganas de aprender y de encontrar mi lugar.

Fue ahí donde, de vez en cuando, subía a una de las oficinas que más me impresionaban: la de Carla Estrada.

Su producción era enorme, o quizá me lo parecía porque yo era casi una niña y ella ya era, para mí, una gigante de la televisión. Había construido historias capaces de cruzar fronteras y generaciones, convirtiéndose en una de las grandes productoras y en una figura reconocida mucho más allá de nuestro país.

Yo no tenía experiencia en telenovelas ni en entretenimiento. Mi currículum hablaba de muchas cosas, pero prácticamente de ninguna de las que podían interesarle a una productora como Carla.

Aun así, ahí iba yo.

Caminaba entre escritorios con mi hoja de vida hasta llegar a la recepción. Una de sus asistentes la recibía amablemente y la colocaba sobre una enorme pila de currículums con fotografías impresionantes de actores del CEA.

Era muy joven y todavía no entendía que hay puertas que no se abren a la primera, que una oportunidad que no llega de inmediato puede ser el comienzo de un camino. No sabía entonces que insistir también era una forma de creer en una misma.

Aun así, regresé. Una vez. Y después otra.

No porque tuviera la certeza de que esa puerta se abriría, sino porque algo dentro de mí me decía que no debía dejar de tocar.

Mi vida tomó otro rumbo. Llegaron otras oportunidades, hice radio y televisión, hice mi fundación y, más tarde, publiqué mi primer libro, Como anillo al dedo. Mi admiración por Carla seguía intacta, aunque nunca habíamos cruzado una palabra.

En uno de los capítulos escribí que Carla, igual que los cuentos de Disney, tenía mucho que ver con que tantas mujeres siguiéramos esperando a esos galanes de telenovela. Sus historias habían alimentado nuestra imaginación y esa idea mágica —y a veces peligrosísima— de que el amor podía llegar acompañado de música, viento y un hombre perfecto bajando de un caballo.

Todavía sigo esperándolo. Pero ese es otro sueño.

El libro tuvo suerte. Y un día, de manera casi cinematográfica, llegó a las manos de Carla.

Me invitó al programa Hoy para presentarlo.

La gran productora que yo admiraba desde aquellos años, cuya puerta había tocado tantas veces, ahora me estaba abriendo una puerta mucho más grande.

Le gustó la sección y comenzó a invitarme cada vez más. Sin que ninguna de las dos lo hubiera planeado, dejamos de ser una admiradora y una mujer admirada para convertirnos en amigas.

Y conocerla de cerca hizo crecer todavía más mi admiración.

La invité a presentar mi libro en Acapulco y, antes de viajar, tuvo un accidente. Cualquier persona habría tenido una razón perfectamente válida para cancelar.

Pero Carla no es cualquier persona.

Llegó en avión desde Estados Unidos, con moretones, lastimada y, aun así, estuvo ahí, a mi lado.

Frente a la prensa dijo que era un honor presentar un libro que la había emocionado capítulo por capítulo, que se identificaba y que me admiraba.

Escucharla, tenerla junto a mí, con ese apoyo incondicional, fue uno de los grandes regalos de la vida.

Porque con Carla las palabras siempre han tenido el respaldo de los hechos.

Ha creado historias que marcaron épocas, ha llevado el talento mexicano a millones de hogares y ha construido una trayectoria que trasciende fronteras y generaciones.

Pero su grandeza no se mide solamente en producciones, premios o reconocimientos.

Se mide también en las personas a las que ha impulsado, en las puertas que ha abierto y en las manos que ha tendido.

Y hoy, tantos años después, aquella puerta que una niña soñadora tocó tantas veces volvió a abrirse, pero esta vez desde el otro lado.

La Yazmín chiquita que un día subió hasta aquella enorme oficina sin tener nada que ofrecerle a Carla, salvo sus ganas y un sueño, hoy comienza un programa de su mano.

Un programa que nace de una convicción que compartimos: que podemos entretener con sentido, hablar de temas profundos sin perder la alegría, informar, acompañar y hacer de la televisión un lugar donde también puedan pasar cosas buenas.

Carla, gracias por haber abierto aquella puerta, por confiar en mí y por permitirme crecer a tu lado.

Sé que tu confianza en mí es también profesional, y recibirla de ti es uno de los honores más grandes que puedo tener.

Gracias por estar. Gracias por creer. Gracias por lo que le das a México. Y gracias, sobre todo, por demostrar con acciones quién eres.

Las mujeres grandes, las verdaderamente grandes como tú, no cierran las puertas detrás de ellas. Las dejan abiertas.

Y algunas hacen algo todavía más extraordinario: regresan por quienes vienen detrás.

Hoy miro hacia aquella chamaquita que caminaba por esos pasillos con un currículum en la mano y quisiera decirle: sigue tocando puertas. Sigue soñando. No te preocupes por aquella pila de papeles.

Porque algún día descubrirás que hay puertas que no se abren cuando una quiere, sino cuando llega el momento correcto. Y esa puerta que un día tocaste, la de esa mujer a la que siempre has admirado, era apenas el primer paso de una historia que hoy comienza a escribirse.