La mancha que no se borra

27 de Marzo de 2026

La mancha que no se borra

Pablo Reinah columnista

El amanecer del 1 de marzo de 2026 en las playas de Veracruz no trajo olas blancas, sino una línea negra y espesa que olía a muerte. Pescadores como Vicente Vargas, de 49 años, con 14 años faenando en la laguna del Ostión, vieron cómo sus redes sacaban camarones cubiertos de chapopote y cangrejos que ya no se movían. «Es puro veneno», dice.

En tres semanas, esa mancha se extendió como un cáncer: 630 kilómetros de litoral, desde Tamiahua hasta Paraíso, Tabasco. Casi todo el Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo de México, con sus 125 arrecifes coralinos, manglares y zonas de anidación de tortugas, quedó bajo una capa de hidrocarburo. No se trata de un accidente aislado. Es la verdadera tragedia ecológica que México finge contener con comunicados.

Los datos oficiales hablan de 128 toneladas de residuos recolectados en más de 165 kilómetros de playa. Las organizaciones ambientales elevan la cifra real a 630 kilómetros de costa afectada y 51 puntos contaminados: 42 en Veracruz y nueve en Tabasco. Ya hay siete tortugas marinas, dos delfines, dos manatíes y un pelícano muertos o agonizantes por el petróleo crudo. Los manglares, que actúan como pulmones y guarderías del mar, están asfixiados. Los arrecifes, que sostienen la cadena alimentaria de miles de especies, se cubren de una película que impide la fotosíntesis y la reproducción. El petróleo no se va con la marea; se hunde, se adhiere y persiste durante años en los sedimentos.

Las consecuencias van más allá de la arena negra. Unas 16 mil familias pesqueras viven de estas aguas. Tres semanas sin poder salir a mar abierto, sin camarón que vender, sin turismo que llegue. Restaurantes cerrados, ingresos que se evaporan de la noche a la mañana. En Pajapan y Jicacal, los abuelos cuentan que nunca habían visto algo así. El crudo no solo mata peces: mata economías enteras y sueños de hijos que ya no quieren heredar la red. Y lo más doloroso: el daño invisible. El chapopote se filtra y contamina el pescado que aún se consume, amenazando la salud de comunidades enteras que no tienen otro sustento.

¿Quiénes son los responsables? Hasta hoy, nadie lo sabe con certeza. La presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Rocío Nahle apuntan a un «barco de una petrolera privada» que no trabajaba para Pemex. Pemex niega cualquier responsabilidad, pero sale a limpiar, instala barreras y recolecta toneladas. La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente investiga, pero no identifica al culpable. Mientras tanto, las brigadas de limpieza se concentran en playas turísticas y dejan manglares y zonas de difícil acceso a su suerte. El petróleo sigue llegando. El silencio oficial es ensordecedor. Es el mismo patrón de siempre: extracción primero, rendición de cuentas después. Un modelo energético que trata el Golfo como un pozo inagotable y las costas como zona de sacrificio.

Esta no es solo una mancha en el mapa. Es la prueba de que seguir dependiendo del petróleo nos cuesta caro. Cada derrame —y México ha tenido varios—, erosiona la biodiversidad que nos hace ricos de verdad. Los arrecifes no votan, los manglares no firman contratos, pero son el futuro de la pesca, el turismo y la resiliencia climática de todo el país.

Hoy, mientras los pescadores recogen chapopote con las manos, Pemex promete que «la situación está controlada». Vale preguntarse: ¿qué legado dejaremos? ¿Un Golfo vivo, con aguas que alimenten a generaciones, o un cementerio negro de promesas incumplidas? La tragedia ecológica del Golfo no es inevitable. Es el precio de mirar hacia otro lado. La verdadera reparación no vendrá solo con barreras flotantes ni multas tardías. Vendrá cuando decidamos que nuestras costas valen más que cualquier barril de crudo. Porque el mar no olvida. Nosotros tampoco deberíamos.