Mientras México envía petróleo y ayuda a Cuba, los hospitales nacionales enfrentan recortes que dejan a pacientes sin atención básica. Esta contradicción expone una prioridad ideológica sobre la urgencia interna: ¿solidaridad internacional o abandono local?
Desde 2023, México ha canalizado al menos mil 400 millones de dólares en combustibles a Cuba a través de Pemex y su filial Gasolinas Bienestar, según Petróleos Mexicanos, y la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC). Solo en 2025, el valor alcanzó 10 mil millones de pesos (unos 560 millones de dólares) en productos petroleros, el monto más alto en 25 años. En enero de 2026, ante presiones de Estados Unidos, se suspendieron envíos de crudo, pero ahora la presidenta Claudia Sheinbaum anunció ayuda humanitaria con alimentos e insumos básicos vía la Secretaría de Marina, equivalente a los 17 mil barriles diarios de crudo que se entregaban previamente. El gobierno justifica estos apoyos como “humanitarios” para contrarrestar el bloqueo cubano, alineado con afinidades izquierdistas.
Sin embargo, en México persisten graves deficiencias. El presupuesto de salud para 2026 es de 996 mil 528 millones de pesos, un 5.9% más que en 2025, pero 4.7% menos que lo ejercido en 2024. Representa solo 2.6% del PIB, lejos del 6% recomendado por la OMS. Los hospitales nacionales sufren un recorte del 26.5% respecto a 2024, con reducciones específicas como 33% menos para el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (864 millones de pesos). Salud mental ve un corte del 13.8%, equivaliendo a 1.5% del gasto total, contra el 5% sugerido por la OMS. Programas para prevención de VIH y enfermedades crónicas quedan sin fondos.
En educación, el aumento es de 3.3%, pero se concentra en becas y educación básica, con recortes del 2.6% en media superior y 4% en superior. Esto prioriza transferencias directas sobre infraestructura y calidad, perpetuando desigualdades. Además, el presupuesto general 2026 recorta a órganos autónomos por 17 mil 788 millones de pesos, reasignando a sectores como educación y cultura, pero sin resolver la crisis de seguridad ni la deuda.
Ayudar a naciones aliadas ideológicamente es noble, pero cuando México gasta cientos de millones en Cuba mientras sus ciudadanos enfrentan carencias en salud y educación, surge la pregunta: ¿priorizamos afinidades políticas o el bienestar interno? Esta política resalta una visión selectiva de la solidaridad, enfocada en gobiernos de izquierda como el cubano, ignorando necesidades urgentes locales.
Al final, la verdadera ayuda comienza en casa. Equilibrar la fraternidad global con la responsabilidad nacional no sólo fortalecería a México, sino que lo posicionaría como un aliado más sólido. ¿Seguiremos viendo la paja en el ojo ajeno, o atenderemos la viga en el propio?