Después de rifarse en una mesa de baccarat en Las Vegas, el Super Bowl era el evento que más disfrutaba mi papá. Yo decía que era “La Navidad de los Jalil”. Este año, por primera vez, lo veré sin él, pero quiero dedicarle esta columna con los datos que siempre comentábamos mientras lo veíamos.
Comencemos por mi favorito: el aguacate mexicano. En el Super Bowl se consumen más de 120,000 toneladas, suficiente para llenar 500 estadios y coronarlo como el verdadero MVP.
Cada jugador ganador se lleva 170 mil dólares, pero el “oro verde” deja una derrama económica de 150 millones. Michoacán rompió récord: 11% más de exportaciones, 2 mil 800 millones de pesos y 110 mil empleos. ¡Quién diría que el guacamole podía ser una de las estrellas del partido!
Las entradas pueden costar hasta 60 mil dólares, y la publicidad alcanza los 8 millones por 30 segundos, o 266 mil 666 dólares por segundo. Sí, oyeron bien… 666. Casi como si los dioses del fútbol y el azar se hubieran puesto de acuerdo.
Y no todo es guacamole y dinero: en promedio se comen mil 300 toneladas de alitas de pollo, 14 mil 500 toneladas de papas fritas y se beben 325 millones de litros de refresco. Si juntáramos todas las botellas, podríamos llenar más de mil 300 albercas olímpicas. Además, más de 11 millones de personas se disfrazan o se pintan la cara para ver el juego, y se venden más camisetas del equipo favorito que camisetas de cumpleaños en todo un año.
Mi papá siempre bromeaba con las coincidencias: tres participaciones de los Halcones Marinos coincidieron con cambios de papa: 2005, 2013 y ahora tras la muerte del Papa Francisco. ¡Hagan sus apuestas!
Por supuesto que el show no se queda atrás. Cómo olvidar a Michael Jackson (1993), que cambió para siempre la forma en que el mundo veía el evento; Prince (2007), que tocó bajo la lluvia y entregó una de las presentaciones más memorables; Beyoncé (2013), con producción impecable; Bruno Mars (2014); Coldplay junto a Beyoncé y Bruno Mars (2016), un trío imposible de olvidar; mi favorito: Shakira y Jennifer López (2020) y este año, Bad Bunny.
El espectáculo mueve más de 7 millones de dólares en producción, con 500 trajes y cambios de vestuario, cientos de drones y efectos de luces para que todo se vea perfecto. El primer show de 1967 duró apenas 18 minutos; hoy cada segundo es épico, igual que el guacamole.
Por todo esto, el Super Bowl atrae a 127.7 millones de personas: algunos por el partido, otros por el show… y todos por el oro verde.
Sin duda, me hará falta la sonrisa de niño de mi papá, su mano entrelazada de la mía y la emoción de sus apuestas. Pero sé que estará ahí, entre sus calabacitas rellenas con jocoque y un touchdown, recordándonos que el Super Bowl es más que un juego: es memoria, familia, risas y, claro, mucho guacamole.