Durante años, el chavismo fue presentado como una “anomalía” latinoamericana: un fenómeno personalista, sostenido en la retórica y en la figura de un líder carismático. Sin embargo, más que una excepción, terminó siendo una advertencia. No tanto por su origen, sino por la forma en que una promesa legítima de justicia social derivó en un sistema de poder cerrado.
Hugo Chávez llegó al poder en 1999 en un contexto claro: desigualdad profunda, instituciones desgastadas y una clase política incapaz de responder al malestar social. El chavismo no surgió del vacío, surgió del fracaso de un modelo previo que dejó a amplios sectores fuera del sistema. Ese dato es clave, pues no se impuso, fue habilitado por el hartazgo.
El problema no fue la promesa, fue el método. Con el paso del tiempo, dejó de ser un proyecto de transformación social para convertirse en un régimen donde Estado, partido y liderazgo se fundieron en una sola estructura. La política dejó de ser un espacio de deliberación y se convirtió en un mecanismo de control. La lealtad sustituyó a la rendición de cuentas.
Venezuela pasó de ser uno de los principales productores de petróleo del mundo a enfrentar una de las crisis económicas más severas de su historia reciente. La hiperinflación, la caída sostenida del PIB, el colapso de los servicios públicos y la migración forzada de millones de personas no fueron accidentes inevitables, fueron consecuencias de una economía centralizada, opaca y sostenida más por lealtades políticas que por criterios técnicos.
Pero su impactono puede medirse sólo en términos económicos. Su transformación más profunda fue institucional. El debilitamiento de los contrapesos, la subordinación del Poder Judicial, el uso político de las fuerzas armadas y la persecución de la disidencia no ocurrieron de un día para otro. Fueron procesos graduales, normalizados bajo el argumento de proteger al pueblo frente a enemigos internos o externos.
Ahí aparece uno de los rasgos más peligrosos de este movimiento: la normalización de la excepción. La emergencia permanente como forma de gobierno. Cuando todo se presenta como crisis, cualquier exceso se justifica. Cuando todo se define como enemigo, cualquier crítica se vuelve sospechosa. El discurso deja de buscar consenso y empieza a funcionar como mecanismo de disciplina.
En el plano social, dejó una fractura profunda, no solo entre oficialismo y oposición, sino entre quienes dependen del Estado para sobrevivir y quienes quedan fuera del sistema. Los programas sociales, concebidos como herramientas de inclusión, terminaron funcionando como mecanismos de control político. No se garantizaron derechos universales; se administraron beneficios condicionados.
Esta lógica trasciende a Venezuela, pues no exportó un modelo económico exitoso, pero sí un manual político reconocible: concentración del poder, debilitamiento institucional y polarización permanente. Un modelo que no requiere dictaduras clásicas para operar, sino democracias cansadas y sociedades profundamente desiguales.
Más que condenarlo o absolverlo, el chavismo exige ser analizado con seriedad. Como un proceso que comenzó atendiendo una demanda legítima y terminó atrapado en su propia lógica de poder. Tal vez la discusión de fondo no sea si fue de izquierda o de derecha, sino qué ocurre cuando el poder deja de ser un medio y se convierte en un fin, porque cuando eso sucede, la promesa deja de transformar y empieza a controlar.