La racionalidad comunicativa en el trópico

23 de Marzo de 2026

La racionalidad comunicativa en el trópico

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Pertenezco a una generación que leyó a Habermas con optimismo. Seguramente entendíamos poco de lo que nos quería decir: muchos autores como Michel Welton han acusado sus libros de intrincados, convulsos y hasta tautológicos. Pero el optimismo del momento nos hacía soñar y, entre los sueños, creer que entendíamos.

Era la época de construcción institucional en Europa que nos tocaba como el ideal del momento. Veíamos el pleno empleo de Clinton y hasta mostrábamos, como impulsos alentadores, la forma en que México entraba a una globalización con el TLCAN, a la par de esa vocación por acuerdos de liberalización comercial y cooperación hacia todos los puntos cardinales.

Incluso el fin del conflicto armado en Irlanda del Norte y los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP hacían creer que las ideas de Habermas sobre la “racionalidad comunicativa” tenían una penetración progresiva indiscutible. Servía —¿por qué no? — para humanizar la proclama más difícil de digerir: Fukuyama y “el fin de la historia”. Habermas era la respuesta mesurada y gradualista: el proyecto de modernidad liberal estaría “siempre inacabado”, “siempre perfeccionándose”, a través de la acción comunicativa racional.
Ahora Habermas ha fallecido. Las revisiones de su legado proliferan; quizá porque se le va a extrañar como a pocos. El mundo que ayudaba a crear sobre la valoración de la concordia y el diálogo —siempre sobre los pilares de “verdad”, “corrección normativa”, “comprensibilidad” y “sinceridad”— está en total crisis. De ahí la orfandad.

Siempre creí que, en algunos momentos de mi carrera, había atestiguado versiones incompletas, pero interesantes, de su “racionalidad comunicativa”, la que él contrastó sistemáticamente con la “racionalidad instrumental”: por ejemplo cuando se me solicitó prestar el espacio del Consulado General de México en Montreal para una discusión sobre remodelación barrial con todos los involucrados: habitantes, negocios, ciclistas… A esos vecinos, se les hablaba con verdad y ética, en lenguaje claro y con una dosis no tan alta de sinceridad porque, como ocurre en esos casos, las autoridades exponen apenas dos o tres proyectos a elegir. Limitar opciones evita que la reunión pase a ser pandemónium. Similar me parecía la forma en que los MP británicos recibían pacientemente a sus constituents: por igual a la desempleada que al dueño de la multinacional. Supuestamente misma atención, mismo tiempo.

Las principales críticas a Habermas van contra una concepción de lo “racional” que inundó su pensamiento sin definición cabal; pareciera que no quería lidiar con el lado derecho del cerebro. Igual le ocurría con la estética. Evitó la valoración de lo emotivo. Su pensamiento, hoy, adquiere las tonalidades de lo utópico y lo fallido cuando múltiples neurocirujanos, psicólogos, a la par de politólogos, demuestran que nos movemos primero por lo emotivo y luego por lo racional, sobre todo en temas electorales. La decisión humana es principalmente emotiva y la racionalidad llega después para justificar. Quizá cuando Habermas escribía “racional” aludía a algo más que lo obvio.

En el mundo africano, como ejemplo de lo que ocurre en culturas con democracias débiles pero llenas de esperanza, la filosofía de Habermas sigue presente; al menos en lo que llaman “políticas comunicativas”. Hay libros y politólogos —un ejemplo sería Politican Comunication in Africa que editó Ayo Olukotun— que se centran en encajarle el diente, con visión habermasiana, a cómo sus estructuras sociales escuchan —o no— a “el otro”. A pesar de tantas disrupciones a una comunicación integral, los estudiosos perciben un espacio para el optimismo. Es como si la racionalidad nórdica añorara la emotividad del sur y el trópico añorara el frío pensamiento del norte.

Valorar la perspectiva sureña invita a aventurar ideas sobre la razón por la que Habermas obvió la emoción. Su filosofía provenía de una tradición racionalista descomunal. Su colega Konrad Cramer decía que la clave con él era quitar de sus textos el sobreuso de la palabra “trascendental”. Quizá ahí inscribía su sobredimensión de lo “racional”. Quienes vienen del trópico, desde la inducción y los casos prácticos, e intentan avanzar hacia una añorada democracia de calidad, reencuentran al filósofo —y lo seguirán reencontrando—, para señalar las trampas del poder, las irregularidades y los engaños en las supuestas consultas, el abuso de los medios… y, con optimismo, mejorar esquivando los retrocesos actuales.