La ultraderecha yanqui

22 de Junio de 2026

La ultraderecha yanqui

raymundo riva palacio AYUDA DE MEMORIA

Raymundo Riva Palacio

1ER. TIEMPO: Los duros de los duros. El Departamento de Justicia acusa al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. El secretario de Guerra, Pete Hesgesth, dice que van por los cárteles mexicanos. La zarina de las drogas de la Casa Blanca, Sara Carter, dice que es el tiempo de que les llegue la justicia a los narcopolíticos mexicanos. Siguen llegando a Palacio Nacional nombres de quienes están en el primer nivel de interés de Estados Unidos para ser acusados, y la presidenta Claudia Sheinbaum afirma sin recato: no es Donald Trump el que está hablando por ellos; ni siquiera piensa de esa manera. Es la extrema derecha estadounidense, que quiere descarrilar la relación bilateral. Trump, ante sus ojos, está libre de pecado y culpa. En su cabeza le han sembrado la idea de que quien se encuentra detrás de todos los actos hostiles contra su gobierno, no contra México, es Stephen Miller, el cerebro del odio. En Washington, donde el poder no siempre se ejerce desde los reflectores, sino se mueve a veces desde oficinas pequeñas, con memorandos cortos, lenguaje frío y una obsesión casi patológica por cerrar puertas, Miller es el mejor ejemplo de esa forma de mandar sin aparecer. No es carismático. No es popular. No es querido. Pero es influyente en el corazón del poder en Washington. Miller se sumó al equipo de Trump en 2016, como asesor de políticas públicas y redactor de discursos durante su campaña presidencial. Nunca lo abandonó. Refinó sus estrategias antimexicanas que comenzó con su cruzada para reducir la migración indocumentada, en cuyo camino, reveló el periódico The Washington Post en un perfil sobre él, encontró la “guerra” contra los narcotraficantes, que tuvo un primer desenlace con su influencia para que Trump firmara una directiva presidencial confidencial que autorizaba el uso de fuerza letal contra dos docenas de organizaciones criminales que el Departamento de Estado había designado como “terroristas”, que abrió la puerta para una orden ejecutiva del secretario de la Defensa, Pete Hegseth, para que pudieran ser objetivos militares. Miller, agregó el Post, fue de quienes más presionaron en la Casa Blanca para explorar opciones agresivas contra los cárteles transnacionales, especialmente los mexicanos, que solo cambió de objetivo -la destrucción de las lanchas supuestamente con droga que salían de Venezuela y Colombia- cuando el gobierno mexicano redujo la actividad de esas organizaciones criminales a lo largo de la frontera entre los dos países. Miller es uno de los ideólogos de Trump más radicales, con un peso enorme en las decisiones dentro de la Casa Blanca, como jefe de Gabinete adjunto. Su par, casi desconocido en México, pero igualmente influyente, es Russell Vought, el principal arquitecto de la transformación del gobierno de Trump.

2DO. TIEMPO.- El equipo del diablo. El nombre de Russel Voutgh no solo es poco conocido en México. También en Estados Unidos, donde el único lugar donde saben perfectamente su historia es a lo que le llaman “inside the Beltway”, con lo que señalan geográficamente la zona metropolitana de Washington, rodeada por un periférico. Dentro de él es donde se concentra todo el poder, y en la Casa Blanca, Voutgh es uno de los grandes jugadores. No tiene que ver nada directamente con México, aunque algunas de sus políticas puedan tener incidencia en la relación bilateral. Su cargo es uno que no tiene un nombre rimbombante, titular de la Oficina de Administración y Presupuesto de la Casa Blanca, pero es fundamental. Cada secretaría, dependencia y oficina del gobierno, tiene que pasar por la OMB, que son sus siglas en inglés. Voutgh fue uno de los principales autores intelectuales del Proyecto 2025, elaborado por la ultra conservadora Fundación Heritage, que es básicamente el programa de gobierno de Donald Trump, y en su actual función, es el responsible de la expansión del poder presidencial. Junto con Stephen Miller, son probablemente los dos funcionarios de mayor influencia ideológica en la Administración Trump, donde el primero sería el ideólogo político del ala radical, la base electoral de Trump, y el segundo el arquitecto institucional que convierte esa visión de país en cambios permanentes dentro del gobierno. Debajo de ellos figuran como actores centrales en la primera trinchera del trumpismo Brendan Carr, un personaje que tampoco es conocido en México, que adquirió fama en su país por ser el autor de un capítulo sobre telecomunicaciones en el Proyecto 2025, donde atacaba a los gigantes tecnológicos y a los medios de comunicación por lo que llamaba la “censura” en sus contenidos y el ocultamiento de los valores de la derecha. Trump lo nombró presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones, y es el funcionario más influyente en ese sector y más vocal en inhibir la libertad de expresión, que es uno de los principios estadounidenses que ha ido vulnerando el gobierno actual. En este primer equipo del diablo, no puede faltar el secretario de Guerra -como rebautizó Trump a la Defensa-, que encabeza Pete Hesgeth, y Markwayne Mullin, que encabeza el Departamento de Seguridad Nacional. Hesgeth, combatiente de guerras y antiguo conductor de Fox News, se ubica en el ala más nacionalista del trumpismo, así como uno de sus figuras más combativas dentro del gabinete. Hesgeth no está lejos de México en sus odios y amenazas militaristas. Es uno de los que más respaldan los deseos de Trump de tomar acciones militares dentro del territorio mexicano para combatir a los cárteles de las drogas, junto con Mullin, que se sumó a este grupo de extremistas recientemente, cuando la frivolidad y torpezas le costaron el cargo a Kristi Noem. Mullin, que hace dos décadas era un triunfador en artes marciales, fue diputado y senador, con un paso por el Capitolio que lo acercó a Trump, de quien hoy es muy cercano. Es un político muy duro, y recientemente en una reunión con la presidenta Claudia Sheinbaum, mostró su puño. No se anduvo con rodeos. Rápidamente le exigió que respetara el Tratado de Extradición y que les entregara al exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. A la presidenta no le gustaron las formas ni las palabras, y se enfrasco en una ríspida discusión. Cuando finalmente se despresurizó, la línea roja se había rebasado y la relación bilateral cambió a un estadio desconocido.

3ER. TIEMPO.- Trump, libre de pecado y culpa. Las acusaciones del Departamento de Justicia contra el exgobernador Rubén Rocha Moya y nueve servidores públicos de Sinaloa, la cancelación de visas a cuatro gobernadores de Morena y a un senador, así como las investigaciones contra políticos de la 4T por presuntos vínculos con el crimen organizado, son, a juicio de la presidenta Claudia Sheinbaum, obra de la ultraderecha en Estados Unidos, asociados con la mexicana. Es una conspiración que busca, dice, acabar con el movimiento que fundó Andrés Manuel López Obrador y evitar que Morena siga en el poder. El presidente Donald Trump, asegura, no sabe lo que están haciendo. En palabras de la presidenta, están actuando a espaldas de él. Siempre habrá una posibilidad, pero parece improbable por algo que ella debería saber. A diferencia de su paso por la Casa Blanca hace cuatro años, los principales colaboradores de Trump hoy en día fueron escogidos en función de su lealtad personal y política. No llegó Trump a los niveles de López Obrador o de Sheinbaum, donde lo que importa es 90% de lealtad y 10% de capacidad. El nivel del gabinete de Trump está hecho de colaboradores altamente ideológico, pero capacitados. El de Sheinbaum, como el de López Obrador, eran profundamente ideológicos, pero, en su mayoría, incompetentes. En la realidad, es más factible que Sheinbaum tenga colaboradores que le juegan las contras -como los coordinadores parlamentarios- a que lo experimente Trump. Sheinbaum apenas empieza a tener control sobre Morena; Trump tiene una enorme influencia en el Partido Republicano. A ella la han llegado a sabotear, mientras que a Trump ha experimentado demoras en la implementación de sus políticas o que sus colaboradores busquen encauzarlas para que no generen problemas. Con López Obrador eso era imposible, como la cancelación del aeropuerto de Texcoco o las megaobras que no han demostrado su razón de ser. Sheinbaum no corrigió; ratificó su voluntad a seguir haciéndolas. Si la presidenta revisara las analogías, vería con claridad que dejar a Trump libre de pecado y culpa de la cruzada contra los políticos ligados al crimen organizado, es una afirmación que no tiene sustento. Pero no está desinformada. Es un discurso para que los mexicanos no lo vean como el gran enemigo del país, aunque en realidad, y posiblemente la presidenta está consciente de ello, sí lo es.

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