1er. TIEMPO: La locura como máscara de estrategia. Hace unos días vimos en tiempo real la confrontación entre el presidente Donald Trump y sus viejos aliados políticos, diplomáticos y militares europeos, que escalaron sus hostilidades ante las amenazas del jefe de la Casa Blanca de quedarse con Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, por las buenas o por las malas. Las naciones europeas enviaron contingentes militares a esa isla, estratégica por su ubicación cercana al Ártico, y sus líderes le dejaron claro a Trump que irían hasta donde fuera necesario. El riesgo de una ruptura y choque entre potencias -sus viejos aliados europeos, Francia y el Reino Unido, pertenecen al club nuclear-, no había estado tan cerca desde 1962, cuando Estados Unidos y la entonces Unión Soviética (hoy Rusia), pusieron al mundo en el umbral de una guerra nuclear. Aquel conflicto entre John F. Kennedy y Nikita Kruschov, es un ejemplo canónico de cómo la teoría de juegos modela situaciones de alta tensión donde la amenaza nuclear obliga a una diplomacia calculada y a evitar la escalada mediante un equilibrio de intereses y concesiones mutuas. El conflicto comenzó cuando los soviéticos se preparaban a instalar misiles en Cuba, con el pretexto de proteger el régimen de Fidel Castro, que un año antes había enfrentado con éxito la invasión de Bahía de Cochinos, financiada por la CIA, pero a una distancia de menos de 150 kilómetros de Florida. El primer planteamiento entra en lo que se conoce como el Juego de la Gallina, donde las dos superpotencias se acercaron al borde de la guerra nuclear escalando cada día la amenaza de atacar a su enemigo. Esa estrategia, que es el manejo de una confrontación de alto riesgo, hizo que Kennedy y Kruschov se mantuvieran intransigentes con la esperanza de que el otro cediera. El juego plantea el choque entre dos vehículos, donde si nadie se aparta a punto de la colisión, se estrellan ambos y pierden todos. En la Crisis de los Misiles, ninguno cedía e iban rumbo a la confrontación, que significaría una guerra mundial. El mundo, literalmente, estaba en vilo, sin más poder de influencia salvo de insistir que no destruyeran todo. Ninguno de los dos países sabían realmente el poderío nuclear de su adversario, pero los soviéticos, sabiendo que eran más débiles -como se supo décadas después al divulgarse documentos secretos de Kruschov-, tomaron la iniciativa para evitar la guerra. El jefe de la KGB en Washington, Aleksandr Feklisov, contactó al entonces corresponsal diplomático de la cadena de televisión ABC News, John Scali, y le pidió ser intermediario con John y Robert Kennedy, el fiscal general, de quien era amigo, con la propuesta de sacar los misiles de Cuba a cambio de que no la invadiera. Kennedy aceptó la negociación, y la Teoría de Juegos cambió de la gallina, al Dilema del Prisionero, donde la cooperación de ambos, cediendo algo los dos, era preferible a apostar a que el otro cediera y arriesgaran la destrucción mutua. La Unión Soviética retiró sus misiles, y de manera secreta, Estados Unidos retiró los suyos en Turquía apuntando a esa nación, y de pilón, el platillo para la opinión pública, la promesa de no invasión a Cuba. El mundo volvió a respirar.
2º. TIEMPO: Trump no es un loco. Sesenta y cuatro años después de la Crisis de los Misiles y a 35 de la caída del Muro de Berlín, que significó la derrota del comunismo y el principio del fin de la Unión Soviética, en Davos, donde anualmente se reúne el Club de los Ricos para el Foro Mundial Económico, el presidente Donald Trump llegó precedido de una escalada retórica para anexar a Groenlandia, por medio de un regalo de Dinamarca, a la que pertenece, comprando votos a sus 55 mil habitantes de 500 mil dólares cada uno para que en un plebiscito pidieran su anexión a Estados Unidos, o invadiendo militarmente. La idea de quedarse con Groenlandia no es nueva. Desde su primer mandato en la Casa Blanca (2016-2020), Trump había expresado el deseo de que Estados Unidos controlara la isla, a 700 kilómetros del Círculo Polar Ártico, que es un punto militar estratégico que en los años de la Guerra Fría, llegó a tener 20 bases militares estadounidenses. Los avances tecnológicos para obtener información y sistemas de detección desde el espacio, junto con el deshielo de la Guerra Fría, llevaron a que Groenlandia, de los 32 miembros de la OTAN pudieran tener bases militares, solo Estados Unidos mantuvo una, hasta la fecha. Ahora quería todo, en un contexto donde el deshielo del Polo Norte está abriendo nuevas rutas marinas y abrirá las posibilidades de poder extraer minerales raros, estratégicos, enterrados antes en el hielo. Desde que inició su segundo mandato hace un año, Trump volvió a la carga por Groenlandia, que escaló a principios de enero desatando una crisis con sus aliados de la OTAN. La última amenaza militar, fue respondida con el envío de tropas de varios países europeos a Groenlandia, donde solo los daneses y los estadounidenses tenían, entrando todos a jugar la gallina. Trump amenazó con aranceles a quienes no lo apoyaran, y Europa le respondió con imponerle los suyos a Estados Unidos, provocando temor en las bolsas y los mercados internacionales de una guerra comercial. Con sus amenazas en el equipaje Trump llegó a Davos, donde fue recibido con violentas protestas y discursos de los líderes europeos que lo confrontaban. Libraban una batalla mediática mientras que en los salones del Centro de Congresos, funcionarios de todos los países y de la OTAN negociaban en secreto un acuerdo para evitar la ruptura. Para Trump, Groenlandia era un activo de seguridad nacional, mientras que para Europa, era un símbolo de soberanía y orden liberal. Parecían objetivos excluyentes, pero no era así. Al sentarse a negociar las dos partes, como en la Crisis de los Misiles, pasaron de la confrontación que podría terminar en la destrucción política y económica de los aliados históricos, al Dilema del Prisionero, que permitió que tras 48 horas de una intensidad que anunciaba el conflicto, todo se despresurizó. Trump y la OTAN lograron un acuerdo marco y se eliminaron las amenazas de aranceles. Todas las partes se dijeron satisfechas de un acuerdo que aún no se hace público, pero que mostró que la estrategia de Trump no parecía buscar la anexión total de Groenlandia, sino tener el control territorial donde instalará bases, que es lo que tiene el Reino Unido en Chipre, mientras Dinamarca mantiene el control sobre su territorio autónomo, y Europa la protección militar.
3er. TIEMPO: Mismo juego, distinta latitud. La confrontación de Donald Trump con Europa por Groenlandia no es un episodio aislado ni una extravagancia personal. Es una demostración pedagógica de cómo concibe el poder. Y vista desde México, resulta inquietantemente familiar. Cambian los mapas, no la lógica del juego. En términos de teoría de juegos, Estados Unidos juega contra Europa -y contra México- el mismo modelo: un juego en principio no cooperativo, asimétrico y con amenazas creíbles. Trump no busca acuerdos óptimos para todos; busca equilibrios forzados, donde el jugador más débil internaliza el costo del conflicto y el más fuerte preserva libertad de acción. Europa, como México, comete el mismo error recurrente: confundir interdependencia con simetría. Creía que porque hay tratados, historia compartida o valores comunes, el juego era cooperativo. Trump, en cambio, ha redefinido los parámetros: cada ronda es independiente, cada ventaja es transaccional y cada debilidad ajena es una oportunidad estratégica. Europa entendió el juego, el fin del orden vigente y los albores de uno que saben que comenzó pero nadie, ni Trump mismo, sabe con certeza cómo terminará. Groenlandia cumplía para Europa la misma función que la migración, el comercio o la seguridad cumplen para México: un punto de presión estructural. No importaba si el reclamo era viable jurídicamente, sino que cueste políticamente resistirlo. En teoría de juegos, eso se llama dominancia por coerción: ganar no por la mejor estrategia, sino porque el rival no puede sostener la suya. México ya ha jugado este juego. Amenazas arancelarias, chantaje migratorio, condicionamientos de seguridad. Trump elevó el costo del desacuerdo hasta que la mejor respuesta racional fue ceder. No fue debilidad moral; fue cálculo bajo presión. O sobrevivencia. Exactamente fue que enfrentó Europa. México entiende que está atrapado en un juego repetido con un vecino que puede cambiar las reglas unilateralmente. Europa dejó de creer en Davos que existía un árbitro. En ambos casos, Trump ha utilizado la misma estrategia: romper tabúes para modificar expectativas. Al hablar de comprar Groenlandia, como al hablar de muros o expulsiones masivas, no buscaba viabilidad inmediata, sino desplazar el rango de lo negociable. Lo impensable hoy se vuelve discutible mañana; lo discutible, inevitable pasado mañana. El mensaje para México es claro y la presidenta Claudia Sheinbaum debería aprender de Europa y de lo que sucedió en Davos, completamente consciente que en este juego, Estados Unidos no es socio, es jugador dominante. Y frente a un jugador dominante, las opciones se reducen a dos: construir poder propio o administrar la dependencia con el menor costo posible.
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