En Etiopía se aprende que el tiempo es más relativo de lo que aparenta. Se diría que visitar este país nos hace rejuvenecer ocho años. Hoy se vive en un día del mes “miyazya” de 2018. Esto se debe a que prevalece su propio calendario basado en el juliano. Es la única nación con estas características. En Rusia, Serbia, Jerusalén y Georgia se usa el calendario juliano sólo para fines religiosos.
La declaración de la UNESCO para que el 23 de abril sea el “Día Mundial del Libro”, fecha en que coinciden los fallecimientos de Cervantes y Shakespeare, motiva una jugosa reflexión. El calendario gregoriano, implementado a partir de 1582, no había llegado a Inglaterra en tiempos de Shakespeare. Así que, en efecto, ambos colosales escritores fallecieron en la fecha que dos calendarios designaban como 23 de abril de 1616, pero el dramaturgo inglés murió 10 días después, justamente un 3 de mayo gregoriano.
Solo por este hecho mereceríamos celebrar al libro durante muchísimos días más. Haríamos honor a lo que Irene Vallejo marcó con sabiduría: el libro no nació de un invento ni de un momento aislado, sino de una larga aventura colectiva. Desde tablillas mesopotámicas, rollos de papiro, códices romanos, fue evolucionando como una tecnología que hoy se apoya en tabletas y electrónica. Todos los pueblos saben que este es aún el instrumento más poderoso, y el mayor transmisor de cultura y constructor de identidades.
En Oriente, el libro posee una profunda dimensión histórica y filosófica con notables festivales literarios y programas estatales de fomento a la lectura. Tradiciones milenarias donde, confucianamente, el libro simboliza un respeto por la educación y al prestigio del conocimiento. La invención del papel durante la dinastía ha marcado un antes y un después en la historia universal del libro. Actualmente, la Feria Internacional del Libro de Beijing constituye uno de los eventos editoriales más importantes de Asia.
En Medio Oriente, el libro posee, además, una dimensión espiritual. El propio inicio de la revelación coránica se da con la palabra “Iqra” (lee). Durante la Edad de Oro islámica, ciudades como Bagdad, Córdoba y El Cairo fueron grandes centros de producción intelectual que reunía textos de filosofía, medicina, astronomía y matemáticas. Wallada bint al-Mustakfi, fue una famosa princesa y poetisa andalusí de la Córdoba califal del siglo XI. Audaz como no volvió a existir otra, deambulaba con poemas escritos en su propia ropa convertida en libro. Llevaba versos bordados en el hombro derecho para amantes, y en el izquierdo para los intelectuales. Se dice que fue alumna del poeta Ibn Hazm, el autor de El collar de la paloma, el tratado sobre el amor más sobresaliente del mundo hispanomusulmán.
Actualmente, eventos como la Feria Internacional del Libro de Sharjah en Emiratos Árabes Unidos o la Feria Internacional del Libro de El Cairo revitalizan un tanto esa tradición al reunir autores, lectores, editores y, sobre todo, niños, pensando que el libro es puente entre el saber clásico y nuestra turbulenta actualidad.
Cierro honrando al libro africano. Las culturas de ese continente transmitieron durante siglos su conocimiento de voz en voz con una suerte de memorización que recuerda al México prehispánico. Hoy se han volcado a documentar lenguas, historias y tradiciones cuya existencia peligra. Nigeria, Sudáfrica, Senegal y Etiopía han impulsado espacios de promoción literaria. Si bien Nigeria se destaca por la energía puesta en la identidad nacional (escritores como Chinua Achebe o Wole Soyinka), Sudáfrica cuenta con un Open Book Festival en Ciudad del Cabo que realmente fomenta el diálogo intercultural africano.
Etiopía es única por su antiquísima tradición escrita. En sus mercados pululan bellísimos libros religiosos en ge’ez que se manufacturan hoy con las mismas técnicas ancestrales de, por lo menos, el siglo VI. En sus museos y monasterios están los libros cristianos más antiguos del mundo.
Desde los manuscritos antiguos de Etiopía hasta las ferias internacionales de Frankfurt, Guadalajara o Sharjah, el libro sigue simbolizando libertad, educación y memoria. Las librerías cierran, las editoriales sufren, la lectura cambia marcada por la velocidad digital y la sobreabundancia de información. Pero el libro es paz en el vértigo, y una de las pocas vías para conquistar el tiempo una y mil veces.