Louis Pasteur

30 de Marzo de 2026

Louis Pasteur

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Hace un par de semanas, mi hija de once años tenía que preparar una presentación sobre Louis Pasteur para su clase. El método que elegí para ayudarla era “el de siempre”: el que yo aprendí de mis padres y que replico, casi sin cuestionarlo, con el amor que permite la distancia de los años. Buscar referencias, leer, subrayar, hacer un resumen, construir algo propio. Fue un proceso lento. Hubo momentos de impaciencia, de querer tomar el camino más corto. Al final usé una herramienta de IA para encontrar libros electrónicos adecuados para su edad —y en francés, que era el idioma del encargo—, pero todo lo demás lo hicimos a la manera “antigua”. Lo que me quedó resonando no fue el resultado de la presentación. Fue una pregunta que no formulé en voz alta: si Pasteur hubiera tenido acceso a todas las respuestas desde el principio, ¿habría llegado a hacerse las preguntas correctas?

Es una pregunta que un pódcast reciente de Harvard puso en términos más precisos. Tres investigadores debatieron el dilema que enfrentan hoy padres y profesores. Uno de ellos, Michael Brenner, matemático aplicado, llegó un día antes de su clase y metió su último examen en un modelo de lenguaje. El sistema resolvió todo. Su reacción no fue prohibir la herramienta sino rediseñar la pregunta: en lugar de pedir a sus alumnos que resolvieran problemas, les pidió que inventaran problemas que la IA no pudiera resolver. Al final del semestre tenían 600 problemas nuevos y un artículo publicado. La IA no había reemplazado el aprendizaje; lo había forzado a subir de nivel.

Pero esa solución funciona en un posgrado en Harvard. La pregunta es qué ocurre antes, muchos años antes, cuando las capacidades cognitivas todavía se están formando. Tina Grotzer, científica cognitiva de la misma institución, lo plantea de una manera difícil de sacudir: “Una vez que empiezas a saber lo que tu mente puede hacer mejor que la IA, tiene sentido que algunas tareas se le deleguen a ella y otras no.” El problema es que para saber lo que tu mente puede hacer, primero tienes que haberla ejercitado. No se puede delegar bien lo que nunca se aprendió a hacer.

Aquí es donde el economista encuentra un marco útil. El aprendizaje es inversión en capital humano. Como toda inversión, tiene un costo en el presente —el esfuerzo, la fricción, la lentitud del proceso— y un rendimiento en el futuro: la capacidad de pensar, adaptarse y generar valor. La IA reduce dramáticamente ese costo presente. El problema es que, en educación, ese costo resulta indispensable. Es el mecanismo por el cual se forma el capital, si eligiéramos saltarlo, solo acumularíamos una deuda cognitiva.

Una encuesta a siete mil estudiantes de preparatoria citada en ese mismo pódcast reveló algo inquietante: casi la mitad reconoció depender demasiado de la IA para aprender, y más de cuarenta por ciento dijo haber intentado limitarse sin lograrlo. No es solo un problema de hábitos. Es un problema de autorregulación, que es precisamente la capacidad que se requiere para usar bien cualquier herramienta, incluidos los modelos de lenguaje.

El dilema, entonces, no es tecnológico. Es institucional en el sentido más básico: tiene que ver con las reglas, los incentivos y los hábitos que una familia o una escuela transmiten. La IA no tomó ninguna decisión la tarde que mi hija preparó su presentación. La tomamos nosotros. Y la tomaremos de nuevo, cada vez, con más incertidumbre sobre dónde debe estar la línea.

Pasteur no descubrió la pasteurización buscando en un motor de búsqueda. La encontró después de años de hipótesis equivocadas, experimentos fallidos y preguntas que nadie más se estaba haciendo. Su capital humano se formó en la fricción, no a pesar de ella. La pregunta que deberíamos hacernos —como padres, como profesores, como sociedad— no es cómo usar la IA para que los niños aprendan más rápido, sino qué condiciones producen a los Pasteurs del futuro. Y, sobre todo, si estamos seguros de que el atajo nos puede llevar al mismo destino.

Resistir no es lo mismo que prohibir, y ceder no es lo mismo que rendirse. Esa tarde con mi hija aprendí que la distinción más importante no está en la herramienta sino en el momento: cuándo la fricción es el aprendizaje mismo, y cuándo la herramienta lo amplifica sin sustituirlo. Un buen padre y un buen profesor hacen lo mismo que describía Grotzer que hace un buen tutor: saben cuándo dar la respuesta y cuándo dejar que el silencio haga el trabajo. Para eso sigue haciendo falta que un padre se siente una tarde a leer y subrayar con su hija, incluso para preparar una presentación.