Máscaras filantrópicas del deporte

22 de Junio de 2026

Máscaras filantrópicas del deporte

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Alejandro Estivill

El huracán Helene pegó terrible en el Caribe en 2014. Obligó a México a desplegar un costoso programa de emergencia. Y allá en los condados estadounidense afectados, la llamada “familia NFL” (equipos y fundación) canalizó en un parpadeo 8 millones de dólares de ayuda. Desde ahí se perciben los matices de su práctica. No actúa propiamente la NFL, sino una fundación que a su vez “conmina” a equipos y jugadores.

Cuando el terremoto de Haití (2010), México juntó 40 millones de dólares en asistencia. La cantidad equivale a la que recaudó en 2017 la estrella de los Houston Texans, J. J. Watt, ante la devastación del huracán Harvey. La generosidad de Watt ha sido la mayor acción filantrópica en la historia de la exitosísima liga del futbol americano.

He atestiguado lo difícil que es canalizar presupuestos públicos, provenientes de los impuestos, para ayuda; incluso para proyectos de desarrollo, ahora que la cooperación internacional ha sufrido, tan solo en el último año, un desplome del 20%. La rapidez con que ciertos negocios, el deporte o el espectáculo, pueden juntar dinero contrasta con este hecho, pero es siempre un flujo casuístico y generalmente vinculado a una doble recaudación sobre terceros, principalmente los propios fanáticos.

La Copa del Mundo 2026 exhibe un nivel inaudito de comercialización. Todo es rédito. A la par de sus cobros a todo lo imaginable, la FIFA incorporó la modalidad de “precios dinámicos” que permite incrementos desorbitados de las entradas. Es negocio, enorme; no beneficiencia…, pero cabe revisar si, dentro de su expectativa de mostrarse generosa, la FIFA alberga voluntad filantrópica.

Sus réditos pasaron entre 1994 y 2026 de 700 millones de dólares a unos 14 mil millones. Los costos de organización han crecido también, pero con gastos que la FIFA traspasa constantemente a las ciudades organizadoras. Es un negocio sin paralelo ya que puede, y así lo presume, canalizar 90% de su ingreso a “desarrollo y bienestar” por vía de sus miembros.

Programas juveniles y la organización de torneos en todo el mundo son impulsados con el Programa Forward, su emblema. Reparte recursos entre 211 federaciones (más que la ONU) y seis confederaciones. $2,800 millones de dólares generaron 1,600 proyectos en siete años. Abundan videos sobre juventudes emocionadas por practicar futbol, en lo que llaman Programa de Desarrollo del Talento (dirigido por Arsène Wenger) y Football for Schools que incorpora a la UNESCO.

Pero en lo general el dinero con orientación social no crece. Más allá de construir canchas y sedes, apoyar categorías juveniles y el futbol femenil, se ha convertido en el auspicio de federaciones locales omnipotentes que, sobre todo en países en desarrollo, se involucran además en el negocio de impulsar intereses específicos. Esas federaciones, dicen los críticos, operan como la propia FIFA, de manera ineficiente y extremadamente cara.

Para Sudáfrica 2010, la FIFA declaró que dedicaría el torneo a combatir malaria, tuberculosis y VIH/SIDA, enfermedades que afectan mayormente a África. Colaboró con gobiernos y organizaciones, pero se quedó corta, basada en “promover campañas”. Digamos que vendió su innegable capacidad para alcanzar públicos.

Resulta difícil de digerir que la filantropía deportiva está quedando tan rezagada en eficacia y voluntad frente a lo que podría y debería ser. Algunos de sus ejemplos importantes se perciben incluso nimios ante precios de entradas, derechos de televisión y los cargos que imponen por el uso de un simple logo. Tres millones allá para infraestructura, un millón para los terremotos de Turquía, la acción del Fondo de Educación FIFA Global Citizen con 100 millones para acceso a educación de calidad, después de sacarle 9 millones de dólares a MetLife.

Pocos proyectos provenientes de las instancias deportivas lucen realmente conforme a sus capacidades. Ejemplos: 90 millones de dólares del Dolphins Cancer Challenge o la Fundación Real Madrid con más de 100 mil beneficiados. Parecen encender la llama de una genuina “Responsabilidad Social Corporativa”. Pero frecuentemente quedan a ese nivel, solo la acción de los equipos.

En lo que respecta a las enriquecidas ligas y federaciones, cabe preguntarse si, ante esta danza de millones, ante sus capacidades monopólicas y ante los escándalos de su historia, merecen recibir tanto apoyo, cariño y afición de la gente, cuando su acumulación real de dinero está tan distante de sus inmensas posibilidades.