En política exterior hay decisiones que no se anuncian con estruendo, pero pesan como si fueran un terremoto. La relación reciente entre México y Cuba es una de ellas. No se trata solo de ayuda humanitaria ni de petróleo: lo que está en juego es algo más profundo -la capacidad de un país para decidir su política sin someterse a presiones externas-.
Cuba atraviesa una crisis energética severa. Apagones prolongados por más de 18 horas -un día sí y al otro también-, escasez de combustible y un deterioro económico que ya no admite maquillaje. En ese contexto, México ha optado por tender la mano. Alimentos, medicinas y, en momentos clave, energía. Un gesto que, en apariencia, responde a una lógica humanitaria. Pero en el fondo, también es un posicionamiento político. Porque ayudar a Cuba hoy no es neutral. Menos cuando el expresidente lanza un mensaje al “pueblo bueno”: …meta la mano al bolsillo y rescate al régimen cubano.
Estados Unidos lo ha dejado claro: cualquier apoyo que alivie al régimen cubano es visto como una afrenta directa a su estrategia de aislamiento. La presión no es nueva, pero sí más explícita. Amenazas de sanciones, advertencias comerciales y un discurso que revive ecos de la Guerra Fría. El mensaje es sencillo: o estás conmigo o estás contra mí. Parece que AMLO y ahora CSP no dimensionan la fuerza de Trump y de Marco Rubio -de origen cubano y quien detesta al régimen castrista-.
Aquí es donde México queda atrapado. Por un lado, una tradición diplomática que presume autonomía, no intervención y solidaridad regional. Por otro, una dependencia económica innegable con su vecino del norte. ¿Hasta dónde puede México ejercer soberanía sin pagar un costo económico o político? La respuesta, hasta ahora, ha sido el equilibrio. Ayudar, pero no demasiado. Apoyar, pero sin desafiar abiertamente. Un juego fino, casi quirúrgico, que busca mantener abiertas ambas puertas, la de La Habana (y la izquierda latinoamericana) y la de Washington.
Sin embargo, ser funambulista nunca ha sido fácil. Cada envío de ayuda, cada declaración, cada gesto, puede inclinar la balanza. Y en un contexto global donde las tensiones geopolíticas resurgen con nuevos rostros, América Latina vuelve a convertirse en terreno de disputa. La pregunta de fondo no es solo qué hará México con Cuba, sino qué papel quiere jugar en el mundo. ¿Será un actor con voz propia o (como casi siempre) un país que ajusta sus decisiones al margen de tolerancia de su vecino?
Así, hoy la relación con Cuba es más que un episodio diplomático, es una prueba. Una de esas que no se resuelven con discursos -o con cabeza fría-, sino con decisiones que, tarde o temprano, obligan a definirse. Y en esa definición, México no solo se juega su política exterior, se juega su identidad.