El Senado ratificó a Roberto Velasco Álvarez como nuevo secretario de Relaciones Exteriores, luego de la propuesta enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum.
El nombramiento no es menor. Velasco no llega como un improvisado ni como una figura ajena a la diplomacia mexicana. Viene de ocupar posiciones clave dentro de la propia Cancillería y, en los hechos, ya llevaba tiempo operando temas sensibles de la relación internacional de México, particularmente con Estados Unidos y Canadá.
Su perfil es técnico, político y además ya conocido dentro del aparato exterior. Fue subsecretario, encargado de despacho de la Secretaría y ha estado en el centro de la interlocución con el principal socio comercial del país. En un momento en el que la relación con Washington exige cabeza fría, operación fina y control político, su llegada parece apostar más por continuidad que por ruptura.
La pregunta no es si conoce el cargo. La pregunta es si tendrá margen para construir una política exterior propia o si simplemente será el ejecutor de una línea ya trazada desde Palacio Nacional.
Y en San Lázaro se dio un paso que, por lo menos en el discurso, apunta a una vieja exigencia ciudadana: poner freno a los excesos en las pensiones públicas.La Cámara de Diputados declaró constitucional la reforma que establece un tope a jubilaciones y pensiones de altos funcionarios.
Según lo aprobado, estas pensiones no podrán rebasar la mitad del salario de la Presidencia de la República. La medida alcanzará a organismos públicos, empresas del Estado y también a gobiernos locales. Incluso, pensiones ya existentes deberán ajustarse al nuevo límite.
Quedan fuera de esta reforma las Fuerzas Armadas, la pensión del Bienestar y los esquemas de ahorro personal para el retiro.
En el papel, el mensaje es potente: austeridad, contención del privilegio y fin a las pensiones doradas. En la práctica, habrá que ver dos cosas: primero, cuántos casos realmente serán tocados por esta reforma; y segundo, si el combate al exceso será parejo o selectivo, porque en México muchas veces el problema no es anunciar el recorte, sino sostenerlo cuando toca intereses de verdad.
Y mientras tanto, también avanza otra reforma con sello político y presupuestal: el llamado “Plan B” en materia electoral y de austeridad.En la Cámara de Diputados se dio luz verde a cambios que mezclan recorte de gasto público con nuevas obligaciones en materia de paridad.
Entre los puntos centrales está el establecimiento de topes al presupuesto de los congresos locales, la prohibición de seguros privados pagados con recursos públicos para funcionarios electorales, la obligación de garantizar paridad de género en ayuntamientos y una reducción gradual del presupuesto del Senado de hasta 15 por ciento en un plazo de cuatro años.
El ahorro, según se ha planteado, tendría que destinarse a infraestructura pública.
Aquí el fondo importa más que el eslogan. Porque detrás del discurso de austeridad también hay una redefinición de las reglas del poder. Cada ajuste al presupuesto de órganos legislativos o electorales tiene un efecto político, no solo administrativo. Y en ese terreno, la discusión nunca es inocente: reducir gasto puede sonar popular, pero debilitar instituciones también puede salir caro.
Por eso la discusión no debería quedarse en si se gasta mucho o poco, sino en si se está recortando grasa… o músculo democrático.
Y en la nota breve, pero no menor, hubo relevo en la Cámara de Diputados.Gerardo Ponce de León Valdés rindió protesta como nuevo diputado federal, en sustitución de David Alejandro Cortés Mendoza, quien solicitó licencia indefinida.
Movimiento discreto, sí, pero que confirma algo que en política siempre conviene recordar: no hay espacio vacío y ningún escaño se queda sin operador por mucho tiempo.
Así se mueve el tablero.Cambios en la Cancillería, ajuste a privilegios en el sector público, reformas que tocan el dinero y la operación política de las instituciones, y relevos legislativos que, aunque parezcan menores, también forman parte de la arquitectura del poder.
Porque en México las noticias no siempre estallan: a veces simplemente se acomodan. Y cuando se acomodan, también cambian el rumbo.