Trump siempre ha sido más belicista de lo que admiten los aislacionistas en su entorno. Ordenó más ataques con drones en los primeros dos años de su primer mandato de los que lanzó Obama en ocho años. Ha usado la fuerza militar ilegalmente contra Venezuela e Irán, y ha amenazado con usarla contra México, Colombia y Groenlandia. La idea de atacar con drones a los carteles mexicanos lo ha obsesionado desde su primera presidencia. Fue disuadido.
Hoy, sin embargo, es una opción política debatida regularmente en la Casa Blanca. Las consecuencias de hacer realidad esa fijación serían devastadoras para los dos países, pero principalmente para México, según un ejercicio de mesa patrocinado por una coalición nacional de ONGs con sede en Washington, Win Without War (Ganar sin Guerra), que concluyó que un ataque militar para matar narcos, atacar laboratorios y arsenales de armas, resultaría en una reducción de corto plazo en la cantidad de fentanilo que llega a Estados Unidos, pero empoderaría a cárteles rivales desatando una guerra entre ellos y disparando sin control la violencia.
El ejercicio de simulación What happens if Trump Bombs Mexico? (¿Qué pasa si Trump bombardea a México?), el primero que se conoce sobre el tema, encontró que la población mexicana sería la más afectada: primero, como víctima colateral y después, como víctima de la escalada de violencia. Cientos de miles de mexicanos saldrían huyendo de sus hogares, multiplicando el número de desplazados. La migración se dispararía, exponiendo a los emigrantes a la crueldad de los traficantes de personas al servicio de los cárteles y de las autoridades fronterizas. Los mexicanos no afectados directamente sufrirían el impacto de la crisis económica desatada por la violencia.
De acuerdo con la evaluación del grupo que busca influir en la política exterior de Washington, los ciudadanos y trabajadores estadounidenses también saldrían golpeados. La guerra contra los cárteles sería la excusa para reprimir las libertades civiles. La disrupción del intercambio comercial con el primer socio comercial de Estados Unidos elevaría los precios al consumidor y perjudicaría de manera desproporcionada a los centros industriales en los estados fronterizos y en el Rust Belt en el noroeste y medio oeste. Sin los insumos mexicanos, gran parte de las cadenas productivas de la industria automotriz quedaría prácticamente paralizada.
En el plano diplomático, las consecuencias no serían menos desalentadoras: México reaccionaría expulsando a todo el personal policial y militar estadounidense, y eventualmente al embajador. La cooperación bilateral en todos los rubros se suspendería.
Harrison Mann, directivo del Win Without War que participó en el ejercicio de mesa y presentó los resultados en una conferencia en la Universidad George Mason la semana pasada, no cree que vaya a haber una invasión terrestre estadounidense en México o en cualquier otro país de las Américas. Sin embargo, me dijo en entrevista, “la administración Trump percibe los ataques con drones o los bombardeos como formas de costo y riesgo relativamente bajos para conseguir sus objetivos. Por desgracia, no podemos descartar esa posibilidad”. Para Mann, la Casa Blanca no tiene argumentos jurídicos sólidos para atacar con drones a los cárteles, pero podría fabricar pretextos como una presunta información de inteligencia sobre amenazas a ciudadanos en Estados Unidos o la embajada y consulados en México, o un operativo policíaco secreto. “La Oficina del Asesor Jurídico de la Casa Blanca redactaría un memorando explicando por qué, supuestamente, es legal atacar con drones a los cárteles”.
Existe un amplio consenso en la comunidad jurídica en que la designación de los cárteles como organizaciones terroristas extranjeras no aporta las bases legales para justificar el uso unilateral de la fuerza militar en México. Señalan que el suministro masivo de fentanilo no equivale a una agresión armada o a un acto de guerra. Expertos jurídicos consultados sostienen que para que el uso de la fuerza sea legal debe ser autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU, o ser un acto de defensa ante una agresión armada.
La intervención en Venezuela abrió el apetito de Trump por las aventuras bélicas y parece haberlo convencido de que emprender guerras de agresión es un paseo por el parque si eres el comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas del mundo. En México, además de los riesgos señalados en la valoración referida, una agresión armada dispararía la gringofobia en el ADN de la ultraizquierda. El gran ganador, como evidencia Irán, sería Rusia.
@DoliaEstevez