En su constante lucha por mantenerse vigente, la ceremonia del Oscar ha cometido un grave error al querer enfocarse en nuevas generaciones de públicos que se caracterizan por tener déficit de atención, problemas de salud mental y adicción a la dopamina y la gratificación inmediata.
Para la posteridad, 2026 quedará como una de las peores temporadas de premios de la que tengamos memoria y, tal vez, como el claro parteaguas en la anunciada decadencia de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood y de otras instituciones dedicadas al cine y la cultura en Estados Unidos.
Satisfacer a los fans tóxicos de las redes sociales es la solución más obvia para que el show pueda continuar, pero también es una visión cortoplacista. La Academia podría estar preparándose para su anunciada mudanza a YouTube en 2029, pero tras una ceremonia profundamente aburrida de casi 4 horas donde el humor no conectó con las audiencias jóvenes y las risas fueron escasas, van a tener que repensar su estrategia.
Este año, el Oscar logró generar interés a través de escándalos cada vez más ridículos, en una época en la que el séptimo arte ya no está entre los favoritos de la cultura popular ni es la primera opción de entretenimiento para las familias dentro de una economía fracturada. Así, hemos sido testigos de la degradación de una forma de arte al nivel más bajo del espectáculo: el chisme.
Si aún queda alguien que quiera debatir sobre la efectividad de esta estrategia de marketing para las películas, premiaciones y todo lo que tenga que ver con el entretenimiento en un futuro hiperconectado, yo diría que quemaron todos los cartuchos a la primera. ¿Qué van a decir de Timothée Chalamet el próximo año si lo vuelven a nominar? ¿Qué escándalo podrían inventarle a Jessie Buckley ahora que ya es ganadora del Oscar?
Ese tipo de mentalidad, que solo sirve para generar polémicas, no toma en cuenta que las carreras, el prestigio y la construcción de legado son incompatibles con una cultura de usar y tirar. Solo el tiempo permite hablar de leyendas como Meryl Streep, Frances McDormand y Katharine Hepburn -las mayores ganadoras de este premio- y de otras actrices que han sido nominadas en múltiples ocasiones, como Glenn Close, Annette Bening y Michelle Williams.
Así podemos asegurar que este fenómeno, alimentado por las redes sociales, es una aberración muy reciente, pues nada de esto ocurrió entre 1994 y 1995, cuando Tom Hanks ganó como Mejor Actor consecutivamente, y tampoco ocurrió entre 2013 y 2014, cuando Amy Adams fue nominada un año tras otro. Mucho menos se han atrevido a acosar a Emma Stone, que no ha dejado de recibir nominaciones (y premios) desde 2015.
La ceremonia de 2026 tuvo un tono decididamente fúnebre, con un gran porcentaje de tiempo dedicado al segmento In Memoriam (donde no apareció el mexicano Gerardo Taracena), pero que se extendió como una sombra a lo largo de toda la transmisión, con temas como la guerra, el genocidio y las políticas ejercidas por Donald Trump dejando mal parados a los anfitriones. Es difícil seguirle el juego a Estados Unidos cuando son los responsables de tantas de las calamidades que aquejan al mundo.
La repartición de Oscares de este año fue predeciblemente impredecible (¿o al revés?). Los alocados pronósticos de las redes sociales se quedaron solamente en eso, en locuras. Sinners no arrasó con los premios y Una batalla tras otra se llevó todas las estatuillas que ya sabíamos que se iba a llevar. Lo cierto es que nunca había visto ventilarse tantos trapos sucios como en 2026 y, de seguir así, también corremos el riesgo de quedarnos sin chismes.