Querían poner un cabaret en casa de López Velarde

10 de Junio de 2026

Querían poner un cabaret en casa de López Velarde

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José Pérez Linares

Durante varios días la Ciudad de México discutió el destino de una casa.

La propuesta de incorporar nuevas actividades culturales y un cabaret público a la Casa del Poeta Ramón López Velarde abrió una discusión inesperada. Vecinos de la colonia Roma y diversas voces vinculadas a la defensa del patrimonio cultural recordaron que aquel inmueble había sido rescatado para preservar la memoria del autor de La suave patria. Días después la autoridad desistió.

Pero para entonces la discusión ya había revelado algo más interesante que cualquier desacuerdo administrativo.

Entre la Casa del Poeta y otra residencia situada a pocas cuadras caben más de cien años de literatura, memoria y deseo.

Cuando Ramón López Velarde llegó a la capital en 1914, la entonces avenida Jalisco —hoy Álvaro Obregón— era uno de los símbolos de la expansión urbana de principios del siglo XX. Los tranvías eléctricos avanzaban bajo árboles recién plantados y las residencias porfirianas conservaban todavía el brillo de la novedad. En una vecindad del número 73 se instaló junto con su madre y sus hermanas, después de abandonar la casa familiar de Jerez, Zacatecas, sacudida por los sobresaltos de la Revolución.

Quizá por eso uno de los anhelos más persistentes de su existencia fue poseer una casa propia. Lo escribió con la melancolía de quien persigue algo sencillo y al mismo tiempo inalcanzable: un hogar donde el ruido del mundo terminara al otro lado de los muros.

Nunca lo consiguió. Y ahí reside una paradoja tan hermosa como cruel: el hombre que soñó toda su vida con una casa terminó repartido entre dos.

La segunda pertenecía a Margarita Quijano.

Profesora, estudiosa de las letras inglesas y participante activa de la vida cultural mexicana, Margarita convirtió su residencia de Córdoba y Tabasco en punto de encuentro para escritores, académicos y artistas en una época en que pocas mujeres ocupaban un lugar semejante dentro de la conversación intelectual del país.

La imaginación completa lo que los documentos ya no alcanzan a contar. El poeta caminando bajo los fresnos de la avenida Jalisco, atravesando una colonia que todavía olía a jardines recién regados, rumbo a una conversación, una visita o simplemente una presencia.

Lo excepcional no son los inmuebles, sino el trayecto invisible que une dos recuerdos. Sobrevivió la habitación donde murió López Velarde. Permaneció también la casa donde vivió Margarita. Y sobrevivió, de alguna manera, la memoria de aquella distancia.

La vivienda del poeta cayó en el abandono y sufrió graves daños tras los terremotos de 1985. Durante mucho tiempo pareció destinada a desaparecer hasta que escritores como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Guillermo Sheridan impulsaron su rescate. La de Margarita conoció una suerte semejante. Hubo largos periodos en que permaneció cerrada y silenciosa, hasta que una reciente restauración devolvió la vida a sus corredores y salones.

Justo cuando el antiguo hogar de Margarita vuelve a encender sus ventanas después de décadas de oscuridad, la residencia asociada al poeta se convierte en escenario de una disputa sobre su identidad. Como si el destino hubiera decidido reunir nuevamente dos fragmentos dispersos de una misma historia.

Una tarde de junio de 1921 la lluvia cayó sobre la capital con la violencia habitual de los temporales del valle. El agua oscureció los fresnos y convirtió las calles en una sucesión de reflejos temblorosos. En algún punto de aquella tormenta caminaba Ramón López Velarde. Días después la neumonía entró con él a la habitación del número 73.

Ya no volvería a salir. Había escrito La suave patria apenas unas semanas antes y entregado al país uno de esos textos excepcionales que terminan formando parte de la conciencia nacional. Sin embargo, murió sin poseer aquello que más había deseado.

Quizá por eso resulta imposible contemplar esta historia sin advertir una ironía profundamente mexicana. Durante décadas el país pareció olvidar a sus poetas. Luego comprendió que también tenía una deuda con ellos. Rescató el cuarto donde murió López Velarde, preservó el hogar donde vivió Margarita Quijano y conservó, sin proponérselo, la distancia sentimental que une ambos puntos.

Cuando el ruido de la controversia se extinga y los proyectos culturales encuentren otros escenarios, esos muros seguirán allí observando el paso de nuevas generaciones. Tal vez porque la ciudad terminó entendiendo algo que el propio López Velarde había escrito mucho antes sin saberlo: Que la patria que imaginó nunca estuvo hecha de mármol ni de estatuas. Estaba hecha de corredores, ventanas, árboles, conversaciones al atardecer y lámparas encendidas cuando cae la noche. Estaba hecha de casas.

Quizá por eso, mientras la polémica termina y los proyectos cambian, la ciudad sigue conservando aquellas dos orillas separadas por apenas unas cuadras y más de un siglo de distancia. No salvó solamente dos casas. Salvó la historia que todavía las une.