La reforma electoral que ha esbozado el Poder Ejecutivo federal no nació para fortalecer la democracia; nació para tensionarla. Y lo más significativo no es solamente el rechazo frontal de la oposición, sino la ausencia de consensos incluso dentro de las propias fuerzas políticas que en 2024 formaron la coalición gobernante. Cuando una iniciativa de esta magnitud divide hasta a los aliados, algo está profundamente mal planteado.
No se trata de una discrepancia técnica menor. Es una señal política. La luna de miel terminó. Porque detrás del discurso de “que decida el pueblo” subyace una intención que huele a retroceso de siete décadas: el regreso del carro completo.
Hablar de la posibilidad de que un solo partido pueda ganar los 300 distritos de mayoría y, además, ampliar su sobrerrepresentación sin candados efectivos, no es paranoia. Es una preocupación legítima cuando el piso no es parejo. Morena gobierna, administra recursos públicos y opera programas sociales a través de una estructura territorial robusta. La competencia electoral exige neutralidad del Estado, no ventaja institucional.
Reducir en 25% el financiamiento electoral en un país con profundas desigualdades territoriales no es austeridad: es asfixia. ¿Cómo competirán los partidos pequeños? Morena no tiene ese problema. Tiene estructura, narrativa, presupuesto público y una maquinaria territorial aceitada. Los demás no.
Desaparecer el PREP es una temeridad. Ese sistema ha dado certeza durante décadas, amortiguando tensiones la misma noche de la elección. Quitar mecanismos de transparencia no fortalece la confianza: la debilita.
Peor aún, la propuesta invade la vida interna de los partidos políticos. La ley es clara: los partidos tienen estatutos registrados ante el INE donde se establece cómo se eligen candidaturas de mayoría y plurinominales. Es una decisión interna. El Ejecutivo no puede —ni debe—, intervenir en ello. Sostener que “las cúpulas colocan pluris” y que ahora “los decidirá el pueblo” es desconocer el sistema electoral mexicano. Tanto diputados de mayoría como de representación proporcional derivan, en última instancia, del voto ciudadano. Quien afirme lo contrario, ignora la arquitectura electoral del país.
Tampoco tiene sentido alterar la lógica del cómputo distrital para abrir paquetes conforme lleguen. El cómputo inicia el miércoles siguiente por una razón: para entonces ya se recibieron todos los paquetes y existe un margen de serenidad institucional. Adelantar aperturas generaría caos operativo en vocalías distritales, con flujo permanente de personas, presión política y riesgo de conflicto. Es una receta para el desorden.
Lo más llamativo es que esta “iniciativa” ni siquiera ha sido presentada formalmente; hasta ahora son imágenes y anuncios. Sin embargo, el mensaje político es contundente: se quiere rediseñar el árbitro, debilitar a los competidores y concentrar poder. Eso no es visión de Estado.
En treinta años, el sistema electoral mexicano —con defectos y por tanto perfectible—, ha sido la institución que más estabilidad y paz política nos ha dado. Dinamitar al INE, recortar sus capacidades y debilitar a los partidos no fortalece la democracia; la expone.
Paradójicamente, esta reforma puede convertirse en la coyuntura que fracture la coalición gobernante. Morena necesita más al Verde y al PT que lo que estos necesitan a Morena en ciertos territorios estratégicos. San Luis Potosí, Guerrero, Zacatecas… los aliados también juegan. Y no van a firmar su propia irrelevancia.
En términos prácticos, la reforma no prosperará. Sería histórica por una razón incómoda: sería la primera gran reforma electoral respaldada únicamente por el partido en el poder y rechazada por todo el espectro opositor y por aliados. Ni en los momentos más duros del viejo partido hegemónico ocurrió algo así.
Por eso esta reforma nace muerta. No por falta de votos solamente, sino por falta de legitimidad.
La democracia no se construye con mayorías coyunturales ni con impulsos de control. Se construye con consensos amplios, reglas claras y piso parejo. Todo lo demás es volver atrás. Y México ya pagó demasiado caro ese pasado como para repetirlo.
@jlcamachov