En tiempos en los que la política parece reducirse a consignas, estridencia o simple confrontación mediática, hay perfiles que apuestan por algo cada vez más escaso: la construcción de argumentos, el debate parlamentario y la defensa institucional desde la oposición. Uno de ellos es el del coordinador parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados, Rubén Moreira Valdez.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, sería injusto negar que Moreira ha logrado posicionarse como uno de los liderazgos opositores que ha entendido que el papel de una bancada minoritaria no es solamente protestar, sino documentar, señalar inconsistencias, fijar posturas y obligar al oficialismo a debatir lo que muchas veces pretende aprobar con rapidez y sin suficiente deliberación.
Desde la coordinación del Grupo Parlamentario del PRI, Rubén Moreira ha asumido una función particularmente compleja: hacer contrapeso en una Cámara de Diputados donde Morena y sus aliados han construido mayorías capaces de imponer reformas constitucionales aun frente a severos cuestionamientos técnicos, jurídicos y políticos. En ese contexto, el priista ha optado por una estrategia de confrontación argumentada, insistiendo en la necesidad de discutir a profundidad aquello que afecta el equilibrio institucional del país.
El reciente periodo extraordinario de sesiones volvió a poner a prueba ese liderazgo parlamentario. Mientras Morena impulsó, a marchas forzadas, cambios relacionados con la reforma judicial y ajustes electorales, Moreira advirtió de manera reiterada que se trataba de iniciativas “incompletas”, elaboradas con prisas y sin diálogo suficiente con especialistas, oposición ni sociedad civil. Para el coordinador priista, legislar con premura sobre instituciones tan delicadas como el Poder Judicial representa un riesgo para la estabilidad democrática y la certeza jurídica del país.
Y es precisamente ahí donde cobra relevancia una de las frases que mejor sintetiza el momento político: la reforma judicial pasó “de panzazo”. Porque, aunque el oficialismo consiguió los votos para sacar adelante modificaciones legales, el proceso dejó más dudas que certezas, más improvisación que planeación y más tensiones que consensos. Incluso dentro del propio bloque gobernante afloraron discrepancias, reservas y ajustes de última hora, que exhibieron las costuras de una reforma mal lograda y apresurada.
Rubén Moreira insistió durante el extraordinario en algo que no debería ser polémico en una democracia madura: las grandes transformaciones institucionales deben construirse con técnica, consenso y tiempo suficiente para analizar impactos. No es menor el señalamiento. Hablar del Poder Judicial implica hablar de la impartición de justicia, de las libertades ciudadanas, de la protección frente a abusos de poder y de la confianza de inversionistas, empresas y ciudadanos en el Estado de derecho. Cuando estos cambios se procesan al vapor, el riesgo no lo asume un partido político; lo asume todo el país.
En una época marcada por la polarización, el coordinador priista ha buscado posicionar a su bancada como una oposición crítica, incómoda para el poder y dispuesta a advertir sobre los excesos legislativos. Habrá quienes coincidan con él y quienes no. Pero lo cierto es que, frente a reformas de enorme trascendencia nacional, el silencio o la complacencia nunca han sido opción.
La democracia necesita mayorías, sí, pero también necesita voces que cuestionen, documenten y adviertan cuando algo no está caminando bien. Y en el reciente periodo extraordinario, Rubén Moreira asumió ese papel: el de recordar que las reformas apresuradas pueden aprobarse en una votación, pero sus errores terminan pagándose durante años.
Porque legislar no es ganar una carrera contra el reloj. Legislar es construir instituciones duraderas. Y cuando una reforma tan delicada como la judicial apenas logra sostenerse entre remiendos, contradicciones y correcciones de última hora, quizá la mejor definición sea precisamente esa: una reforma que pasó de panzazo.
@jlcamachov