La fiesta del Mundial 2026 terminó, los reflectores se apagaron y los turistas regresaron a casa. En la Ciudad de México, sin embargo, la resaca no es de cervezas ni cánticos, sino de calles rotas, obras a medias y un tráfico que sigue asfixiando a millones de personas todos los días.
Clara Brugada y su gobierno vendieron la idea de más de 2 mil obras que dejarían una ciudad moderna, funcional y lista para el mundo: Calzada Flotante de Tlalpan, skatepark de San Antonio Abad, docenas de pasos a desnivel, reparación masiva de baches, pintura de carriles y la ampliación de Ecobici con 15 mil bicicletas nuevas. ¿El resultado? Promesas que se diluyeron como el polvo de las obras inconclusas. La conexión de la Calzada Flotante con el Metro Chabacano sigue cerrada. Los 12 pasos a desnivel prometidos en Tlalpan brillan por su ausencia. El skatepark sigue sin fecha. Y las bicicletas de Ecobici nunca llegaron.
No fue falta de dinero. Fueron miles de millones de pesos invertidos. El problema fue la prioridad: se optó por lo cosmético sobre lo esencial. Pintaron puentes de morado, llenaron la ciudad de ajolotes gigantes y candelabros en estaciones del Metro, mientras los ciudadanos seguíamos sorteando baches, inundaciones y cierres viales interminables. Los arreglos fueron de fachada. Un maquillaje rápido para la foto del evento que, una vez terminada la fiesta, dejó sin resolver lo urgente.
La oposición, como la diputada Lizzette Salgado del PAN, lo ha señalado con crudeza: se mezclaron obras reales con “Utopías” y proyectos que nada tenían que ver con el Mundial, todo envuelto en opacidad y datos inconsistentes. La ciudadanía no necesita informes técnicos para confirmarlo. Basta salir a la calle. En Tlalpan, en el Centro, en Iztapalapa o en Gustavo A. Madero, el caos vial persiste. Las obras que debían aliviar la movilidad generaron más congestionamiento del que resolvieron. Y ahora, con el Mundial en los libros de historia, nadie garantiza terminar y mantener lo que se prometió.
Esto no es solo un tema de gestión deficiente. Es una cuestión de respeto al dinero de los contribuyentes, que no pidieron ajolotes morados sino calles transitables, drenaje que funcione y un Metro confiable. Respeto a una ciudad que, más allá de los reflectores internacionales, merece soluciones de fondo y no parches temporales para impresionar visitantes.
El gobierno defiende que muchas obras “se quedaron” y benefician a la gente. Algunas sí: renovaciones en el Metro, iluminación, espacios públicos. Pero cuando la lista de pendientes es tan larga y visible, no hay pretexto. El Mundial fue la excusa perfecta para acelerar proyectos, pero también reveló las limitaciones de una planeación que privilegió la imagen sobre la funcionalidad. Hoy, con la Selección eliminada y el torneo concluido, los problemas persisten.
No se trata de negar lo hecho, sino de exigir lo faltante. Una ciudad de casi 22 millones de habitantes no puede permitirse el lujo de obras eternas ni de gobiernos que confunden color con progreso. El tiradero que dejó el Mundial no es solo físico: es la frustración acumulada de una ciudadanía cansada de vivir entre conos naranjas, desvíos y disculpas.
México y su capital merecen mucho más que un escenario bonito para el mundo. Merecen una ciudad que funcione todos los días, para todos.