T-MEC: la gran paradoja

23 de Junio de 2026

T-MEC: la gran paradoja

Julieta Mendoza - columna

Donald Trump ha colocado al T-MEC en una situación paradójica. El presidente que impulsó la sustitución del TLCAN y presentó el nuevo acuerdo comercial como una victoria histórica para Estados Unidos ahora afirma que su país podría estar mejor sin él.

A unas semanas de iniciar la revisión formal del tratado, la declaración cayó como una bomba en los mercados y en las mesas de negociación de México y Canadá. No porque implique una ruptura inmediata, sino porque confirma que la revisión de 2026 será mucho más política que técnica.

Lo que está en juego no es cualquier acuerdo comercial. El T-MEC sostiene una relación económica de aproximadamente 1.6 billones de dólares anuales y articula algunas de las cadenas productivas más complejas del planeta. Un automóvil ensamblado en Norteamérica puede cruzar las fronteras de los tres países varias veces antes de llegar al consumidor.

Sin embargo, detrás de las cifras existe una realidad política: los tres socios llegan a la revisión con intereses distintos.

Estados Unidos quiere un tratado más estadounidense.

La administración Trump considera que el acuerdo no ha corregido suficientemente los déficits comerciales con México y Canadá. Washington insiste en endurecer las reglas de origen para obligar a que más componentes se fabriquen dentro de territorio estadounidense. También busca limitar la presencia indirecta de China en las cadenas productivas de la región y mantener los aranceles como instrumento de presión política y económica.

La lógica de Trump es sencilla: menos globalización y más producción nacional. El problema es que la integración norteamericana ya es tan profunda que deshacerla tendría costos enormes para las propias empresas estadounidenses.

México, por el contrario, llega con una estrategia defensiva.

El gobierno de Claudia Sheinbaum sabe que el tratado es el principal activo económico del país. Más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos y millones de empleos dependen de esa relación. Por ello, la postura mexicana ha sido evitar una confrontación abierta y privilegiar la negociación. Marcelo Ebrard, ha participado en rondas bilaterales donde los temas centrales han sido la industria automotriz, las reglas de origen y la agricultura.

Pero México enfrenta una debilidad que pocos quieren reconocer públicamente. Algunos centros de análisis y actores empresariales en Washington consideran que ciertas decisiones internas relacionadas con energía, inversión y certeza regulatoria han reducido el margen de maniobra mexicano en la negociación.

Canadá, mientras tanto, juega una partida diferente.

El gobierno de Mark Carney ha mostrado interés en extender el tratado por otros 16 años, pero su prioridad inmediata parece ser otra: eliminar los aranceles estadounidenses que afectan sectores estratégicos como el acero, el aluminio y la industria automotriz. Ottawa ha optado por una diplomacia menos estridente y más pragmática, buscando acuerdos paralelos con Washington mientras mantiene vivo el marco trilateral.

Lo interesante es que Canadá y México coinciden en algo fundamental: ambos necesitan estabilidad.

Trump, en cambio, necesita incertidumbre.

La incertidumbre es una herramienta de negociación que ha utilizado desde su primera campaña presidencial. Lo hizo con el TLCAN en 2017, lo hizo durante la negociación del propio T-MEC y lo está haciendo nuevamente en 2026. La amenaza permanente forma parte de su método.

Sin embargo, hay una paradoja que el propio presidente estadounidense difícilmente puede ignorar. El T-MEC no sólo beneficia a México o Canadá. Miles de empresas estadounidenses dependen de él. Agricultores, fabricantes de automóviles, productores de granos y exportadores han defendido públicamente la continuidad del acuerdo porque saben que la competitividad de Norteamérica depende de una región integrada.

Trump quiere un tratado que sirva primero a Estados Unidos. Canadá quiere un tratado que reduzca la incertidumbre. México necesita un tratado que preserve el acceso privilegiado al mercado más importante del mundo.

Los tres tienen razones para sentarse a negociar.

Pero también tienen razones para desconfiar unos de otros.

Y esa combinación —interdependencia económica y desconfianza política— explica por qué la revisión del T-MEC podría convertirse en la negociación más importante para América del Norte en toda la década.