T-MEC: ¿revisión o renegociación?

19 de Febrero de 2026

Julieta Mendoza
Julieta Mendoza
Profesional en comunicación con más de 20 años de experiencia. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y tiene dos maestrías en Comunicación Política y Pública y en Educación Sistémica. Ha trabajado como conductora, redactora, reportera y comentarista en medios como el Senado de la República y la Secretaría de Educación Pública. Durante 17 años, condujo el noticiero “Antena Radio” en el IMER. Actualmente, también enseña en la Universidad Panamericana y ofrece asesoría en voz e imagen a diversos profesionales.

T-MEC: ¿revisión o renegociación?

Julieta Mendoza - columna

La revisión del T-MEC no es un evento futuro: ya comenzó, aunque todavía no tenga fecha formal en el calendario. Se desarrolla en cámaras empresariales, oficinas de cabildeo en Washington, reportes de inteligencia económica y, sobre todo, en la conversación política estadounidense, donde el comercio exterior suele ser un arma electoral. Para México, esto implica una verdad incómoda: el tratado no se revisará únicamente con argumentos técnicos, sino con poder político, capacidad industrial y credibilidad institucional.

Hay al menos tres escenarios plausibles. El primero es el de ajuste controlado: una revisión relativamente ordenada, con cambios puntuales en reglas de origen, capítulos laborales, energía, medio ambiente y comercio digital. Sería el escenario más racional para las tres economías, porque el T-MEC ha sido rentable. Estados Unidos ha asegurado una región manufacturera más integrada frente a China; Canadá ha preservado acceso preferencial; México ha mantenido el corazón de su modelo exportador. Sin embargo, incluso en este escenario “moderado”, México enfrentará presiones para elevar estándares laborales, reforzar inspecciones y asegurar condiciones regulatorias estables para inversión. El mensaje será claro: si México quiere seguir siendo el gran socio industrial de Norteamérica, debe garantizar certeza jurídica y seguridad física en sus corredores productivos.

El segundo escenario es el de renegociación dura: un proceso con alto contenido político, donde Estados Unidos busque reescribir partes sensibles del acuerdo bajo la lógica de “relocalización” y control de cadenas de suministro. Aquí se abriría la puerta a mayores requisitos de contenido regional, controles estrictos a importaciones chinas trianguladas, y un endurecimiento de mecanismos de solución de controversias. El argumento estadounidense sería simple: México se ha beneficiado del tratado, pero también se ha convertido (según ciertos sectores) en una plataforma de entrada indirecta de insumos asiáticos. El riesgo para México no es menor: que se le trate no como socio, sino como “frontera industrial” a vigilar. En este escenario, la diplomacia económica mexicana debe ser quirúrgica: demostrar integración real, no simulación y, sobre todo, defender sectores estratégicos sin caer en confrontación ideológica.

El tercer escenario es el más disruptivo: incertidumbre prolongada, con amenazas, pausas y renegociación permanente. No necesariamente una salida formal, sino un tratado debilitado por la desconfianza. Esto sería el peor resultado: los mercados no castigan tanto las malas noticias como la ausencia de reglas claras. La inversión productiva, aquella que genera empleo y transferencia tecnológica, no florece en un ambiente donde cada trimestre puede cambiar el marco de operación.

Este escenario no depende sólo de México: también de la política interna estadounidense. Pero México puede reducirlo si logra convertirse en un socio predecible, con políticas industriales consistentes, seguridad para inversiones y cumplimiento verificable.

Ahora bien: ¿qué beneficios tiene México y qué oportunidad histórica se abre? El T-MEC no es únicamente un tratado comercial: es un ancla geoeconómica. En un mundo de bloques, donde el comercio se reorganiza por razones de seguridad nacional, México tiene una ventaja que ningún otro país emergente puede replicar: acceso preferencial al mayor mercado del planeta, vecindad física y una plataforma manufacturera probada. La oportunidad es monumental: pasar de ser ensamblador barato a ser centro industrial sofisticado.

Pero esa transición no ocurre por decreto. México debe apostar por tres prioridades. Primero, infraestructura logística y energía confiable: sin electricidad suficiente, puertos eficientes y aduanas modernas, el nearshoring se convierte en discurso, no en realidad. Segundo, capital humano: el país necesita técnicos, ingenieros y operadores especializados en manufactura avanzada, automatización y semiconductores. Tercero, Estado de derecho: la inversión no se fuga por impuestos, se fuga por incertidumbre.

La revisión del T-MEC será una prueba importante. México puede llegar como actor defensivo, temeroso de perder ventajas, o como socio estratégico que ofrece soluciones a la región: producción limpia, trazabilidad, cadenas seguras y manufactura competitiva. En este contexto, el tratado no es el premio: es la puerta.