¿Tienes un cigarro?…Preguntan y al mismo tiempo golpean la ventanilla, es el inicio de una trampa que se repite noche tras noche en al menos dos cuadras de División del Norte, casi esquina con Insurgentes. No es una simple oferta de servicios sexuales. Es el primer movimiento de una operación calculada, cínica y peligrosa en una de las avenidas más transitadas de la Ciudad de México, a la vista de todos y bajo la miradaindiferente de todos.
La insistencia no acepta un “no”. Fuerzan el contacto, piden que se baje el vidrio “aunque sea un poquito”. Cuando la negativa se mantiene, forcejean la portezuela e ingresan al auto aunque la puerta esté bloqueada. Empieza entonces el jaloneo.
La trabajadora sexual exige que se contraten sus servicios y convierte el interior del vehículo en un escenario de negociación interminable. El conductor pide que salga; ella (¿o él?) pone condiciones: “me bajo un poco más adelante”. El riesgo es evidente. Tener a una persona extraña, que entró sin autorización al auto, avanzar y enfrentar puede terminar en calumnia y el chantaje: “él me pidió que me subiera y luego se enojó”, o peor aún, la acusación: “se la llevaron contra su voluntad”.
El conductor termina bajándose para obligarla a salir. Ahí surge la segunda discusión: “ahora no me bajo”. El conductor advierte que llamará a la policía mientras decenas de trabajadoras sexuales observan la escena desde la banqueta y un poco más lejos un par de hombres que, a la distancia, “cuidan” el negocio.
Finalmente la persona abandona el vehículo… pero se lleva un botín: el teléfono celular con recuerdos, contactos, datos bancarios, aplicaciones, fotografías, todo.
Sigue buscar una patrulla, pedir apoyo a “la autoridad”. Entre la espera y la complicidad del entorno, la responsable desaparece. Todo está igual minutos después, solo falta ella. La policía, amable, promete revisar cámaras pero no hace nada más.
Al día siguiente, la segunda fase de la estafa: una llamada a la misma línea que, tras el lento trámite con la compañía telefónica, ha sido recuperada y ha bloqueado el dispositivo robado.
La llamada es de una supuesta tienda donde se venden teléfonos y tabletas, argumentando que alguien está intentado desbloquear un celular pero no atina a dar los datos correctos. El gancho es perfecto: “nosotros le ayudamos a recuperarlo, solo ingrese a la página que le indicaremos y proporcione la información necesaria”. Si la víctima se niega, advierten que devolverán el aparato a quien asegura ser su dueño, no sin antes reiterar que están “tratando de ayudar y apoyar” cuando en realidad forman parte de la misma red.
Dos días después, los mensajes de amenaza llegan vía WhatsApp. Se dirigen a la víctima por su nombre. Afirman ser miembros de la Unión Tepito y exigen con insultos que deslinde la cuenta personal del dispositivo “para que puedan utilizarlo en sus actividades”. Así, sin más, sin disimulos. Así de cínicos. Al no recibir respuesta, el tono escala. La amenaza se vuelve más directa, más intimidatoria.
¿Trabajadoras sexuales o delincuentes? La pregunta ya no admite ambigüedad. Detrás de esta operación callejera late una estructura que combina prostitución con robo, extorsión y una supuesta complicidad de cárteles de la delincuencia organizada. La Unión Tepito.
¿Dónde está la seguridad que debería ofrecer la alcaldía Cuauhtémoc, encabezada por Alejandra Rojo de la Vega? ¿Sabe la jefa de Gobierno, Clara Brugada, que detrás de las trabajadoras sexuales de la Condesa opera una red ligada a la Unión Tepito? ¿Quién permite que se vulneren los candados de seguridad de los teléfonos para obtener datos personales y luego chantajear a las víctimas?, ¿Hasta cuándo se tolerará que las calles de la ciudad se conviertan en territorio de cacería nocturna?
Esto no es un incidente aislado. Es una de las muchas situaciones que ocurren a los ojos de todos y al amparo de nadie. Ciudadanos con derechos que circulan por calles y avenidas son convertidos en presas fáciles de una mafia que actúa con total descaro. No se trata de moralismos sobre el trabajo sexual. Se trata de robo, de violencia, de extorsión y de la absoluta ausencia de autoridad.
Tenga cuidado. Aunque usted no busque ningún servicio, aunque solo haya respetado el semáforo en rojo, este tipo de redes busca a quien extorsionar mientras las autoridades miran hacia otro lado y la CDMX se convierte en el escenario de una impunidad que indigna, que humilla y que no puede continuar.
El teléfono puede recuperarse o sustituirse. Las rutas para circular por las noches pueden cambiarse pero ¿cómo se recupera la tranquilidad de los afectados y amenazados?, ¿cómo se recupera la certeza de que la ciudadestá bajo el control de las autoridades cuando alguien puede entrar sin permiso a un automóvil, llevarse un teléfono, intentar apoderarse de la información que contiene y amenazar a su propietario?
Los gobernantes y las autoridades de la CDMX deben a quienes los colocaron en esas sillas, respuestas reales, trabajo, operativos e investigaciones que den resultados en favor de los ciudadanos y que garanticen su seguridad. Es hora de hacer algo porque cuando la delincuencia encuentra tan pocos obstáculos para actuar, la pregunta no es quién será la próxima víctima, sino por qué nadie los detuvo, y la respuesta es muy clara.