V1: El primer ridículo

18 de Septiembre de 2026

V1: El primer ridículo

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Fernando Székely

Imagínate la escena. Esto en serio pasó.

Día de entre semana, por la tarde, pleno rayo del sol. En Ciudad Valles (San Luis Potosí) decenas de jóvenes se reúnen en un parquecito para hacer un evento de esos de farmear aura o no sé qué.

Y de repente de entre la multitud aparece un grupo de hombres cargando un ataúd. Irrumpen. Interrumpen la dinámica. Dejan el ataúd al centro del parquecito.
Todos se apartan.

Y luego el ataúd empieza a temblar y se abre. Y de adentro del ataúd sale José Luis Romero Calzada, alias El Tecmol, empresario y político que también la hace de bufón local y ridículo del pueblo. Ya se ha postulado varias veces y ahora quiere ser candidato del Partido Verde a presidente municipal.

El Tecmol salta todo sudado del ataúd, se pone a correr enfrente de todos queriéndole sacar risas a los jóvenes, empieza a hacer el six seven, se mueve de un lado al otro meneando todo desbaratado queriendo llamar la atención con cara de cáeme bien, hace un baile medio lastimoso, se humilla, se cansa y luego se va.

Fin del evento de farmear aura.

El Tecmol lo mató. Pero mientras andaba yendo de un lado al otro humillándose, un par de personas lo grabaron y el video se hizo más o menos viral.

Logró su cometido. Sin gastarse un centavo logró arrancar su precampaña de forma estelar, todos se enteraron y ahora todo México sabe que ya llegó El Tecmol. Hasta a mí me tiene escribiendo.

Es un gesto que en la superficie podría parecer inocuo, intrascendente. Pero en realidad es un gesto representativo de un arquetipo muy puntual que sale a relucir en estas épocas y que tiene una profunda trascendencia y tradición en muchas partes de este país: el político ridículo encampañado.

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No es la primera vez que un candidato arranca su campaña desde la ultratumba. En 2021 Carlos Mayorga, candidato del PES a Diputado Federal por Ciudad Juárez, también arrancó en un evento en el que salió de una tumba y empezó a dar un discurso.

Tampoco es la primera vez que un candidato baila de forma ridícula para ganar simpatías. El candidato del Partido Verde a la alcaldía de El Mirador (Tlaxcala) Marco Antonio Hernández una vez se disfrazó de Tucán y bailó el Tucanazo.

Hay anécdotas de políticos ridículos encampañados para aventar al aire.
Una vez el candidato del PAN a la gubernatura de Tamaulipas Julio César El Truko Verástegui propuso liposucciones gratuitas y universales. Una vez el candidato a la alcaldía de Reynosa Carlos Augusto González dijo que si él ganaba iba a llevar a Metallica gratis al municipio.

Una vez el panista Fernando Garza contrató actores, los vistió de sicarios, les puso tutús de ballet y los sacó a bailar a las calles de Guadalajara para enseñar que la “delincuencia organizada nos está poniendo un baile”.

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El ridículo encampañado tiene un fin puntual: el reconocimiento.

Muchas veces los esfuerzos trascienden lo necesario y el reconocimiento llega a niveles incluso mayores, a veces nacionales. El Tecmol ya era famoso porque hace unos años en otra campaña hizo un video de él bailando con una burra y besándola.

Sabemos que el día de la elección uno que otro distraído vota por el único nombre que reconoce en la boleta.

Pero al mismo tiempo el arquetipo ofende, resulta morboso y monstruoso y principalmente muy, muy bajo. Resulta lamentable para la política, para el servicio público.

El arquetipo profundiza esta sensación de cinismo y desconfianza que ya existe entre los mexicanos para con la clase política.

Es una estrategia condescendiente. Apela a lo más elemental de lo elemental, sin darse cuenta de que el espectador se da cuenta.

Y es lastimoso, por decir lo menos, que los partidos se presten a esto y hasta lo fomenten. Pero mira, si levanta votos…

Pero hay que tener cuidado.

El hombre que dice “elíjanme, soy el más tonto de todos, yo los lidero” rara vez es el más tonto. Muchas veces es el más crudo, cínico, ambicioso y astuto.

Muchas veces es un lobo salvaje vestido de cordero bufón.

Y eso sí, El Tecmol es el primero pero no es el único. Se acercan las campañas. Y empieza la temporada del político ridículo.