El último par de semanas he gozado del privilegio de viajar por Japón. Uno de los mayores choques culturales me ocurrió cuando me subí al metro. Yo, acostumbrado al metro de la CDMX, esperaba ruido y empujones, pero lo que encontré fue orden y silencio. Al principio pensé que era probablemente el resultado de una cultura colectiva y comunitaria, pero al observar el entorno con más atención, me di cuenta de que en realidad es el resultado de un individualismo deprimente basado en la armonía. La armonía es el eje de la convivencia japonesa, que implica evitar el conflicto a toda costa. Nadie te dice nada cuando le estorbas, sino que se escabullen por donde caben y se van caminando rápido para no molestar. El metro está lleno de letreros que indican que evites molestar a quienes te rodean y todo mundo viaja callado.
Los japoneses, dentro de ese pensamiento de armonía, tienen como temas tabú la religión, la política y el béisbol, ya que llevan al conflicto y a discusiones que rompen la armonía.
Esto se ha acentuado en los últimos años y ha llevado a que las juventudes sean apartidistas, a que crean que la política es un tema del que no se discute. Jeffrey Hall, profesor de la universidad de Tokio, comenta en un episodio del podcast Lemonade Stand que en las clases de política japonesa que imparte debe explicarle a los estudiantes japoneses qué partidos hay y qué posturas tiene cada uno como si fueran extranjeros. Hall ejemplifica esto con la ironía de que la actual primera ministra de Japón tiene un 80% de aprobación entre las juventudes, siendo una persona sumamente conservadora que piensa muy distinto a los jóvenes japoneses.
Yo percibo a la sociedad capitalina mexicana como muy individualista también, pero de tipo darwinista, donde no suele importar si molestas a los otros o no. En el transporte te empujan si estorbas, en el tráfico te avientan el carro, en los cruces peatonales te hacen “un favor” los conductores que “te dejan pasar”. En la política todos opinan y discuten de forma acalorada, pero no plantean debates ideológicos ni verdaderas posturas. El debate político mexicano cotidiano es una competencia por ver qué partido es menos corrupto, basado en chismes y posturas hiper simplificadas que carecen de propósito. Buscamos apantallar y callar al otro, no entender y construir con el otro. El tokiense es muy individualista porque evita molestar a los otros, mientras que el chilango es muy individualista porque evita que los demás lo molesten. Uno se aísla, el otro se impone.
México y Japón tienen regímenes democráticos. En una democracia, donde manda el pueblo, el pueblo debe manifestar lo que piensa para poder tomar decisiones políticas importantes. Toda la filosofía sobre la democracia habla de la voluntad popular y esa se debe construir de forma colectiva, no individual. Cuando nadie habla de política porque le da pena incomodar al resto o cuando todos hablamos de política solo para ganar debates vacíos, no construimos voluntades. Terminamos delegando la política a las mismas élites de siempre.
En un mundo que cuestiona a la democracia y que vuelve a mirar al autoritarismo, yo sostengo que la idea de democracia no se debe desechar, sino corregir. Para tener un sistema donde gobierne el pueblo, debe existir un pueblo que opine y discuta. Los casos de México y Japón nos ayudan a entender que hay democracias que mueren en silencio y democracias que mueren a gritos.
Abstenerse de opinar es tan nocivo para una democracia como opinar sin escuchar o proponer sin informarse.