Durante el Mundial de futbol 2026, México dejó de verse dividido. A pesar de las circunstancias, a pesar de esta época en la que la conversación pública parece diseñada para enfrentarnos. México parecía verse unido por el deporte que muchos aseguran es el más importante del mundo.
El Mundial consiguió lo que ningún discurso, campaña o gobierno ha logrado: hacer que millones de mexicanos compartieran una misma emoción.
La Ciudad de México se transformó. Las calles se llenaron de camisetas del TRI, de nuestra selección. Los restaurantes y las plazas improvisaron pantallas gigantes, los extranjeros caminaron junto a familias mexicanas cantando las mismas porras y, por unos días, la inconformidad que albergamos todos los días, pasó a segundo plano.
El Mundial nos recordó que todavía existe un espacio donde la identidad nacional pesa más que las diferencias.
La Selección Mexicana respondió con un torneo digno en el que compitió, ilusionó y llevó a miles de personas a creer que era posible seguir avanzando. ¿Y si sì? Fueron 3 palabras cargadas de valor y emoción que nos identificaba a todas y a todos. ¿Y si sì era posible que esta vez el sueño se hiciera realidad? ¿Y si sì empezábamos a creer que México podría alcanzar esa alegría, al menos una para continuar con la fe y mantener la euforia de gritarle al mundo el orgullo que es nacer en esta tierra, dignificar nuestras raíces y el valor de nuestra identidad.
Pero como en todas las buenas competencias, habría que enfrentarse con los grandes y llegó el momento de hacerle frente a la selección de Inglaterra. Entonces cayó 3-2 en un partido que se peleó hasta el último minuto.
La derrota dolió, como siempre duele cuando termina un sueño.
Pero esta vez la afición no respondió con el viejo ritual de buscar culpables antes de que sonara el silbatazo final. Los jugadores fueron despedidos con agradecimientos, era una tristeza cubierta por dignidad. Claro que no era el objetivo quedarnos hasta ahí, pero nos percibimos satisfechos, sabemos que no es fácil. Esta vez el país reconoció el esfuerzo antes que el resultado.
Y justamente esto habla mucho de nosotros, porque durante décadas hemos reducido el éxito deportivo a una simple ecuación: ganar o perder. Y sin embargo, este Mundial mostró una sociedad más madura, capaz de distinguir entre una eliminación y un papel digno.
Y si, quizá también influyó que esta Copa del Mundo se jugó en casa; pero México volvió a demostrar que sabe recibir al mundo. Lo hizo con su gastronomía, con su cultura, con su hospitalidad, pero sobre todo destacamos y lo seguiremos haciendo por nuestra autenticidad, por nuestro ingenio, por nuestra alegría. Porque a pesar de cualquier diferencia, sabemos que somos hermanos, que la bandera ( en ambos sentidos) importa más; porque es de buenos mexicanos abrazar al que es de afuera y llevarlo hasta la cocina de nuestra casa. “Sin importar de donde seas, esta es tu casa”.
Y eso también construye nuestra imagen como país. La derrama económica y las cifras de asistencia no son tan relevantes como lo que se vivió desde adentro hacia afuera en este Mundial.
Todos fuimos partes de la misma conservación; al grado de llegar a abrazarnos con desconocidos después de un gol, celebramos con personas que jamás volveremos a ver. El Ángel de la Independencia dejó de ser una glorieta para convertirse como lo hace siempre en cada celebración, en un santuario de la emoción. Pero esta vez, el Ángel dejó de pertenecer únicamente a México para convertirse, por unas semanas, en el punto de encuentro del mundo.
Y eso es algo a lo que el medio político debería poner atención; no para convertir al fútbol en propaganda, ni para apropiarse de una emoción que pertenece a la gente, sino para entender una lección básica: las sociedades no se construyen únicamente desde el conflicto permanente, también necesitan símbolos que unan, causas compartidas y espacios donde sea posible reconocernos como parte de una misma comunidad.
Ahora el Mundial se retiró de México y la conversación recuperará su tono habitual. Pero durante unas semanas recordamos que, antes que adversarios políticos e integrantes de distintas trincheras, seguimos siendo un país capaz de celebrar, sufrir y soñar al mismo tiempo.
Y esa es la victoria más importante de todas.