Un Senado bien peinado

10 de Febrero de 2026

Yazmín Jalil
Yazmín Jalil
Periodista de noticias y escritora. Autora de Como anillo al dedo y La increíble familia Mishita. Conductora en Telemundo /NBC

Un Senado bien peinado

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Yazmin Jalil

En el Senado de la República no todo es debate, votaciones y acuerdos históricos. También hay retoques, tintes y mantenimiento de imagen. Porque sí: en pleno templo del poder legislativo apareció un salón de belleza. Y no, no es metáfora. Es literal. Con espejo, sillón y cita previa en horario laboral.

Mientras afuera el país se despeina tratando de llegar a la quincena sin ser asaltado, extorsionado o desaparecido, dentro del Congreso algunos legisladores atienden una urgencia nacional: las canas.

Alguien lo pensó, alguien lo autorizó y muchos lo usaron. Porque si algo caracteriza a la política mexicana es la creatividad… cuando se trata de comodidad propia. ¡Claro!

La noticia no indigna porque a los senadores les gusta verse bien. Nadie está pidiendo que legislen en pijama ni que comparezcan con rastas. La molestia es el contexto, el descaro y la absoluta desconexión. Ciudadanos lidiando con los problemas reales que conocemos de sobra y representantes públicos en sesión de pedicure. El contraste no es estético, es ético.

La explicación oficial fue una joya del cinismo moderno. Que no usaban recursos públicos. Que cada quien pagaba su tinte. Que eso ya existía desde antes y lo cerraron en el 2018 por ser superfluo. Que nadie sabía nada. La versión institucional del famoso “yo no fui”. Perfecto. Entonces no hablamos de abuso ni descaro, sino de un spa autogestionado dentro de un edificio público donde, en teoría, se legisla. Todo normal. Siguiente punto del orden del día.

El problema no es el espejo. Es lo que refleja. Refleja una normalización del privilegio tan avanzada que alguien pensó que no iba a ser indignante. Y lo más importante: la razón de por qué sigue habiendo tantos problemas sin resolver en las calles.

El timing, además, es brutal. El salón funcionaba mientras se discutían presupuestos, reformas y prioridades nacionales. Afuera, el país contando desaparecidos. Diez mujeres asesinadas al día. Adentro, senadoras en modo glow up. Porque no hay democracia sólida con raíces oscuras, pero tampoco con el tinte mal aplicado.

No se trata de moralizar el arreglo personal. Se trata de sentido común. Hay lugares y hay momentos. El Senado no es un club privado, ni un lounge, ni un coworking premium. Es un espacio que debe respetarse y que es pagado por millones de personas que no tienen tiempo, acceso ni dinero para lujos invisibles.

Los funcionarios deben echarse un clavado a la vida real, convivir con los de a pie, subirse al transporte público. Hablar con los que hacen filas, con los que viven con miedo. Con los que no tienen salón VIP entre junta y junta. Entender las urgencias del día a día y demostrar con hechos más que con discursos de campaña.

Esto no fue un error administrativo. Fue un símbolo. Uno perfectamente maquillado, peinado y listo para la foto. Un resumen involuntario de la política mexicana actual: discursos solemnes y prácticas VIP. Promesas que seducen, pero con labiales de larga duración.

Podrán cerrar el salón, emitir comunicados y fingir sorpresa. Pero el problema no se arregla quitando las secadoras y las tenazas. El problema son algunos legisladores que se miran demasiado tiempo al espejo en vez de voltear a ver a la gente que paga por sus privilegios. Políticos que lo único que arreglan es su cabellera.

El mensaje es clarísimo: si al país lo agarran despeinado, al menos será con manicura perfecta.