Hay un refrán o dicho popular que reza: “Una imagen vale más que mil palabras”.
Su significado no admite dudas: la idea es que una representación visual puede transmitir mucho más que un enorme texto.
Hace unos días se llevó a cabo la ceremonia del Día de la Constitución Mexicana de 1917, justo el pasado 5 de febrero. Esta ceremonia se realizó en el hoy Teatro de la República (anteriormente Teatro Iturbide), en el hermoso estado de Querétaro.
Por cuestiones de mis responsabilidades profesionales, asistí muchas veces a ese teatro y a esa ceremonia, lo que significa que tengo imágenes muy particulares de ella. Sin embargo, más allá de lo que yo pueda recordar, existió —y existe— una realidad.
Es curioso, pero parece que, entre otras cosas, esta conmemoración no ha sido particularmente benéfica para los titulares del Poder Judicial. Pero antes de hablar de ellos, permítame compartirle mis imágenes personales.
La primera imagen que me viene al recuerdo al evocar el 5 de febrero es la de un hombre muy mayor, pero con gran vitalidad, que siempre era el primero en ocupar su lugar en el presidium que, sobre el escenario, se disponía para los funcionarios que acompañarían al titular del Ejecutivo Federal. Me refiero a don Jesús Romero Flores, último de los Constituyentes de 1917. Profesor michoacano, acudía puntual siempre a la cita, con sus cien años a cuestas. Esa imagen no se olvida.
Otra de las imágenes que tengo de esta ceremonia se dio en 1992, cuando se le informaba al presidente Salinas del golpe de Estado a Carlos Andrés Pérez, por parte del entonces teniente coronel Hugo Chávez. Una tarjeta, entregada al presidente por un miembro del extinto Estado Mayor, le informaba lo sucedido en Venezuela.
Otro de los recuerdos que vienen a mi mente ocurrió en la misma celebración. Quien ha estado en un evento así sabe que no hay manera de interrumpir o distraer con alguna acción. Pues en medio del discurso recuerdo la entrada poco cuidadosa a su lugar, en las primeras filas del teatro, y vestido absolutamente informal; incluso con la camisa arremangada y sus tradicionales botas. Por supuesto, hablo de quien años más tarde sería el presidente de la transición a la democracia: Vicente Fox.
Esas imágenes, que son parte de la historia, se suman a un par más. La primera se trata de la llegada del entonces presidente López Obrador al presidium. Ahí se encontraba la recién electa ministra presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la doctora Norma Piña. El polémico saludo de la ministra, desde su asiento, generó infinidad de reacciones que, a la larga —vaya usted a saber—, quizá hasta generaron una reforma.
Hoy no se deja de comentar la imagen de un ministro de la nueva Corte (el presidente), permitiendo de forma obvia y evidente —diría yo que incluso, si recuperamos lo que nos muestra el lenguaje kinestésico—, una pose que calificaría de displicencia cómoda.
Mal la funcionaria que se arrodilló a limpiar los zapatos del ministro.
Mal el ministro que lo permitió.
Queda claro, en este recuento, que las imágenes hablan por sí solas. Cada una ha tenido sus propias y naturales consecuencias. Habrá que ver qué pasa con la última de ellas.