Cómo cada año que pasa, el cierre del 2025 dejó huecos importantes en el mundo de la música, no sólo por la cantidad de nombres que se fueron, sino por la sensación de orfandad acumulada. Ozzy Osbourne, Rubby Pérez; Clem Burke, el baterista de Blondie; o Perry Bamonte, guitarrista de The Cure. Pérdidas distintas, generaciones distintas, pero un mismo silencio final. Entre todas ellas, una ausencia pasó casi desapercibida, como si su eco nunca hubiera sido del todo comprendido. Marianne Faithfull murió a principios de este año y el pasado 29 de diciembre habría cumplido años. Probablemente fue la artista británica más menospreciada de la era moderna.
No por falta de talento ni de historia, sino por una combinación cruel de etiquetas, prejuicios y mala memoria. Durante décadas, su nombre fue reducido a notas al pie: la musa, la novia de, la caída trágica. Todo, menos el reconocimiento pleno a una obra que atravesó siete décadas y varias vidas en una sola garganta.
Faithfull nació el 29 de diciembre de 1946, con un linaje improbable y una biografía que parecía escrita con exceso de dramatismo. Descendiente de Leopold von Sacher-Masoch, el autor de ‘La Venus de las Pieles’ y a cuyo apellido debemos la existencia de la palabra masoquismo. Marianne fue criada entre relatos de resistencia al nazismo y ruinas económicas, su vida temprana ya estaba marcada por una tensión constante entre privilegio y carencia. A los 17 años, esa tensión encontró una salida en la música. As Tears Go By la convirtió en estrella de inmediato, con una voz descrita como virginal, frágil, casi etérea. Impulsada por un noviazgo con Mick Jagger, vocalista de los Rolling Stones, el Londres de los sesenta la adoptó rápido y también la devoró sin contemplaciones.
Durante esa primera etapa, Marianne fue una figura visible pero controlada. Cantaba canciones ajenas, encajaba en moldes diseñados por otros y orbitaba alrededor de hombres más interesados en el mito que en la persona. Ella misma calificó después ese periodo como artísticamente tonto. La fama llegó sin herramientas para sostenerla y, cuando el escenario se apagó, llegaron las adicciones, la pobreza, la calle, la enfermedad. Perdió la voz que la había hecho famosa y, con ella, casi todo lo demás.
Lo que no perdió fue la necesidad de decir quién era realmente.
Cuando reapareció en los setenta, lo hizo con una voz irreconocible: áspera, rota, cargada de una experiencia decadente. Broken English, publicado en 1979, no fue un regreso nostálgico sino una declaración brutal. Faithfull dejó de cantar bonito para cantar de verdad. Letras propias, sintetizadores incómodos, una postura política y emocional que incomodó a muchos. Más allá de salvar su carrera, el disco la redefinió por completo y la colocó, aunque tarde, en la vanguardia.
A partir de ahí, su figura se volvió un faro para los outsiders. Para quienes no encajaban, para quienes no querían fingir que todo estaba bien. En los años siguientes llegaron más discos, la sobriedad, el teatro, el cine, y una lenta pero firme construcción de prestigio. No el de las listas, sino el de la reverencia. Beck, PJ Harvey, Nick Cave, Damon Albarn, Jarvis Cocker, Roger Waters. Todos quisieron trabajar con ella. Todos entendieron algo que el gran público nunca terminó de asimilar.
Incluso en sus últimos años, tras sobrevivir al covid y dudar si volvería a cantar, Marianne Faithfull siguió creando. Publicó álbumes cuando muchas de sus contemporáneas ya eran tratadas como reliquias. Fue la primera mujer en lanzar discos nuevos en siete décadas distintas, un dato tan contundente como ignorado.
Quizá por eso su muerte pasó sin el estruendo que merecía. Porque Faithfull nunca fue cómoda, ni fácil, ni decorativa. Su legado no cabe en una playlist nostálgica. Exige escucha atenta, memoria y algo de honestidad brutal. En un año marcado por grandes despedidas, la suya nos recuerda que no todas las pérdidas pesan igual, y que algunas voces, cuando se apagan, dejan al descubierto nuestras propias fallas para reconocerlas mientras estaban ahí.