El pasado 1 de abril se dio a conocer la renuncia del canciller mexicano, Juan Ramón de la Fuente -se dijo que por razones de salud-, y la designación presidencial de Roberto Velasco como nuevo titular -cercano al excanciller Marcelo Ebrard-. Primeramente se integró como su vocero en 2018 y después como jefe de la Unidad para América del Norte. Dicha Unidad había surgido por la entonces inexplicable y torpe degradación que hiciera en su sexenio el presidente Manuel López Obrador de la Subsecretaría para América del Norte – en ese entonces se dijo que por razones de austeridad, pero todo parecería indicar que el hecho habría respondido a los perjuicios ideológicos característicos del expresidente–; por la propia inercia de la importancia de la relación de México con Estados Unidos, esa unidad volvió al rango de Subsecretaría ya en tiempos de Claudia Sheinbaum, que hasta ahora ocupaba Velasco.
Velasco deberá ser ratificado por el Senado de acuerdo a la Constitución, lo que seguramente se hará en los próximos días. No se prevén escollos en dicha ratificación ante un Senado –apéndice de la presidencia y controlado por el oficialismo–, ajeno a ética alguna para honrar el mandato constitucional para evaluar la política exterior; a mansalva el gobierno defenderá su “experiencia diplomática de siete años”. Su nombramiento apuesta a una política de gobierno, antes que a una política exterior de Estado.
La designación refuerza la percepción de varios analistas de dar continuidad a una política exterior dogmáticamente atada a la Cuarta Transformación, que rompe con la tradición de antaño de una Secretaría con una política exterior de Estado. Si bien Velasco ha ocupado cargos vinculados a la relación con Estados Unidos, no se ha observado una estrategia en cancillería lo suficientemente táctica y ajena a la reacción política mexicana ante la presión estadounidense y del complejo presidente de ese país.
Su lealtad a la 4T –similar a los cancilleres anteriores–, perpetúa la politización política en la SRE y limita la capacidad de acción diplomática estratégica. Por lo pronto, el nuevo canciller ya pronunció su rechazo al Informe del Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU sobre México, en un ámbito puramente reactivo y defensivo, ajeno a una acción diplomática de solidez, lo que resta prestigio internacional a México.
Las críticas hacia la política de no intervención tan publicitada por el gobierno mexicano señalan su inconsistencia selectiva, con dictaduras tales como Cuba, Nicaragua y Venezuela, y la violación a los derechos humanos. La domesticación ideológica debilita la credibilidad de México, y reduce su influencia global y capacidad para mediar en crisis.
México debe contar con una política exterior de Estado y objetivos bien definidos: una política exterior activa es indispensable para el desarrollo del país y el interés nacional. Sin embargo, el país está aislado y ausente en el sistema internacional, sin jugar roles importantes, lo que constituye un severo daño a los intereses nacionales. México siempre jugó un papel importante en el sistema multilateral, y la Organización de las Naciones Unidas y sus organismos especializados, en función de su interés nacional y como un contribuyente importante al sistema internacional, capaz de influir en los temas globales. Es obvia la ausencia de liderazgo internacional, y urgente emprender un sistema de alianzas con países afines y en el sistema global.
La ratificación del nuevo canciller pone de relieve la tensión entre una política exterior de Estado y una de gobierno. Mientras la primera exige una visión de futuro, el nombramiento de Velasco confirma la apuesta por una política de corto plazo. Su llegada a la Cancillería no parece buscar un giro institucional, sino garantizar la continuidad de una agenda personalista y leal a la oficina presidencial, por encima del quehacer diplomático. Como leí a algún articulista: bajo estas condiciones resulta difícil concederle el beneficio de la duda a dicho nombramiento.