1er. TIEMPO: Memorias de un guerrero. Allá a principios de los 90’s, un joven con cara de niño, siempre con la sonrisa, siempre trabajando como un ratón de biblioteca, pasaba horas elaborando un informe de análisis político para El Financiero. Era uno de los productos especiales que hacía el diario, creados por su entonces director Rogelio Cárdenas, y el director editorial, Alejandro Ramos, inventor de periodistas famosos. Uno de ellos era ese joven llamado Jenaro Villamil, a quien condujo por un terreno que le serviría años después para consolidar su carrera profesional. Villamil no es un periodista improvisado. Su trayectoria es larga y durante más de 15 años se colocó en la primera línea de quienes incomodaban al poder. Había dejado El Financiero y se incorporó a Proceso, la revista en donde alcanzó mayor realce. La revista se convirtió, junto con La Jornada, en el medio que apostó incondicionalmente por Andrés Manuel López Obrador para que llegara a la Presidencia, y en Villamil encontró un crítico consistente del PRI y del PAN, y un incansable investigador de los poderosos en México. Pero como sucedió con muchos otros más que estaban en la lídea de aproximación crítica del poder y jugaron a ser uno de sus contrapesos, al llegar López Obrador salió del clóset político y se sumó a su gobierno. Villamil cruzó la línea, no ideológica o política, que todos los periodistas tienen, sino en la traición -o quizás hipocrecía- a lo que habia sido por años, un profesional que causaba urticaria a los poderosos. Un colega y viejo amigo de él, Jesús Ramírez Cuevas, lo sumó al primer gobierno de Morena, como director del Sistema Público de Radiodifusión, donde dejó de ser un observador crítico para convertirse en un actor dentro de la maquinaria narrativa del gobierno. Villamil llegó a manejar los medios públicos del Estado mexicano con el discurso de querer construir un ente como la BBC británica, que se sostiene de fondos públicos pero que construyó su reputación y fama mundial por mantenerse fiel a lo que es un medio de esa naturaleza, incondicionalmente honesto e íntegro ante los británicos, seria y responsable, equilibrada y plural. Su discurso fue una farsa. Construyó exactamente lo contrario: un medio sectario, propagandista, excluyente, ideológico y parte de una maquinaria política con un perfil estalinista y una voracidad por mantenerse en el poder a cualquier costo. Hoy, por primera vez, haber actuado con prepotencia, soberbia y sin inteligencia, le está costando caro. Una mentira, pero ahora descubierto desde el poder, lo llevó a una caldera donde se está quemando lentamente.
2º. TIEMPO: La fotografía que lo tostó. Un episodio anecdótico, una mujer asoleándose en una ventana de Palacio Nacional, lo quemó. Para atajar a los críticos que lo difundieron, Jenaro Villamil salió en una contraofensiva de defensa de la presidenta Claudia Sheinbaum. El creador de contenido Vampipe había difundido la imagen tomada por un maestro que estaba de plantón en el Zócalo, que se había vuelto viral. Villamil cargó los robots de la maquinaria de propaganda del régimen y usó Infodemia, un medio que inventó para desmentir a quienes criticaran al gobierno, para inventar que esa fotografía había sido creada con inteligencia artificial. La maquinaria propagandística fue monumental, pero Vampipe contó con muchos aliados espontáneos que libraron una fiera batalla en el mundo digital, donde no se entendía el porqué tanto esfuerzo y dinero público en la defensa de quien se asoleaba. No se sabía que el coordinador de asesores de la presidenta, Jesús Ramírez Cuevas, le había informado que quien estaba tomando el sol era su madre, Annie Pardo, en la ventana de un salón que no alberga ninguna oficina, que protege el Ejército de extraños y que era utilizado por la doctora Pardo cuando su hija no estaba en Palacio Nacional. Cuando se aclaró que no era la madre de la presidenta, Sheinbaum habló del incidente y reconoció que Villamil e Infodemia habían mentido. Villamil nunca ha sido del agrado de la presidenta, y la única razón por la que permanece en el gobierno es por el apoyo insistente de Ramírez Cuevas. Pero la quemada no se la quita nadie. La imagen y carrera que lo llevó en ocasiones a momentos de brillo se colapsó. Villamil resultó un embustero dispuesto a sacrificar todo por una causa, que no es algo ilegítimo si se hace con transparencia, que mantuvo escondida por años. Pero esa causa contradijo todo lo que dice ser. Desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador quedó claro que no era un periodista independiente sino militante, pero no obstante, aún en la militancia el capital más importante de un periodista es su credibilidad, que se construye con consistencia. Durante varios años se criticó a Villamil por la ligereza de algunos de sus textos en Proceso, con fallas metodológicas y sesgos ideológicos, que no pueden atribuírsele a lo que hizo con la fotografía de la mujer asoleándose en Palacio Nacional, porque disfrazaba una misión de encubrimiento, pero sí al frente del Sistema Público de Radiodifusión, donde sus debilidades e inconsistencias, como el error de la fotografía, lo dejarán marcado.
3er. TIEMPO: Cuando un periodista pierde su esencia. Cuando la información se selecciona para confirmar una narrativa y no para desafiarla, se abandona el rigor. El problema no es ideológico -todos los periodistas tienen filias y fobias- sino metodológico. Cuando la crítica se reserva solo para los adversarios y se diluye ante los aliados, se rompe el equilibrio mínimo que exige el oficio. Y cuando el poder se vuelve incuestionable, el periodista deja de ser contrapeso para convertirse en vocero, aunque no lo admita. Jenaro Villamil ha defendido su papel como parte de un proyecto de transformación, ignorando la contradicción que por definición tiene el periodismo: no se transforma desde la obediencia, sino desde la incomodidad. Villamil estaba dentro de la congruencia cuando trabajaba para El Financiero y Proceso, al ser observador implacable del poder, pero mostró su debilidad cuando se corrió al otro lado, al del obradorismo, sin ningún proceso de reflexión ni autocrítica. En el gobierno se volvió en la antítesis de lo que decía ser, convirtiéndose en un sujeto panfletario y mentiroso, sin preocupación alguna por la veracidad y solidez de sus señalamientos, como tuerca, que es lo que es, de una maquinaria de propaganda que busca perseverarse en el poder. En eso, ha sido funcional, sin vergüenza ante las evidencias de sus mentiras. Es la voz más combativa para decir que medios y periodistas críticos operan como bloques políticos financiados para atacar al gobierno, sijn que eso haya podido ser jamás probado. Lo mismo dice de las manifestaciones feministas, de la protesta de la Generación Z y de aquellas expresiones críticas contra el gobierno, generando un proceso de desinformación para minimizar su impacto. Se bate en las redes con periodistas para estampar sus trabajos con las letras de “Fake News”, una actitud cínica para quien, desde el poder es lo que dirige, una fábrica de mentiras al servicio de un proyecto político-ideológico excluyente. Con dinero de los constribuyentes, hizo de los medios públicos, que teóricamente deben ser los más abiertos e incluyentes, plataformas de diseminación de ideología, justificando en el ala purista del régimen, donde se encuentra prominentemente el coordinador de asesores presidencial, Jesús Ramírez Cuevas, que el fin justifica los medios porque hay una batalla campal contra los medios críticos porque, alegan, quieren derrocar al gobierno de la cuatroté. Es una tontería. No existe tal proyecto. Hay mucha crítica, como la hubo contra presidentes hoy en la oposición en el pasado, pero no con esos fines, sino por incompetentes y mentirosos, como ha probado cabalmente Jenaro Villamil estos años.
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