Luis M Cruz

1.

 A regañadientes, el presidente Donald Trump debió reconocer los resultados. Finalmente ha expresado lo más parecido a una aceptación de la derrota, al tuitear que por el bien del país, la Administración de Servicios Generales de Estados Unidos (GSA, por sus siglas en inglés) “deberá hacer lo que se necesite hacer respecto de los protocolos iniciales y le he dicho a mi equipo que haga lo mismo”, al tiempo que la dirección del GSA le informó a Joe Biden del comienzo oficial de la transición, con lo que podrá recibir informes especializados, fondos federales y una oficina oficial. Es agrio el procedimiento, pero al fin, transición de gobierno.

2.

 La tácita aceptación sucede luego que los tribunales estatales de Michigan y Pennsylvania desestimaran los alegatos de fraude por carencia de evidencias, así como la certificación en Georgia del resultado favorable a Biden. No hay pues más alternativas legales que seguir, excepto proseguir la intentona golpista para que algunos electores compromisarios cambiaran el sentido del mandato electoral, algo improbable tras el 98% del cómputo y casi 80 millones de votos para la fórmula Biden-Harris, superior incluso a la votación obtenida por Barack Obama en sus mejores tiempos.

3.

 Trump será pronto una mala anécdota en la historia, un mal jugador y pésimo perdedor, cómo un presidente controversial y temperamental por decir lo menos, no pudo estar a la altura del resultado en las urnas, el cual aún siendo adverso debió aceptar con dignidad presidencial. Al regatear el resultado Trump no sólo ofende a quien obtuvo la victoria, sino también a los votantes todos, los suyos y los de Biden, quienes sufragaron esperando respeto para el resultado.

4.

 Prevaleció pues la reciedumbre institucional sobre el desvarío del discurso de polarización y fraude. Se intentó atentar contra la democracia y ésta se ha revelado vital y vigente. 73 millones de electores votaron por Trump y 80 millones por Biden; el Senado aún está en juego para dirimirse el 6 de enero cuando se elegirán en segunda vuelta los dos escaños de Carolina del Norte; la Cámara de Representantes tendrá una delgada mayoría demócrata y 8 de los 11 gobernadores en juego serán republicanos. Con esos números, puede tratarse de un país dividido o bien Biden deberá empeñarse en restañar las heridas y buscar superar las diferencias o al menos no ahondarlas. Ello habrá de requerir mucha finura en la hechura de las políticas a emprender para recuperar el terreno erosionado en la agresiva administración concluyente, pero aportando moderación y cautela a la hora de ir a fondo en los temas cruciales del presupuesto, el paquete de estímulos fiscales  ante la emergencia del Covid, cuando se espera un negro invierno y cifras aún pasmosas de contagios y decesos, aún con una vacuna y un tratamiento médico prácticamente a la vista. Los impuestos tendrán que negociarse cuidadosamente, así como las disposiciones a un mayor gasto social en apoyo a las minorías, migrantes y a los servicios médicos. 

5.

 En política exterior el cambio será notable con el retorno al Acuerdo de París para enfrentar el cambio climático o el respaldo a la OMS para combatir la pandemia. El nombramiento del futuro Secretario de Estado, Anthony Blinken, es señal clara del restablecimiento de las prioridades con sus aliados y socios, enfrentando la situación con China, Irán, Rusia o Corea del Norte mediante el diálogo y la diplomacia antes que con la fuerza o las represalias. Al respecto nuestro país tendrá que replantear la relación, con el Acuerdo Trilateral de Comercio (TMEC) a partir del cual normar una relación bilateral diferente, basada en el cumplimiento de acuerdos comerciales y en la cooperación en las áreas sensibles de migración y tráfico de armas, drogas y lavado de dinero. Habrá, es de esperar, tiempo y ocasión para reconstruir la relación bilateral. 

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