1. Definitivamente, el impacto asociado a la pandemia del coronavirus COVID19 tendrá efectos profundos en un periodo largo de tiempo. En la crisis financiera global del 2009, con un impacto mucho menor se estimó un plazo de recuperación de cinco años, cuyo saldo aún se está viviendo pues, por ejemplo, la deuda pública de prácticamente todas las economías del mundo se incrementó sustancialmente debido a que en aquél entonces fueron los gobiernos, no el mercado, quien corrió con los costos de contener primero la caída de los sistemas financieros y después, sostener la viabilidad de la operación de los sistemas productivos.
2. Fueron comunes los inmensos programas de compra de activos y la intervención de los bancos centrales para apuntalar monedas y economías, en donde fundamentalmente se adoptaron dos estrategias: una, impulsada por el presidente Obama, con la abierta intervención gubernamental para inyectar liquidez mediante dinero barato tomado de la Reserva Federal y sostener los niveles de empleo y consumo de los pobladores; y la otra, seguida en la Unión Europea, en donde la mano férrea de Angela Merker contuvo el gasto público para adoptar también un amplio programa de compra de activos. El resultado neto fue que las deudas públicas de países como Francia, España, Italia, Portugal, Reino Unido e Irlanda, como también los Estados Unidos y Canadá, se fueron cerca o por encima del 100% del PIB. De no ser por la mano de los gobiernos, la economía mundial se habría hundido en el caos, la incertidumbre y la desconfianza, que son veneno puro para las relaciones internacionales.
3. Ahora, con la pandemia la economía mundial ha sufrido un frenón avieso, que en lo general impactará del orden del 5 al 6% global, pero en lo particular, cada país habrá de padecer más o menos según su fortaleza económica y la viabilidad de sus planes de contingencia. En América Latina, la caída del PIB regional se estima en un 9% por lo menos, reflejando aquella máxima de que las desgracias afectan más a quienes menos tienen. El 2020 será, indudablemente, un año de costos y salvo algunas excepciones, de números rojos. Pero además de las pérdidas, el impacto en el sistema productivo y en las comunidades humanas será de difícil pronóstico y de largo tiempo para al menos restituir lo perdido. Las cifras del sufrimiento humano van por casi 13 millones de contagios y 560 mil decesos, pero también unos seis millones y medio de recuperados, con una letalidad en torno al 5%. Empero, al no existir aún una vacuna o un tratamiento asequible, el temor al brote y los rebrotes detiene aún los planes de reactivación económica y supervivencia de las empresas y del empleo.
4. En América Latina, según estudios de la ONU, la pandemia habrá de provocar que unas 45 millones de personas caigan de la clase media a la pobreza y de éstas, unos 10 millones lo serán en México; en lo que se refiere a la afectación de empresas y empleos, las cifras del IMSS hablan de un millón 60 mil plazas formales y serían muchos más si se evalúa el sector informal; en tanto las cámaras empresariales consideran que unos 10 mil negocios ya no podrán reabrir sus puertas, sobre todo en el renglón de servicios como el turismo, la aviación, el entretenimiento, el deporte, los restaurantes, las tiendas departamentales y plazas comerciales entre los más afectados.
5. Como dijera el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, en un contexto en el que ya existían enormes desigualdades, niveles elevados de trabajo informal y servicios de salud deficientes, las poblaciones y personas más vulnerables resultan más afectadas. La envergadura de la recuperación necesaria habrá de tomar varios años y los gobiernos y su capacidad de acción habrán de ser, una vez más, fundamentales.