J. S Zolliker

Reporta el agente infiltrado Pedro Fonseca y Lima que le tomó más tiempo de lo que esperaba, descifrar esa luz parpadeante que se emitía desde una pequeña antena del contiguo edificio de gobierno que aparentaba existir para señalar a los tripulantes de aviones y helicópteros, acerca de un piso elevado y un peligro de navegación, pero cuya real finalidad descubrió, era completamente distinta.

Reporta el agente Fonseca y Lima que infructuosamente intentó interpretar el código que parecía no hacer sentido, por lo que, al atardecer se iba instalando en diferentes terrazas hasta que por falta de presupuesto, personal suficiente y en ausencia de viáticos y gastos de representación, estaba a punto de abandonar la tarea, pero por buena fortuna, se instaló en la común cafetería del monumento a la revolución, donde descubrió que podía observar por cosa de una hora, el horizonte y el susodicho armazón rutilante.

Reporta el agente Fonseca y Lima que desde que se apersonó en tal lugar, sin querer, se enamoró. Carajo. Ella era guía de turistas.

El día en que la vio por vez primera, ella estaba por entregar su turno. Creyó que la miraría largarse para siempre, pero casi anonadado, reporta Fonseca y Lima, la observó ocupar el lugar detrás del mostrador, en la caja registradora, para cubrir a una compañera. Bendita suerte. Entonces, sin siquiera dudarlo un segundo, la cautivadora mujer decidió romper las reglas del lugar y detuvo la música ambiental para iniciar la transmisión –a sus anchas y porque al parecer, le vino en gana– en las bocinas de todo el lugar, de un extraño tipo de jazz moderno en instrumental que lo cautivó de inmediato: Birds Lament I.  

Reporta el agente Fonseca y Lima, que no pudo evitar intentar sumergirse en sus ojos, que eran los más profundos y grandes que jamás había visto. Por ello, constata, se levantó de su lugar cual autómata y se dirigió a la caja y como excusa, compró unas pastillas de canela (el sabor lo detesta), pero confiesa, eran lo primero que tuvo a la mano y que no le desbalanceaban su módico presupuesto. Ella, era norteña, licenciada y le comentó que tenía el trabajo de forma temporal.  El autor de la música, le contó, fue un tipo ciego que vivió en Nueva York y a quien se le conocía como “el vikingo de la sexta avenida”, pues solía vestir una túnica y un yelmo de Odín. 

Reporta el agente Fonseca y Lima, que al quedarse, por primera vez en la vida, sin tener más excusas para charlar sin sentir que lo forzaba todo, volvió a su sitio y con nuevos bríos, se dedicó a revisar las señales en código morse que producía la terminal del edificio gubernamental, con el afán de descubrir algo, acaso un patrón que le sirviese de excusa para volver a verla. Y lo logró. De pronto, así, como un chispazo.

Reporta el agente Fonseca y Lima que después de varios días, ya tiene por seguro que ella descansa lunes y miércoles y que el mensaje en clave cambia todos los días, que a ella le gusta el café cargado y amargo y que la antena transmite para todo el valle de México y solo para quienes lo sepan leer y estén al pendiente, las coordenadas donde habrán operativos policiales de la guardia nacional. Qué canijo es el amor y más canijo, el que orquestó una forma de comunicación tan inteligente y velada, para con todos los grupos criminales. ¿Aceptará salir con él? ¿Una invitación a comer? ¿Deberá presentar a sus superiores los resultados de la investigación o terminará en una zanja?

Continuará… 

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