J. S Zolliker

Suena el despertador, pero lo encuentra con los ojos abiertos, mirando fijamente hacia el filo de la persiana que da a la calle. Son las seis de la mañana. Está demasiado cansado para descansar y demasiado alerta para permitirse sentir el agotamiento. Se levanta de la cama y se asoma para confirmar su sospecha: afuera, a pesar de ser un día de fiesta, no hay ni almas tristes ni borrachos alegres deambulando por ahí.

Desde que de joven trabajó en uno de ellos durante el verano, detesta los hoteles. Tanto le desagradan que ha dejado de asistir a conferencias y convenciones para no hospedarse en ellos. Pero por ahora es la única opción. No quiere correr el riesgo de contagiar a sus hijos y a su esposa.

Mientras el agua caliente le recorre la espalda contracturada, no puede dejar de pensar en el paciente al que tuvo que entubar hace apenas unas horas. Era joven, como la mitad de sus años, sin otras morbilidades. Tenía menos de 24 horas internado en el hospital y muy pronto se deterioró, tanto que desarrolló el temible Síndrome de Insuficiencia Respiratoria Aguda (SIRA) y lo tuvo que inducir a coma para conectarlo a un ventilador mecánico. Sabe que aquél, cuyo nombre no tuvo tiempo ni de aprenderse, tiene escasas probabilidades.

Lo que más le frustra, lo que más le hace sentir un coraje desbordado y una tristeza indigerible es lo rápido que todo sucede y escala. Y es que no hay tratamiento. Estudió medicina para curar y por ahora únicamente puede intervenir para intentar apoyar a que el cuerpo enfermo resista lo suficiente para que la infección se autolimite y desaparezca por sí sola, en el curso natural de las cosas.

Su inutilidad le revuelve el estómago mientras se termina de rasurar y se viste, porque cuando atiende a personas con la enfermedad tan agresiva, sólo quedan dos caminos posibles y el más concurrido es el de entregarle a los familiares un acta de defunción sin cuerpo, sin santos óleos, sin despedida y sin velorio para llorar acompañados de otros. 

“¿Sabes quién está internado en el piso 4? El cura que dijo que la epidemia era el castigo divino contra los homosexuales… vaya forma de su Dios de sacarlo del closet”, intentan bromear unos en la sala de espera. Detrás de la sonrisa discreta, del saludo afable y prudente de las enfermeras, observa que todos tienen el brusco miedo brotando en las pupilas. Quien diga que, al incorporarse a la faena diaria, no se le suelta el estómago o no siente que le tiemblan las piernas, es porque nunca ha visto a nadie morir de neumonía, en el enrarecido estertor de la asfixia.

Ya desde lejos, advierte que los militares están sacando los cuerpos del turno nocturno. Mientras se viste con su mascarilla, gafas de protección y bata de protección desechable, piensa que el ejército es muy eficiente, porque sin estorbar y sin ser notorios se los llevan y los creman para minimizar infecciones. Cierra los ojos. Verifica en su mente que todo lo haya hecho correctamente. Apacigua el alma y entonces echa mano de la templanza que le queda. Su deber es hacer lo que otros no podrían, aún cuando sabe de sobra que quizás él pudiese ser el próximo contagiado de este Jueves Santo si comete un error o si se descuida. 

Compartir