Vivir para no olvidar… jamás
Eugenia Unger es la voz del recuerdo vivo del exterminio que acabó con la vida de 1.5 millón de judíos
Eugenia acompañada de y Liliana Kuszrock, presidenta de la Comunidad Hertzlia> Nacida en Polonia y radicada en Argentina, la “habitante 48914” habló con ejecentral sobre el resurgimiento del radicalismo político y condenó las expresiones racistas que han encontrado eco en el discurso del presidente Donald Trump
Francisco Pazos
En tiempos en que las voces de quienes gobiernan y mandan sobre las naciones coquetean con los ecos del pasado que segregan, marcan, desprecian y exterminan, persiste el testimonio de quienes miraron a la muerte y, en una muestra extraordinaria de voluntad, le dijeron: vivir para no olvidar, vivir “para que jamás se vuelva a repetir”.
Eugenia Unger es una de esas voces. Ella, como unos pocos más, es la voz del recuerdo vivo del exterminio que acabó con la vida de un millón y medio de judíos en los campos de concentración que la Alemania nazi controló y extendió por Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
El sonido de un bombardeo lejano trazó la ruta del destino que la llevaría a través de un camino de segregación, humillación, explotación y muerte.
Nada de esto fue capaz de apagar su voz, nada supo consumir la llama que la ató a la vida, en el gueto de su natal Varsovia, a la que no volvió jamás, entre el hacinamiento de los trenes de traslado y tampoco frente a las cámaras de gas de Auschwitz, la cuna del horror nazi.
Visto a la distancia, 78 años después de que, junto con su madre, Rujla Rutsztejn, Eugenia cruzara el marco de hierro coronado con la leyenda Arbeit macht frei, “El trabajo libera”, un soldado en el portal que daba acceso al campo de concentración de Auschwitz.
Con 91 años cumplidos, Genia, como le conocían sus amigos, sigue levantando la voz y cumpliendo sueños.
El horror le quedó tatuado en el alma y amalgamado en la memoria; el rastro del sufrimiento más profundo queda permanente como una marca de tinta verdosa en la piel que indica el número “48914”, el número que le impregnaron en la piel cuando ingresó a Auschwitz. Sin embargo, ni el recuerdo del dolor ni el paso del tiempo le impidió seguir.
ejecentral buscó a Eugenia, porque el 31 de marzo y el 1 de abril pasados ella gritó nuevamente que está viva y que el escapar de la “columna de la muerte” que la conducía del campo de exterminio, su destino final, le permitiría aún cumplir con una deuda de fe: la celebración de su Bat Mitzvah, como debió hacerlo cuando la guerra cortó de un tajó su futuro, el 1 de septiembre de 1939.
Por unas horas no hubo gueto, ni trenes, ni columnas de humo, ni cámaras de concentración, hambre, enfermedad ni muerte en su corazón.
“Hoy es un día de fiesta, no quiero hablar del pasado. Quiero disfrutar de este momento que es una bendición”, dijo Eugenia ante la comunidad del Templo de Hertzlia, en Buenos Aires, Argentina, el país que se convirtió en su hogar.
Cada expresión de su vida, como el cumplimiento de uno de los ritos más trascendentales para la comunidad judía, es una confirmación más de la voluntad que, según ha declarado en repetidas ocasiones, Dios dispuso para que sea ella misma el “testimonio” del horror que, durante casi una década aterrorizó y azotó a Europa.
De vuelta a los radicalismos
Como vocera natural de su propia historia, habló con ejecentral sobre el resurgimiento del radicalismo político, de los estertores de aquellas voces que parecían erradicadas, pero que han encontrado en retóricas como la del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el oxígeno por décadas buscaron mientras se anidaban en el miedo de las sociedades modernas.
El combustible que el discurso aislacionista del presidente Trump ha vertido de costa a costa en Estados Unidos despertó a casi 200 grupos radicales supremacistas blancos, antinmigrantes, antisemitas, antimusulmanes y muchos otros que permanecían dormidos, pero que ahora encontraron un motivo en la Casa Blanca para hacerse visibles.
Como sobreviviente de la putrefacción que el nacismo desperdigó por toda Europa, y que tuvo su más horrorosa expresión en los campos de concentración, Eugenia sabe que este tipo de retóricas de odio son peligrosas: “Yo no pensaba en nada, estás ahí y no pensás en nada, no tenés tiempo”, reflexiona en ese castellano argentino que aprendió en Buenos Aires, la ciudad en la que, junto con su esposo David Unger, judío miembro de la resistencia de Varsovia, aprendió a darle significado nuevamente a la vida.
Antes de que los radicalismos se enquisten en América y se propaguen de nuevo por Europa, como hace casi 80 años, sabe que “antes de que se repita lo que yo viví, preferiría que se acabe el mundo”, porque la degradación a la que fue sometida desde su paso por el campo de concentración Majdarek, en Lublin, Polonia, fue tan profunda que ella misma no comprende cómo su alma pudo resistir seis años bajo la crueldad nazi. “Ves la cámara de gas y lo único que podés imaginar es que en ese humo pronto podés estar vos”.
Pero los signos están ahí, asegura la festejada al recordar sus años de cautiverio, mientras decenas de personas la acompañan a cumplir un nuevo sueño, a cumplir con sus orígenes y sus tradiciones. Están con ella Hernán Kleiner, el director comunitario en Hertzlia; Liliana Kuszrock, presidenta de la Comisión de Mujeres de la AMIA, y por supuesto, su amiga Pany Chama, la mente detrás del Bat Mitzvah.
Los signos de los que habla son nuevamente visibles, al menos en las palabras, y vaya que las conoce bien. Cuando niña, apenas con 13 años comenzó su pesadilla al quedar hacinada en el gueto de Varsovia, sujeta a vejaciones y al miedo constante de ser aprehendida, de que su familia, sus padres y tres hermanos, fuera separados o desaparecidos, como finalmente ocurrió.
Para una mujer que vio a la muerte tantas veces de frente y de muy diferentes formas, no hay tiempo que perder, ni espacios que conceder para quienes buscan segregar y aislar con sus palabras y que amenaza con romper lazos afectivos y familiares con muros y bardas como la que desesperadamente busca justificar el presidente de Estados Unidos en la frontera sur con México.
“Es tiempo de dar, de sembrar más. Yo conocí la muralla china y ahora veo que están haciendo otra en otro lado”, las cicatrices que el exterminio y la persecución nazi dejó en su piel y en su memoria no le permite comprender cómo es que este tipo de discursos aún encuentra resonancia, cómo es que pueden ser apoyados y seguidos una vez que la humanidad sabe el grado de degradación que es capaz de alcanzar.
“El ser humano tiene que cambiar, porque no puede vivir siempre con una presión de que alguien venga y le diga qué tiene que hacer. Cada uno tiene un poquito de dignidad y quiere vivir a su manera”, y agrega que “posiblemente se den cuenta (de) que el que tiene dinero, no todo puede comprarlo con ese dinero. La gente llega a un momento en el que dice: ‘¡Basta! Se terminó, tenemos que luchar por nuestro porvenir y por nuestra libertad’”.
Eugenia aclara su visión y enfoca sus temores a lo irracional que pueden llegar a ser y, principalmente, a actuar quienes tienen poder, como Donald Trump, de quien adviritió, “se siente muy fuerte porque tiene dinero” y es ahora el presidente de Estados Unidos, y, tal vez, el hombre con más poder en el mundo. Por eso “la gente se calla, dijo que haría muros. Es gente difícil de entender”, lamentó.
Como víctima y sobreviviente del Holocausto, Eugenia cree que el mundo fue dado para el disfrute de todos los seres humanos: “flacos, negros, blancos, gordos”; sin embargo, reconoce que es complicado que este concepto se entienda en todos los contextos sociales. “Dios está muy enojado con lo que está pasando con los seres humanos”.
Al menos, por unas horas, los recuerdos y las reflexiones abrumadoras quedaron de lado. Eugenia compartió con alegría la celebración de su Bat Mitzvah entre aplausos unánimes y de la alegría, besos y abrazos de su familia y amigos. Ella, que fue una de las protagonistas involuntarias del Holocausto que ha vivido para contar su testimonio, también cumplía con ella misma.
No. 48914
Eugenia Unger es acompañada por Hernán Kleiner, director Comunitario en HertzliaLa irrupción del nazismo cortó de tajo la vida de millones de judíos que vivían en Europa, se convirtieron de pronto en ciudadanos perseguidos, señalados, condenados y finalmente blanco de exterminio.
Eugenia quedó atrapada entre la vorágine del origen de todo; la Polonia de 1939, Varsovia, en donde cayeron las primeras bombas del régimen que alentaba Adolfo Hitler, quien quería conquistarlo todo y soñaba con una nación aria a costa de terminar con la población judía.
Atrapada en el gueto, como miles de judíos, fue testigo de las desapariciones que pronto se convirtieron en hechos cotidianos. Cuando todavía era una niña fue llevada sólo con una muñeca entre los brazos a ese sitio de hacinamiento y segregación. También fue testigo del movimiento de resistencia, el “levantamiento del gueto de Varsovia”, como los recuerda, y donde murieron sus hermanos.
“Nos despertaban en la madrugada para trabajar. Con mis manos armé bombas molotov, granadas, también las desarmé para reutilizar los materiales para armar más. Los nazis nos hacían entrar en las casas del gueto para buscar oro, joyas y todo lo de valor que se pudieran llevar. Desaparecía gente todo e tiempo, los quemaban, mandaban a la cámara de gas o…simplemente se morían de hambre mientras dormían”, recordó sobre sus últimos meses en Varsovia.
La guerra las llevaría en tren, hacinadas y en condiciones infrahumanas hasta el campo de concentración de Majdanek, en donde junto con su madre y luego de haber perdido para siempre a otro de sus hermanos, fue rapada, desnudada y vestida con un uniforme de rayas, que portó durante los seis años siguientes.
El hambre combinada con la explotación laboral como método para doblegar su cuerpo y su espíritu no funcionaron.
Trabajó picando piedra de seis de la mañana hasta bien entrada de la noche, cada día. El régimen nazi lo tenía todo planeado para alargar el sufrimiento y por ello las mantenía alimentadas con agua, manzanilla y cáscaras de papa y zanahoria. Entonces vendría algo aún peor, una noche, junto con su madre fueron subidas nuevamente al tren y enviadas, finalmente, a Auschwitz, en donde dos grandes chimeneas flanqueaban las barracas. Sumergida en ese infierno, Eugenia vio como su juventud se diluyó, no quedó nada de ella más que un número, el 48914 marcado en un acabado cuerpo que apenas llegaba a los 27 kilos de peso.
Cuando el ejército ruso tocó a la puerta en la frontera oriental, el régimen ordenó destruir cualquier rastro que los vinculara con los campos de exterminio.
Como esclavos, los habitantes de Auschwitz fueron sacados y obligados a realizar una última “marcha de la muerte”, de la que finalmente Eugenia logró huir.
Pasaron casi 15 años para que ella recuperara su humanidad, con el nacimiento de su primer hijo, a quien llamó Leonardo, le devolvió la vida que los nazis le habían arrancado.
Hoy, con una familia sólida, Eugenia da testimonio de su vida, de lo que vio y sufrió, para que nunca se repita.
“A los 91 años no tengo más miedo por todo lo que me hicieron desde los 13 años. Nunca viví con miedo después de Auschwitz, de las marchas de la muerte, del gueto de Varsovia”.
Rito. Bat-Mitzvah es una ceremonia judía que marca la llegada de la mujer (en el caso de los varones se denomina Bar-Mitzvah) a la madurez. Generalmente se celebra cuando las niñas cumplen 13 años de edad.