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Redacción ejecentral

El desabasto de agua en la Ciudad de México se ha venido exacerbando desde la construcción del Gran Canal de Desagüe, en 1900 y amenaza con colapsar la urbe ante la demanda de una población cada vez mayor, que no sólo drena las reservas, sino que destruye los cimientos que sostienen la capital.

El Gran Canal, en sus inicios, medía 47 kilómetros de largo, y tenía la capacidad de mover miles de litros de aguas residuales por segundo, con lo que prometía resolver las inundaciones y los problemas de drenaje en la ciudad.

Sin embargo, la Ciudad, que se encuentra a 2240 metros por encima del nivel del mar, se estaba hundiendo, un problema que sigue y cada vez más rápido.

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Debido al hundimiento de la tierra, llamado subsidencia, muchos edificios parecen ondular. Foto NYT

Según publica el diario The New York Times, la escasez perpetua del agua ha provocado que se siga perforando en busca de más líquido, lo que ha debilitado los antiguos lechos de arcilla de los lagos que los aztecas usaron para construir buena parte de la ciudad y lo que ha causado que se derrumbe aún más.

Sólo basta con pasear por las calles del Centro histórico para observar los hundimientos como en el Ángel de la Independencia, Palacio Nacional o la catedral metropolitana.

Mientras los aztecas se las arreglaban con 300 mil residentes, ahora con 21 millones de habitantes, la situación se ha vuelto complicada, comentó Loreta Castro, arquitecta especializada en la subsidencia del suelo de Ciudad de México.

La superficie de la ciudad pasó de abarcar 80 kilómetros cuadrados en los años cuarenta a 7mil 954 kilómetros sesenta años más tarde, tomando en cuenta las zonas conurbadas.

El desarrollo de la ciudad ahogó la atmósfera con dióxido de carbono, que induce al calor; esto ha acabado casi en su totalidad con los lagos originales y ha mermado los acuíferos subterráneos, por lo que del valle, donde antes hubo agua en abundancia, ahora se importan miles de millones de litros de lugares remotos.

DESABASTO EN LA CAPITAL

Este sistema para trasladar el agua hacia la ciudad puede ser “una hazaña descabellada” ya que la capital no cuenta con la capacidad a gran escala para reciclar aguas negras ni para recolectar agua de lluvia, por lo que se ve obligada a expulsar la impactante cantidad de más de 700 mil millones de litros de aguas residuales y de lluvia por desagües paralizados como el Gran Canal.

Además, la Ciudad importa casi 40% de su agua de fuentes remotas para después desperdiciar más del 40% del líquido que corre a lo largo de sus casi 12 mil kilómetros de tuberías, debido a fugas y ordeña.

El gobierno reconoce que casi el 20% de los residentes de Ciudad de México todavía no cuenta con agua corriente en los grifos de sus hogares, en algunos casos, el agua llega una vez a la semana o no llega en varias semanas. Hay quienes tienen que contratar camiones para que lleven agua potable a un costo que a veces es exponencialmente más elevado que lo que otros pagan en barrios mejor abastecidos.

DISTURBIOS ANTE ESCASEZ

Ramón Aguirre Díaz, director del Sistema de Aguas de la Ciudad de México explicó a The NYT que se espera que el cambio climático tenga dos efectos: “lluvias más fuertes e intensas, lo cual significa más inundaciones, pero también sequías más prolongadas y fuertes”.

Explicó que si deja llover en las presas de las que la ciudad se abastece, enfrentaremos un desastre potencial.

“Si tenemos los problemas que han tenido California y São Paulo”, agregó, “existirá la seria posibilidad de que haya disturbios”, indicó.

Esta postura fue secundada por Claudia Sheinbaum, exsecretaria local de Medio Ambiente y actual jefa delegacional de Tlalpan, quien asegura que “con el cambio climático la situación solo empeorará” pues agudizará los problemas de la ciudad con la contaminación, en especial, el ozono.

Sheinbaum secundó lo que Aguirre había dicho sobre la amenaza de la sequía y dijo que en efecto, “no estamos preparados para una”.

SE HUNDE EL SUELO AZTECA

Además, la ciudad yace sobre una mezcla de suelo volcánico y lechos de barro de los lagos. Áreas como el centro histórico se encuentran sobre arcilla. Otras delegaciones se construyeron sobre terrenos volcánicos.

Los suelos volcánicos absorben agua y la depositan en los acuíferos. Son estables y porosos. Durante siglos, antes de que la población se multiplicara, el suelo volcánico garantizó que la ciudad tuviera agua subterránea.

Parte de la crisis actual surge porque ahora hay desarrollos urbanos sobre la mayor parte de esta tierra porosa, que encuentra sepultada bajo concreto y asfalto, lo que evita que la lluvia se filtre hacia los mantos acuíferos, ocasionando inundaciones y creando “islas de calor” que elevan las temperaturas aún más y que solo aumentan la demanda de agua.

Si toda la superficie de Ciudad de México estuviera construida sobre barro, por lo menos se hundiría al mismo ritmo y “el hundimiento sería una anécdota”, dijo Aguirre.

Sin embargo, debido a que la ciudad está construida sobre una mezcla de arcilla y suelo volcánico, se hunde de forma irregular, ocasionando fisuras impresionantes y peligrosas.  (Con información de The New York Times). DA

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