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Diana Loyola

Los días se escurren como agua entre los dedos, las vacaciones terminan y dejar la isla de Oléron pronto será inevitable. Las jornadas llenas de arena nos dejan el alma sonriendo, las piernas más fuertes y los vínculos afianzados. Esta isla tiene un poder mágico sobre el ánimo, aún en los días de lluvia sus senderos perfumados de anís y bordeados de árboles altísimos invitan a recorrerlos, invitan al movimiento. Los paseos en bici atravesando el bosque o el borde de la playa, hacen que los kilómetros fluyan sin sentirlos, más absortos por la belleza del paisaje que por el calor de los músculos al pedalear. Las caminatas: una delicia, pisar sobre arena blanda (casi esponjosa) es un placer agotador.

La visita al faro de Chassiron fue un regalo, recorrer la isla hasta su punta norte, pasando por algunos puertos llenos de barcos pescadores pintados en colores vivos; por poblados de casas que bien pueden tener doscientos años o algunas décadas, todas con sus contraventanas de madera pintada; por zonas comerciales que a primera vista parecieran desproporcionadas (por grandes) para una isla; por pequeños viñedos y terrenos de cultivo y por algunas marismas de vegetación salvaje que albergan pájaros migratorios. Cada parte del recorrido tan disfrutable como versos de un poema. Finalmente llegamos al faro, imponente, envuelto en bruma y magia. Subimos hasta el último escalón, doscientos veinticuatro para ser exactos y al salir, el aire limpio recién lavado por una ligera lluvia, nos recibe y nos ayuda a recuperar el aliento. De un lado el mar, del otro la isla.   

Pienso en el faro como guía, como luz, como punto de referencia. Divago en reflexiones sobre la paternidad como faro para los hijos. Bajo la vista y una inmensa brújula señala el norte, pienso “ellos son mi norte”. Increíblemente no siento vértigo, 46 metros de altura no me parecen pocos y sin embargo, la vista es tan bonita que me distrae. Mientras tomamos fotos yo sigo pensando en lo simbólico de un faro, tomo la mano de mi hijo y con ella la mano de todos aquellos que habitan mi corazón, que me acompañan siempre, la gente que amo, personas que me han acompañado a lo largo de la vida y de este viaje, gente que en muchos momentos ha sido mi guía. Aparecen los lectores de esta columna y me pregunto cómo poder compartirles este momento, cómo tomar también su mano y contarles la belleza de ese mar revuelto, de esas dunas caprichosas que cambian de tamaño y forma a golpe de viento y agua de mar, de esas flores que crecen tímidas en medio del invierno a los pies del faro, cómo explicarles la sensación del viento y esas ganas de abrir los brazos y ser ave… Cierro los ojos y simplemente soy.   

Bajamos. Antes de irnos nos topamos con pequeñas tiendas que ofrecen dulces de caramelo hechos con mantequilla salada (sabor muy de moda ahora: “caramel au beurre salé”); nueces, almendras y cacahuates garapiñados con ajonjolí y postales que le hacen justicia a lo hermoso del lugar. Emprendemos el regreso y paramos a medio camino para comer crepas y beber cidra. La vida es bella, sus misterios nos llevan a descubrir, a sentir, a conocernos y reconocernos a través de cada experiencia.   

Seguido digo que todo es perfecto, que las cosas son justo como necesitamos que sean para continuar aprendiendo, que cada instante contiene todo lo que necesitamos, sean instantes buenos o difíciles, siempre tenemos la opción de elegir cómo vivirlos. El dolor a veces es un gran maestro, pero la alegría también lo es. Para mi la guía, ese faro interno que nos indica el rumbo, que nos ilumina y nos hace saber dónde estamos, es la intuición y el amor y desde ahí, desde su luz, estoy segura que siempre llegamos a buen puerto.  

À la prochaine!!

@didiloyola

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