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Manuel Lino / 
LOS INTANGIBLES

“Como te sientes ahora mismo es igual de genético y circunstancial, pero cómo te sentirás en promedio durante los próximos 10 años es del 80 por ciento debido a tus genes”.

Dean Hamer, genetista estadounidense.

Manuel Lino

losintangibles.com

El motivo es aún desconocido. ¿Por qué alguien querría sacrificar a más de 140 niños de entre cinco y 14 años? 

Los investigadores que desenterraron los restos aún estaban desconcertados hace unas semanas, cuando reportaron su descubrimiento: los restos del más grande sacrificio infantil del continente americano. 

Aunque no saben el motivo de la matanza, saben muchas otras cosas. La primera, antes de seguir alarmando al público, que el sacrificio ocurrió alrededor del año 1450, según la datación de carbono 14 que realizaron Gabriel Prieto y sus colaboradores de la Universidad Nacional de Trujillo en los restos que encontraron en Huanchaquito-Las llamas, en Perú.

La segunda, que, aunque el motivo específico sea desconocido, sin duda tiene que ver con la religión. 

Las pruebas son contundentes. Fue un sacrificio ritual, los niños y niñas tienen heridas que muestran que les sacaron el corazón, probablemente como ofrenda. Además de los infantes, se encontraron los restos de unas 200 llamas o alpacas, a las que también se les sacó el corazón. 

También encontraron evidencias de que antes del enterramiento hubo una tremenda inundación. Así lo demuestran los sedimentos lodosos. Quizá eso fue lo que motivó a las autoridades del estado Chimú, la cultura dominante entonces en la zona, a ordenar el enorme sacrificio; quizá fue un intento desesperado de aplacar a los dioses.

Ritos y sacrificios, pegamento comunal

Antes de juzgar a los chimúes, tenemos que saber que los sacrificios, de infantes o adultos en forma ritual (y a veces no tanto), han sido comunes a la mayoría de las religiones estructuradas. Ejemplos hay muchos; veamos algunos que nos quedan cerca.

Hasta el descubrimiento de Huanchaquito, el sacrificio ritual de infantes más grande se había registrado en México; en el Templo Mayor de Tenochtitlán, en la ofrenda 48, se encontraron restos esqueléticos de 42 niños de entre dos y siete años. Curiosamente, este sacrificio ocurrió casi al mismo tiempo que el peruano y estuvo relacionado con lluvia, pero al revés.

Por los elementos encontrados, López Luján y colaboradores escribieron: “Todo indica que este depósito es la expresión material de una ceremonia sacrificial multitudinaria motivada por la devastadora sequía del año uno Tochtli, correspondiente a nuestro 1454 y consignada en un buen número de anales indígenas”. 

›También en México, en 1562, fray Diego de Landa supo que los mayas, a los que hasta entonces admiraba, habían hecho sacrificios humanos. Horrorizado, en nombre de su Iglesia y su dios, decidió castigar a quienes siguieran adorando a los antiguos dioses. En busca de confesiones, torturó a cuatro mil 500 personas con métodos mucho más crueles que el sacrificio ritual de sacarle el corazón a alguien. De Landa incluso fue amonestado por la corona española. 

Afortunadamente, ya nadie piensa en combatir las desavenencias climáticas matando niños. Pero las religiones siguen dando pretexto, aliento, cobijo, disculpas e indultos a actos terribles , desde los ataques terroristas como los del 11 de septiembre de 2001 hasta los escándalos de pederastia de credos fundados en México como Los Legionarios de Cristo y el más reciente de La luz del Mundo, a cargo de su “apóstol de Cristo”, Nassón Joaquín García. 

Esto nos lleva a las viejas preguntas ¿Cómo es posible que las religiones inspiren a cometer los actos más bondadosos y los más despiadados? ¿Cómo puede el fervor religioso ir en contra de lo que consideraríamos nuestros instintos más elementales y biológicos, como el de sobrevivencia y el cuidado de los niños?

Aunque la ciencia y la espiritualidad no suelen mezclarse, la primera ha encontrado algunos hechos que nos pueden servir de guía para encontrar nuestras propias respuestas.

La devoción en los genes

Nadie ha hecho más por acercar el mundo espiritual y la ciencia dura que Dean Hamer, el autor del libro El gen de Dios (que en inglés lleva el subtítulo Cómo la fe está imbricada en nuestros genes) y del sorprendente descubrimiento que en él se relata.

El libro de Hamer se dedica principalmente a explicar los principios científicos que lo guiaron en su investigación, desde la estructura del ADN o el análisis de multivarianza hasta lo primero que había que hacer para abordar el problema: definir la fe, la espiritualidad o la religiosidad de alguna manera que pudiera medirse. 

Ese trabajo lo había realizado con éxito el psicólogo Robert Cloninger, quien en 1994 publicó el Inventario de Orientación Personal, una caracterización de la personalidad que mide diversas aspectos, entre ellos la espiritualidad, a la que llamó self-trascendence (que se ha traducido como autotrascendencia). Se trata, por decirlo con sencillez, de la capacidad de una persona de trascenderse a sí misma y sentirse parte de y en comunión con el universo o Dios. 

Es decir, Cloninger no midió la fe ni la religiosidad; sólo la espiritualidad, un rasgo de personalidad que manifiestan muchas personas ateas, y que lo pueden tener tan desarrollado como para tener una calificación alta en la autotrascendencia del inventario.

De hecho, los psicólogos encontraron desde hace mucho que la espiritualidad y la religiosidad, considerada como la pertenencia a una religión y el seguimiento de sus doctrinas, creencias y ritos, no sólo son cosas distintas, sino que están por completo disociadas e incluso llegan a oponerse.

En 1967 se propuso, y se ha confirmado experimentalmente desde entonces, que hay dos tipos de religiosidades, la intrínseca y la extrínseca:  Las personas intrínsecamente religiosas viven su religión, la practican dentro y fuera de los espacios sagrados, en todos los aspectos de su vida, y se sienten en contacto con su dios. Las extrínsecamente religiosas practican su religión y sus ritos sólo en los templos y van a estos espacios sobre todo para convivir, a conocer gente o para complacer a su familia.

Se ha visto que no hay relación entre ambos grupos: las personas son intrínsecamente religiosas o son extrínsecas. 

›El siguiente paso para Hamer era ver si la autotrascendencia es hereditaria; es decir, si se transmite por los genes o por el ambiente en casa y la escuela. Una vez más, la espiritualidad y la religiosidad estuvieron separadas: los estudios con gemelos y cuates separados al nacer mostraron que la espiritualidad es genética y la religiosidad, ambiental. 

Llegó entonces el momento de buscar al gen o conjunto de genes que determinan la espiritualidad. Una tarea nada sencilla. No se trata de saber cuál de los cerca de 24 mil genes que tenemos es responsable, sino de encontrar una determinada formación en nuestro ADN del que sólo 1% son genes. 

Para dimensionar el problema se puede pensar que es como buscar un párrafo particular en un libro que tiene dos mil 400 millones de párrafos, y que además está empacado dentro del núcleo de celular (decir que cada célula de nuestro cuerpo contiene su copia de este libro no añade nada a la analogía pero suena bien).

Para colmo, Hamer no tenía idea de qué decía el párrafo.

Entender qué fue lo que hicieron estos científicos es parte del disfrute de leer el libro de Hamer. Aquí, baste decir que primero distinguieron un grupo de genes que controlaban la producción de unas sustancias llamadas monoaminas, entre las cuales se encuentran los ya famosos neurotransmisores dopamina y serotonina; pero ninguno de ellos parecía tener una asociación directa con la espiritualidad.

Poco después, Hamer recibió la pista de un gen que controla la elaboración de las vesículas con que las neuronas controlan la liberación de las monoaminas. Entonces sí encontraron asociación: quienes tienen una variante del gen VMAT2 tiene una alta calificación en autotrascendencia; quienes tienen la otra variante, no.

La información en el ADN está “escrita” con cuatro entidades químicas: adenina, timina, guanina y citosina. La diferencia entre las dos variantes del gen VMAT2 es que la variante espiritual tiene una adenina donde la variante no espiritual tiene una citosina.

Eso puede ser sorprendente, pero no es lo importante.

¿Existe la “divinadicción”?

La adenina y la citosina del gen VMAT2 son una parte ínfima del sistema más complejo del universo conocido: la mente humana. En la espiritualidad además, que sepamos, intervienen las nueve monoaminas y tal vez otros neurotransmisores, las vesículas que los transportan, sus receptores (sólo de la serotonina se han identificado 12), repartidos en las múltiples conexiones que tienen las 100 mil millones de neuronas que tiene nuestro cerebro… Y eso sin considerar aún a nuestros pensamientos como parte de la mente.

El problema es que VMAT2 y las monoaminas, que forman parte de nuestro sistema de sensaciones y emociones, también intervienen en las adicciones. De hecho, George Uhl, el investigador que dio a Hamer la pista del “gen de Dios”, trabaja en el Instituto Nacional de Abuso de Drogas de Estados Unidos.

De hecho, se ha visto que el número de adicciones a distintas sustancias que puede tener una persona se asocia a dos categorías del inventario de Cloninger, pues los adictos a más sustancias presentan menos autodirección y, claro, más autotrascendencia.  

El gran problema de las adicciones, sean al juego, al tabaco, al alcohol o las drogas, es que combatirlas no es una cuestión de voluntad; no basta con decirle al adicto: “Fumar te va a provocar cáncer de pulmón”, “beber te matará de cirrosis, de un accidente de auto o te convertirá en un padre abusivo”, “detrás de tu amigo el dealer, hay una banda de delincuentes armados”… 

No basta. La adicción es más fuerte que el adicto; es una enfermedad mental, física y, como se dice en los programas de 12 pasos, espiritual. Las adicciones dañan y llegan a matar porque llegan a ser más fuertes que nuestros instintos de supervivencia y de cuidado de nosotros mismos y de nuestros seres queridos. 

›Pero mientras se pide a las tabacaleras que pongan imágenes de cánceres y enfisemas en las cajetillas de cigarros, mientras se instalan alcoholímetros y se fijan edades mínimas para empezar a beber y se combate el tráfico de drogas (con todos los defectos que estas políticas puedan tener); nadie parece estar tratando de evitar que personas sin escrúpulos abusen de la espiritualidad de las  personas. 

Es un problema del que, a pesar de todas las evidencias que existen, no parecemos estar conscientes. 

Los tres componentes de la autotrascendencia: 

Olvido de uno mismo. Sucede cuando en alguna actividad (sea la música, el trabajo, un deporte o, claro, en oración) nos perdemos a nosotros mismos e ignoramos el transcurrir el tiempo. Sucede también a quienes están enamorados.

Identificación transpersonal. Quienes estén dispuestos a sacrificarse para salvar, por ejemplo, a las ballenas, los árboles o al planeta por la fuerte conexión que sienten con la naturaleza experimentan este componente con fuerza.

Misticismo. es una condición humana que experimentan quienes creen en los misterios, en las cosas que no pueden (y tal vez no deberían) explicarse, desde la emoción que provocar un poema hasta la creatividad o el origen de la vida.

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