Alejandro Alemán

En Eleaonor Rigby, una de las composiciones más famosas de The Beatles y obra maestra del compositor Paul McCartney, el coro de la canción se pregunta una y otra vez: “Toda la gente solitaria, ¿de dónde vendrá?”.

Ese mismo coro se reproduce, en cierta forma, con Vaquero de Mediodía, documental escrito y dirigido por el periodista y director Diego Enrique Osorno a partir de una anécdota personal: la búsqueda de un amigo y poeta llamado Samuel David Noyola.

Oriundo de Monterrey, Samuel David Noyola poco a poco se ganó el reconocimiento de su gremio, no sólo por sus poemas (recabados en tan sólo tres libros) sino por su personalidad conflictiva que, como bien describe su “enemigo” Carlos Martinez Rentería, en Noyola se conjugan lo peor y lo mejor de un borracho: violento, grosero, asqueroso, pero a la vez inteligente, sutil y hasta amoroso.

Osorno se da a la tarea de buscar a su amigo (al cual la mayoría da por muerto) y para ello se entrevista con todos aquellos que alguna vez lo conocieron: amigos, enemigos, amores, editores y hasta a la mismísima esposa de Octavio Paz.

Y es que este hombre, catalogado por sus propios amigos como “latoso profesional”, alguna vez consiguió el teléfono de Paz y le habló a su casa. Así inició una especie de patronazgo derivado de la admiración que el premio Nobel le tenía al trabajo de Noyola.

La espiral decadente inició justamente a la muerte de Paz,  cuando Noyola se convierte en un nómada sin casa que lo mismo pernoctaba en la calle que en autos abandonados o en cuartos que sus amigos o conocidos le prestaban para que ahí siguiera balbuceando poesía y bebiendo hasta desconocer.

En su búsqueda, Osorno camina por un México que pocas veces es retratado en el cine nacional: el de las personas que viven en su propia fantasía psicótica, aquellos para los cuales la calle es hogar (sensacional secuencia donde entrevista a una trabajadora sexual), la noche es cobijo y la soledad no es laberinto.

La extraordinaria cámara de María Secco, junto con la edición de Pedro G. García, nos llevan en poderoso relato onírico (potenciado por el atinado score musical de Esteban Aldrete) entre cantinas, bares y calles oscuras, haciendo a la vez un retrato fiel de las cuitas, filias y fobias de cierta ala del gremio literario nacional.

Negado a ser llamado “poeta maldito”, Noyola es de esos que se inmola en la chispa de su propia genialidad. Un hombre que probablemente huyó a tiempo, antes de que las hordas de la nueva moralidad terminaran por cancelarlo por violento, ratero y borracho. ¡Salud, poeta!, donde quiera que se encuentre. 

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